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Turquía: La crisis económica muestra la fragilidad del gobierno de Erdogan

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Solo una alternativa de izquierdas puede evitar que paguemos los trabajadores

Turquía celebró elecciones anticipadas el pasado 24 de junio, en las que el AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo), partido en el Gobierno, y el presidente Recep Tayyip Erdoğan aparentemente triunfaron. Pero la decisión de Erdoğan de convocar dichas elecciones anticipadas tiene su origen en la preocupación de cara a evitar que las elecciones se celebraran en medio de una gran crisis económica, cuyas manifestaciones son cada vez más agudas.

Ya antes de las elecciones, la moneda turca estaba colapsando, habiendo perdido a lira turca desde principios de este año el 20% de su valor frente al dólar estadounidense, y alrededor del 60% en los últimos cinco años. La inestabilidad causada por la imposición de políticas dictatoriales por parte del régimen y la creciente imprevisibilidad de Erdoğan ha asustado a los inversores extranjeros, que comenzaron a retirarse del mercado turco, apareciéndose el fantasma de la crisis económica. Pero el régimen sabía que lo peor incluso estaba por venir.

En estas circunstancias se celebraron las elecciones en Turquía. La premura de cara a convocar elecciones anticipadas indicaba claramente que el régimen sentía que carecía de tiempo antes de que se produjera un terremoto económico. Erdoğan sabía que la crisis podía agravarse y estallar en cualquier momento y por eso adelantó las elecciones, para protegerse de la próxima tormenta, y para poder usar los distintos resortes estatales de cara a suprimir posibles reacciones sociales.

Tensiones interimperialistas. El conflicto entre EE.UU. y Turquía

Después de la celebración de las elecciones, Turquía ha comenzado a caminar hacia un colapso económico. Los cuentos de Erdogan sobre la potencia “récord” de la economía turca solo fueron atendidos por sus partidarios, siendo rechazados por los “mercados” con claridad y contundencia. El único récord que se rompió fue el de la depreciación de la moneda, devaluándose de nuevo la lira turca otro 30% desde las elecciones, imponiéndose una presión cada vez más mayor sobre los salarios y el nivel de vida de millones de trabajadores y personas pobres.

El 10 de agosto, el presidente estadounidense, Donald Trump, tuiteó planteando duplicar los aranceles sobre el acero y el aluminio importados de Turquía, y declaró que las relaciones con Turquía no eran buenas. Oficialmente, estas medidas se impusieron como un medio de cara a presionar a Turquía para que liberara al religioso norteamericano Andrew Brunson, puesto bajo arresto domiciliario en Turquía debido a su presunta participación en el intento de golpe de Estado contra Erdoğan de 2016.

¿Realmente se produjo esta escalada solamente por defender a este pastor evangélico, cuyo nombre casi no se había escuchado antes de esta crisis? Ciertamente podemos decir que no. Las relaciones internacionales entre Turquía y EE.UU. se han tensado desde hace bastante tiempo. Cuestiones como la compra por parte de Turquía del sistema de defensa antimisiles S-400 a Rusia, el apoyo de Estados Unidos a las milicias YPG predominantemente kurdas o el apoyo de Turquía a los grupos yihadistas en Siria, o el comercio sostenido de petróleo con Irán a pesar de las sanciones de Estados Unidos, han ido progresivamente deteriorando las relaciones entre ambos países. La “crisis del pastor evangélico” no es más que un pretexto para legitimar nuevos movimientos cada vez agresivos por parte de ambos países. Los aranceles punitivos de Trump son un intento desesperado para intentar volver a disciplinar a la elite gobernante turca, aunque que hasta ahora han tenido justamente el efecto contrario.

Las acciones de Trump no solo aceleraron la caída de la Lira y sacudieron la economía turca, también le dieron a Erdoğan la oportunidad de justificar sus teorías de la conspiración. Según Erdogan, Turquía se enfrenta a una “guerra económica internacional” y a una “conspiración de fuerzas extranjeras”. Usando su dominio sobre los medios de comunicación títeres, Erdoğan se describió a sí mismo como una víctima de esas fuerzas extranjeras y del imperialismo estadounidense. Pero los niveles históricamente bajos de confianza entre la población sobre la fortaleza de la economía turca están ya poniendo en evidencia que la narrativa del régimen cala cada vez menos entre una capa creciente de personas.

Del boom al desastre económico

Turquía se encuentra actualmente en una dinámica económica condicionada por factores internos y externos que se retroalimentan mutuamente.

En primer lugar, el sistema capitalista global se ha enfrentado, desde 2008, a una gran crisis económica y Turquía, como parte del mismo y contrariamente a lo que se dice, no ha quedado al margen. La crisis de 2008 fue la mayor desde el Crack del 29, dando lugar a que los estados capitalistas inyectaran masivamente liquidez de cara a salvar a los bancos y a las grandes empresas de una caída mucho mayor. Sin embargo, estas políticas económicas no han permitido superar la crisis, solo atenuar sus síntomas y posponer consecuencias aún más graves.

