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Evadiendo la Subjetivación Neoliberal

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Pablo Pulgar

Socialismo Revolucionario, CIT en Chile.

 

  1. Cocinando el sujeto neoliberal

En ocasión a la crisis económica de 1982 declaraba en abril de ese año el ministro de minería de la dictadura militar chilena, Hernán Felipe Errázuriz que “la recesión tiene un lado bueno: está imponiendo sobriedad y realismo; le da un sentido de sacrifico a los pobres.” Esta sentencia es, motu proprio, paradigma de la matriz productiva neoliberal chilena: sacrifico individual que se impone a través del trabajo como inmolación forzosa. Se asume que las condiciones sociales del diferencial de clases son dadas de antemano por el manejo de relaciones inmanentes a lo económico perdiendo su carácter artificial y siendo asumida su artificialidad bajo una falsa naturalidad de facto. Así viene justificado que los pobres se levanten más temprano, para así ahorrarse el alza de los costos del pasaje, parafraseando al ministro de economía Juan Andrés Fontaine.

 

El sentido de sacrificio como valor inalienable del neoliberalismo no es casual, sino que permite asegurar la aceptación de lo monstruoso en lo neoliberal. El neoliberalismo genera subjetivación, pretende generar sujetos sumisos a los detrimentos que las constantes políticas de ajuste provocan. La progresiva despolitización de la economía tiene consecuencias en la misma despolitización del acto político, en la medida que éste queda al relegado, reducido espacio administrativo de los asuntos sociales. La economía se muestra, así, externa, sobreestructural y fatídica, como una administración pospolítica.

 

En el Chile ahogado por su autoflagelante matriz neoliberal, transformado su Estado como ente administrador confluyen los acuerdos, de esta manera, en un Estado menos político, para su variable de un Estado más vacío y, por lo tanto, procurador administrativo de condiciones sociales, disminuido. Un Estado ausente. Es, de este modo, como la política misma va licuando su carácter político, pues la economía se desmarca de ella poniendo a las relaciones políticas bajo la lógica del capital. La creación de subjetivación neoliberal reproduce el mismo camaleonismo de dictadura que intenta resignificarse, de esta manera resonan las palabras de Pinochet en La Época en mayo del 88: “Los ricos son los que producen plata, y a ellos hay que tratarlos bien para que den más plata”. Jacqueline van Rysselberghe interpretando la constitución venidera como un logro del gobierno de Piñera, el camuflaje discursivo de Karla Rubilar sobre la protesta social como celebración de los logros del oficialismo, Desbordes siendo ovacionado tras el Acuerdo por la Paz que se convierte en Caballo de Troya para una “Alegría 2.0” ejemplifican la narración ficcional del poder.

 

Es la matriz asfixiante colapsada del neoliberalismo a la chilena, solamente posible a través de la perniciosa violencia estatal, la ha quedado no solo en entredicho, sino que ha quedado en una sinsalida. La Alegría venidera no fue más que la confirmación maquínica del capital realizado como el único sujeto de lo social. A partir de la transición hay un paso de la economía política a la política económica como elemento fatídico, donde podemos distinguir que “lo verdaderamente terrorífico no está en el contenido específico oculto bajo la universalidad del Capital global, sino más bien en que el Capital es efectivamente una máquina global anónima que sigue ciegamente su curso, sin ningún Agente Secreto que la anime” (Žižek. En defensa de la intolerancia), de esta manera todos vamos aceptando en nuestro imaginario la naturalidad del capital, y hasta nos parecería caricaturesco el imaginario de un sistema no-capitalista, no-neoliberalizado, de un espacio desmercantilizado. Sin embargo, la burbuja de la subjetivación neoliberal muestra su punto de quiebre y se desploma en la práctica de la intervención de la explosión social donde aflora, se desmarginaliza la violencia directa contra los aparatos estatales, la capacidad crítica y el quiebre del reconocimiento de un diferencial de explotación. Es la crítica el elemento constitutivo teórico de la práxis transformadora y la explosión del llamado, médicamente, “malestar social” la que repolitiza la economía, da un vuelco y paso a una economía política que estudia relaciones económicas como interrelación entre sujetos a base de su actividad social.

