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EL PORTEÑO

por Juan García Brun

Escribir prescindiendo de Google limita la precisión del relato y quiero pensar que le da al mismo, con sus errores, mayor vitalidad, “espontaneidad”, como les gusta decir a los defensores del empirisimo y también a nuestros intelectuales oficiales. Aquellos entronizados –pienso en SquellaWarken, pero también en Lafourcade durante la Dictadura- por los grandes medios de comunicación y cuya capacidad de transportarnos a temáticas trascendentes, aún con un precario andamiaje teórico, construyen una especie de “oposición” al régimen. Una oposición formal, cómoda y vergonzosa, pero con alguna virtud estética aunque ella sea la de lo bizarro.

De Squella no recuerdo haber leído más que cosas ingeniosas, lo que es bastante, considerando que es un abogado. De Lafourcade, recuerdo su última plana en el Artes y Letras del Mercurio, saludando a algún autor objetado por la censura militar y por esa vía haciendo lo suyo: el niño terrible. De Warken, por compartir generación recuerdo muchas más cosas, saludo su estoicismo, sus fondos negros, sus columnas incomprensiblemente serias, su mórbida pasión por Miguel Serrano

A los tres, soy conciente  que la selección es arbitraria, los vi varias veces. A Squella lo tuve como profesor y por eso tengo completa claridad que el hombre lo único que hace es repetir alguna frase de Austin y esta idea de que en la democracia las idean comparecen en igualdad y la mayoría manda. A esto se refería Borges con el abuso de la estadística. Si alguien quiere leer algo de Squella le ahorro la energía: esa es su única idea. El resto es su elegancia snob y su penoso culto por Wanderers, el Bar Inglés y la hípica. 

Lafourcade lo vi hace muchos años firmando libros en una mesa batida por el viento. Debe haber sido en Los Ángeles, Biobío. Y debo haber tenido 12 años. Le compré “El escriba sentado” y me lo autografió “a Juan García Brun, su amigo E. Lafourcade”. Muchísimos años después me crucé con él en el centro de Santiago y me pareció un pequeño espectro de rostro húmedo.

En realidad podría mofarme de Warken, Warken Lihn, como alguna intelectualidad odiosa hace, reduciéndolo a la condición de un Arjona de la crítica literaria. No, no voy  a hacer eso porque la columna que escribió con motivo de la muerte de su pequeño hijo, me conmovió, no me hizo llorar pero si me aterró, cuando llegué a la conclusión de que el niño había muerto como consecuencia de la compra a un desconocido de un adorno navideño. Unos pequeños pinitos plateados que imagino brillaban mientras su hijo fallecía, en un accidente doméstico.

Estos intelectuales opositores se diferencian por su edad, por su estatura -Warken debe medir 1.90, hecho que comprobé al cederle un taxi- y en lo demás -junto algunos de aún menor calado- comparten el limitado aura de “crítica social” en Chile. Los distingo, repito arbitrariamente, para diferenciarlos de otros columnistas que formalmente han ocupado el espacio de la irrestricta defensa del régimen como Peña o Cavallo. De todos modos no soy un estudioso en el tema.

Pero todo tiene su fin.

Terminada la Dictadura Militar en Argentina, 1983, Charly García compuso una de las canciones de mayor significado en toda su obra: Dinosaurios. Grabada en lo que parece un piano de concierto y con sólo algunos efectos -sintetizador y guitarra- la voz reverberante de García nos hace ver el fin de aquellos tiempos y que en estos días, más bien parece el fin de todos los tiempos. Los que pueden desparecer -nosotros- y los que necesariamente han de desaparecer, los dinosaurios.

La canción habla de los detenidos desparecidos, pero como toda obra grandiosa, alcanza profundidades que estremecen. Es importante, para cada uno de nosotros asumir que en medio de esta crisis cualquiera puede morir y esto es mayor cuando reparamos en que aquella muerte puede, además, arrebatarnos a quienes amamos. Tal certeza nos permite observar el régimen bajo el cual vivimos fuera de todo estándar normativo y cuartel. Por eso, en estos días los críticos moralistas, aún los populares y canónicos rebeldes, han perdido todo sentido, porque la casa completa se derrumba.

Pero podemos intentar hacer un testamento. Un testamento que realmente tenga alguna utilidad y ayude a saldar nuestras cuentas, básicamente despedirse de nuestros amigos y abrazar a los nuestros. Entonces tal testamento estará despojado de todo sentido crítico y me gusta pensar que tal texto podría contribuir a ser la llamarada fúnebre del nuevo mundo que nos espera al otro lado.

Los críticos a costa del sacrificio de los explotados, se ejercitan en periódicos y crean nuevas subjetividades. Pero cuando la revuelta se produce en serio, como ha quedado de manifiesto desde octubre, enseguida descubren que la humanidad se encuentra en las cabañas, en los más recónditos agujeros, donde anidan las cucarachas y el espíritu ciudadano.

Es necesario derribar a la burguesía porque es ella quien le cierra el camino a la humanidad. Nuestro testamento no solo debe desnudar lo que fue nuestra vida. También debe arrancarle la piel. Un testamento de amor a la vida con el afecto superficial del deleitante, no es mucho mérito. Amar la vida con los ojos abiertos, con un sentido revolucionario cabal, sin ilusiones, sin adornos, tal como se nos aparece con lo que ofrece, ésa es la proeza.

La proeza también es realizar un apasionado esfuerzo por sacudir a aquellos que están embotados por la rutina, obligarles a abrir los ojos y hacerles ver lo que se aproxima. Se ven llamas y a nosotros nos llega principalmente el humo de ese incendio. Se ven llamas y el camino: «es mejor no estar atado a nada»

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