La crisis de 2008 se situó principalmente en los EE.UU. y Europa, golpeados con mayor dureza en comparación con las llamadas “economías emergentes”, que incluso, en ocasiones, se beneficiaron de un flujo de capital extranjero que buscaba inversiones más rentables. En ese sentido, la afirmación de Erdoğan respecto a la crisis de 2008, señalando que “la crisis solo será tangencial para nosotros”, fue durante un tiempo parcialmente cierta. Pero hoy esos países “en desarrollo” (como Argentina, Brasil, India y Turquía) están sentados sobre un barril de pólvora, y debido al vuelco en los flujos de capital, son ellos los que ahora son golpeados o aguardan a ser golpeados con mayor contundencia. Turquía se encuentra entre  dichos países, y por eso el Fondo Monetario Internacional (FMI) organizó una unidad de emergencia, de cara a prepararse en caso de que Turquía se enfrente a una huida masiva de capital extranjero y pueda necesitar urgentemente de crédito.

En segundo lugar, si miramos tanto a Erdoğan como a su partido, en el gobierno, lo que nos encontramos es ante un partido inconfundiblemente neoliberal. Al llegar al poder en 2002, el AKP y Erdoğan completaron la integración de Turquía en el sistema capitalista neoliberal mundial impulsado y promoviendo privatizaciones, imponiendo bajos salarios, desregulando los horarios de trabajo y generalizando el empleo precario y temporal.

La combinación de estas políticas neoliberales y la afluencia masiva de capital extranjero generó una cantidad considerable de capital en Turquía. El régimen del AKP alentó la inversión de ese stock de capital en el sector de la construcción. Sin embargo, como hemos visto ya, una economía que depende del sector de la construcción termina siendo insostenible, ya que el excedente y el empleo que crea son solo temporales, a pesar de ser muy rentable a corto plazo para el inversor individual. Si se termina por orientar toda una economía nacional por este camino, nunca se podrá parar de construir, y eso es exactamente lo que Erdoğan intentó hacer llevando a Turquía a un ciclo interminable de construcciones. Como dice hoy un dicho popular en Turquía, Erdoğan “enterró el stock de capital en cemento”, es decir, creó una enorme burbuja inmobiliaria lista para estallar en cualquier momento.

Por otro lado, muchas grandes compañías y bancos turcos han financiado estas inversiones aprovechándose del fácil acceso a crédito barato extranjero, fruto de la situación internacional. Por ejemplo, a finales de 2016, casi el 90% de los préstamos a empresas constructoras turcas se realizaban en moneda extranjera. Ahora, con la lira turca depreciándose aceleradamente y el flujo de capital extranjero agotándose, dichas deudas, principalmente en dólares, están aumentando rápidamente hasta niveles insostenibles. Dado que muchos bancos e inversores financieros, especialmente en Europa, tienen una gran exposición a los prestatarios turcos, esto podría provocar una reacción en cadena con graves repercusiones para la economía mundial. El endurecimiento de las políticas monetarias de la Reserva Federal de Estados Unidos y otros bancos centrales solamente puede empeorar las cosas, no sólo ya para Turquía, sino también para otras “economías emergentes” que depende en gran medida del acceso al capital extranjero.

Es necesaria una alternativa para la clase trabajadora

Toda crisis económica del capitalismo conlleva facturas, que alguien tendrá que pagar. La cuestión de quién paga dichas facturas constituye el núcleo de la lucha de clases. La respuesta favorita y obvia de los capitalistas es que debe hacerlo la clase trabajadora. En las épocas de expansión económica, el capitalismo explota la fuerza de trabajo acumulando grandes beneficios. Sin embargo, cuando llega una crisis, buscan que pague la cuenta la clase trabajadora.

Los planes de los capitalistas para la recuperación de Turquía no son diferentes. En un informe publicado en abril, el FMI hizo ya algunas recomendaciones a Turquía, planteando recortar el gasto público, promover el empleo temporal, poner fin al aumento de los salarios sobre la base de la subida de la inflación y eliminar distintas ayudas estatales. Del mismo modo, el “plan de acción de 100 días”, que ha sido anunciado por diversos organismos públicos a principios de agosto, no ofrece absolutamente nada a la clase trabajadora, sino más de lo mismo, recortes y austeridad.

El Ministro de Medio Ambiente y Urbanismo, Murat Kurum, pidió recientemente “sacrificios por el bien de la nación”. Pero a los grandes magnates y a los especuladores, que obtuvieron enormes ganancias durante este último período, no se  les hacen llamamientos para que asuman también sacrificios. Solo se los piden a los trabajadores y a las familias humildes y pobres.

El reciente acuerdo de 15 mil millones de dólares en asistencia financiera firmado con Qatar y la perspectiva de una profundización de los lazos económicos con Rusia podrían ayudar al régimen turco a posponer el problema (la deuda del país y la crisis monetaria). Pero no solucionarán los problemas sistémicos y críticos que enfrenta la economía turca ni evitarán que se produzca un ajuste de cuentas para el régimen de Erdogan, que había construido gran parte de su credibilidad política sobre la base del crecimiento económico.

A medida que se vaya aclarando la dimensión de la crisis, se abrirá en Turquía un periodo de cuestionamientos y de levantamientos sociales y políticos masivos. Estos deben ser aprovechados por la izquierda de cara a construir una organización de masas independiente en defensa de los intereses de la clase trabajadora. Dicha organización deberá plantear con claridad la necesidad de dar una respuesta socialista frente a la crisis actual, negándose a pagar las deudas de los capitalistas, imponiendo el monopolio estatal en el comercio exterior, expropiando a los bancos y a las grandes empresas que controlan la economía del país, e implementando un plan económico socialista elaborado democráticamente y gestionado por la propia la clase trabajadora.

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