 

La prescripción orgánica de las políticas laborales es generada por la implosión de la tendencia precaria de las condiciones de vida, donde el modelamiento del sistema llega a un punto de quiebre y donde la gramática instaurada (diálogo, paz, tolerancia, pacto) pierde su lustre. Junto con ello, también se vislumbra a lo largo de estos años el hastío dentro de coordinadoras y orgánicas de trabajadores nacionales quienes han visto mutaciones en su composición ante los efectos de las sucesivas aspirinas políticas que componen la transición democrática. En este panorama, la olla de presión que trae consigo la profundización del patrón neoliberal de producción/acumulación ha logrado canalizar, concretizar, formar anticuerpos y directrices políticas de resistencia de estudiantes universitarios, escolares, trabajadores sindicalizados, pobladores e incluso en el debate social general que dan músculo político a la discusión sobre los procesos de subjetivación en el país.

 

  1. ¿Un proceso posneoliberal?

Francisco López Segrera, uno de los pioneros pensadores críticos del capitalismo dependiente, se preguntaba en 2016 por la relación entre la sucesiva caída de los gobiernos posneoliberales y la oleada de triunfos del populismo de derecha en América Latina. En el ascenso inescrutable de la versión más reaccionaria del populismo de derecha (Bolsonaro, Macri, Duque, Piñera II entre otros) se hacía necesario identificar las elementos que propiciaron la caída libre de gobiernos que, a menos de 10 años, detentaban una firmeza poco común (Lula, Cristina, ahora Evo). Las trabas no son solamente prácticas, sino también atañen al campo teórico. El concepto “posneoliberalismo” pretende enmarcar terminológicamente el quiebre con la oleada neoliberalizante en América Latina: gobiernos progresistas, ciudadanistas, modelos de Estado de Bienestar, socialistas del siglo XXI, etc. parecían encontrar un patrón, si no ideológico, ideologizante bajo el cual recubrirse. El proyecto posneoliberal, el cual encontró en el ALBA alguna vez su expresión más concreta, cumple un rol para redefinir los patrones y dinámicas de acumulación capitalista. La pregunta, sin embargo, es si el espíritu anti-neoliberal es suficiente para combatir la fiereza del liberalismo renovado en la región y si la catalización de los dispositivos constitucionalistas nos pondrá en la gramática regional como proyecto posneoliberal.

 

            La discursividad que comporta una lectura política sobre la superación del neoliberalismo insta, sin embargo, a preguntarse por la necesidad de la centralidad de este neoliberalismo en tanto objeto negativizado. La dialéctica negativa del posneoliberalismo aparece así, por otro lado, como contraargumento a la financiarización de la alternativa universalista que propugna la economía de mercado mundializado desregulado. Esta discusión, que fue parte de una aireada discusión acerca de la factibilidad de la competencia moderna del marxismo de la época frente a la reformulación del sujeto posindustrial, nos posiciona en la pregunta por la posibilidad de la superación de dinámicas de desposesión, pauperización que trae la subsunción real de la totalidad productiva. Pensar el sujeto contemporáneo en contextos neoliberales viene aparejado a la vuelta de tuerca de las relaciones de clase. En este sentido Marx adelantaba que el proceso de producción de cosas es un proceso de reproducción de sujetos. Serán los marxismos más heterodoxos quienes saque del abandono al sujeto político y al proceso de subjetivación y quienes pongan, a su vez, en tela de juicio la forma de socialización de la centralizada economía soviética. Por otro lado, la ontología de lo múltiple de Badiou y la unicidad fallida de Laclau son intentos contemporáneos de actualización de los procesos de subjetivación proletaria, donde conceptos como revolución o clase dejan de ser metodológicamente operativos a causa de la “inmanencia de la crisis” del discurso obrero.

 

Básicamente la grave crisis mundial de subjetividad del discurso de clase se da en contextos de caída del muro de Berlín como confirmación de una derrota a la economía planificada, pero en base al triunfo de una renovación del liberalismo tradicional en bases de mercantilización globalizada. Ya no sería Austria, ni la crítica de Böhm-Bawerk a la teoría del valor de Marx lo que otorgaría músculo teórico a la nueva generación de capitalistas. Sería el lassez-faire libremercadista el que, dentro de todas las tendencias y definiciones que se le pueden acarrear al término, quien dominaría la local política financiera de desregulación y austeridad fiscal. El escenario de la (teórica) germanizada política europea se encontró así con una des-alemanización del patrón de acumulación capitalista, es decir, con un abandono tanto un marshalliano Estado de Bienestar, como de la planificación en condiciones de mercado. El nuevo milagro recaía en EEUU, Inglaterra y los países laboratorio. Chile como pionero, Singapur, México, Malasia se transforman en paladines en la transición a un neo-extractivismo.

 

La discusión sobre el posneoliberalismo, sin embargo, se da en cuanto corpus de pensamiento con un especial énfasis en América Latina y articula el debate en contextos contemporáneos. Nos queda por saber si el concepto va más allá de una noción geopolítica y de si es susceptible de ser comprendida dentro de un marco teórico como producción de subjetividad. La urgencia de un discurso que supere el neoliberalismo nace de la necesidad de contravenir la precariedad generada por la experiencia taladrante de la economía de mercado agendada en el Consenso de Washington. Atilio Borón, Emir Sader, Carlos Figueroa Ibarra dotan a este término un carácter geopolítico a los gobiernos latinoamericanos que buscan la variación de dinámicas institucionales del Estado y del mercado dominados por procesos de financiarización, desregulación estatal y privatización desmedida. Una salida “del siglo XXI”, una salida no-neoliberal, que debate asímismo la tesis desarrollista imperante en la región.

 

La pregunta que surge entonces es si la muerte del neoliberalismo à la chilena tiene lugar en la implosión neoliberal y si existe la posibilidad de un proceso normativo-constitucional con horizonte anticapitalista que la canalice. Los modos de operación de la insurrección macropolítica tienen como objeto las relaciones asimétricas de poder, las cuales tienen directa relación con un quiebre en la “producción” de sujetos. La superación de la razón neoliberal vuelve al ruedo en la explosión social, poniendo en la palestra la discusión sobre la dirección política de movimientos de masas insurreccionales y donde la totalidad concreta de lo múltiple vuelve a adquirir ganancia epistémica. La apuesta de la condensación política de esa totalidad se traduce, en un primer momento, en la formulación de una Asamblea Constituyente, la que busca garantizar “distribución” de derechos. La interrogante queda en la apuesta institucional de la pregunta constituyente: ¿tiene ésta una pretensión de reingeniería de la gobernabilidad o expresa una necesidad más amplia que atañe un demodelamiento económico? La condensación de lo político aparece bajo una forma técnica, dando paso al regreso de los sacerdotes, de la verdad revelada que viene a subrayar el carácter técnico de lo político a través de la legitimación de los acuerdos.

 

En este proceso explosivo, donde fuimos todos “enemigos” en una guerra declarada por el Estado, había adquirido un carácter bélico no contra un enemigo imaginario, sino contra uno despersonificado. Paradojalmente, la guerra formulada contra el “común”, bajo el rótulo de vándalo y delincuente, se decanta en un cese al fuego que ahora nos asegura “mecanismos de participación”. Una guerra que tiene discurso, guión y escenario en una obra repetida y cansina. Ahora, en el llamado “segundo tiempo”, se concretiza la naturalización de la lógica del acuerdo, del amarre político que refuerza el triunfo del concepto de “pacto”. El gran acuerdo “histórico”, la gran concertación, el gran abrazo que cocina la pacificación de la calle permite la legitimación del instrumento a través de la articulación de la norma en “tábula rasa” y su salida normativa. El gran Acuerdo por la “Paz” nacido desde la institución más desprestigiada del país decide pasar por alto el momento destituyente del pacto oligárquico, saltarse cabildos, imponer mesa técnica. Esta apuesta riesgosa en momentos necropolíticos nos devuelve al pacto transicional que asegura al capital su puesto como sujeto inamovible de la modernidad, al desvío de la movilización, al momento dialogante concertacionista. El desafío momentáneo es la formulación del golpe de gracia al proyecto neoliberal en horizonte anticapitalista y la puesta en tapete de la formulación socialista.

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