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Feminismo en voz alta: De la movilización a la construcción política de la identidad feminista

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Ximena Goecke.

Historiadora, Magister en Género y Cultura.

La historia del feminismo en Chile tiene larga data, y probablemente sean las deficiencias existentes en el relato histórico-político nacional, lo que explica en parte por qué existe en algunos sectores la sensación de “novedad” o de “importación” del movimiento, como siguiendo la estela de las artistas de Hollywood y su “#Me too”.

Tal como sucedió con el relato acerca de otros procesos de cambio sociocultural y movimientos sociales precedentes, de nuevo se traslada la genealogía de ellos a los centros mundiales, despojando a nuestra sociedad –y en este caso al feminismo- de historia, sujetos, dinámica, agencia y sentido propios.  Los procesos socioculturales, evidentemente tienen algo en común, podríamos decir “de época”, pero casi nunca se explican absolutamente por factores externos, y no necesariamente los centros mundiales anteceden a las periferias en sus desarrollos.

Sumergidas hoy en lo que algunos han llamado “la Cuarta Ola” o el “Nuevo Ciclo Feminista”, podemos afirmar que este movimiento nunca fue tan visible, masivo y pluriclasista como en la actualidad y nunca tuvo, como si lo tiene hoy, en el epicentro protagónico a Latinoamérica. Nunca antes hubo marchas tan masivas por temas asociados a mujeres (violencia, aborto, 8 de marzo) como las del último quinquenio. Nunca antes tantas mujeres chilenas se identificaron como “feministas”, independiente de sus grados de comprensión del concepto y de la corriente a la cual se adscriban. Nunca hubo tal variedad de colectivos, grupos profesionales, sociales y políticos identificados con el feminismo.

Lo que constituye realmente una novedad en este momento en particular, es la composición, fuerza y alcance del movimiento actual. Y su potencial político.

Es importante siempre recordar que indudablemente el feminismo es político: su esencia es la búsqueda de la transformación radical las relaciones de poder entre hombres y mujeres. El feminismo politiza el cuerpo, porque reconoce que las posibilidades de expresión y acción de ese cuerpo de sexo femenino que habitamos, e incluso la toma de decisiones sobre ese, nuestro, cuerpo, supone una asimetría fundamental con respecto de nuestros pares masculinos. Cuestionar y cambiar esa situación involucra un asunto de poder, que va desde lo personal a lo social, de ida y vuelta. Es política pura.

El poder que cuestiona el feminismo no se refiere sólo al control del propio cuerpo. Ese cuerpo puesto en relación, en lo doméstico, en la pareja, también se encuentra expuesto a una feroz asimetría. La mayor parte de las mujeres aún lleva la carga del trabajo doméstico, de los cuidados y una mayor ocupación de su tiempo que los hombres en asuntos familiares. Y el cuestionar que todo esto se naturalice como “tarea de mujeres” es una cuestión política, porque hay un ejercicio de poder en el privar de espacios y tiempo a esas mujeres, en la explotación (aunque amorosa) de sus fuerza corporal y emocional.

Pero la dimensión política del feminismo no se queda allí. Porque si la familia, así concebida, es el núcleo de la construcción social en que habitamos, la asimetría modela no sólo lo que sucede en nuestros hogares, sino también en las organizaciones e instituciones. En el espacio comunitario: consultorios, escuelas, juntas de vecinos y grupos de interés frente a problemas barriales, se sustentan en el trabajo voluntario principalmente de mujeres.

La forma en que las mujeres nos integramos de forma material y simbólica al trabajo, las iglesias,  los partidos políticos, el bienestar social (salud, previsión), la educación, las disidencias, la cultura, e incluso los espacios marginales, está también atravesada por esa asimetría. Por eso la radicalidad del feminismo. En el fondo, trastocar el orden del poder, creando una nueva relación entre los sexos, supone un cambio civilizatorio.

¿Qué ha posibilitado la emergencia de esta inédita fuerza feminista?

Entre los factores que han contribuido en estos años a potenciar – pero que no explican en sí mismos la totalidad del fenómeno- encontramos:

  • Factores estructurales. En las últimas tres décadas (sólo por mencionar algunos de los datos más relevantes) , sin duda que el significativo incremento del número de mujeres en el sistema educativo y en educación superior, así como su mayor incorporación al mundo laboral formal,  han fortalecido la presencia pública y la autonomía de las mujeres. En este proceso, ellas no sólo han ido ocupando nuevos espacios, sino que  también han ido tomando mayor conciencia de la notoria discriminación que se ejerce sobre ellas.
  • El auge del debate medioambiental, anticapitalista, con una muy notoria presencia y vocería de las mujeres en organizaciones y movimientos sociales como la Coordinadora No Más AFP, los grupos de defensa del agua, grupos indígenas, entre otros.
  • Mayor acceso a las fuentes del pensamiento feminista, a la reflexión colectiva y a la comunicación y organización feminista. En este ámbito -además de las experiencias y elaboraciones locales, ya existentes, y muy diversas- es indudable que el exilio significó un aporte en cuanto a la elaboración del pensamiento de mujeres militantes, activistas y profesionales, que vieron desafiadas sus tradicionales concepciones acerca del lugar de las mujeres, en sociedades muy diferentes a la chilena; reformulación que también implicó, en muchos casos, una revisión de la propia experiencia militante. El exilio también nutrió a la intelectualidad feminista y la academia, trayendo nuevos enfoques profesionales, vínculos internacionales y proyectos académicos que incidieron en el desarrollo de estudios de Género y de nuevas cátedras que incluían la preocupación por estos temas.
  • La mayor intercomunicación  ha permitido el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación y los mayores flujos de viajes internacionales, también han incidido en el incremento de los contactos entre agrupaciones feministas de diversos orígenes ideológicos y geográficos, facilitando la organización y participación de activistas en redes y congresos regionales e internacionales. Dentro de los espacios internacionales, sin duda que uno de los países que ha tenido un particular papel en el estímulo al desarrollo del feminismo chileno actual, ha sido Argentina. Trabajos de numerosas académicas han tenido impacto intelectual (por ejemplo, en el estudio de la historia de las mujeres militantes), el despliegue político de grupos que se declaran feministas (como Pan y Rosas, por mencionar uno) ha alcanzado a sus pares chilenos, y movimientos como Ni Una Menos y por el Aborto Libre alcanzaron no sólo un impacto en Chile sino regional de proporciones, sobre todo entre 2016 y 2018.
  • Nuevas formas de organización política. Ya en la década del noventa se avizoraba un proceso de cambio político en ciernes, cuando se caminaba por los pasillos universitarios, para notar la gran diversidad de micro-organizaciones (diarios murales, colectivos y movimientos) que progresivamente iban sustituyendo las organizaciones partidarias de las décadas anteriores. Si pensamos en los movimientos estudiantiles de 2006 y 2011, uno de los elementos que llamó más la atención de sus organizaciones fue precisamente la emergencia de una nueva forma de pensar la organización y toma de decisiones políticas del movimiento estudiantil, con vocerías revocables, decisiones en asamblea y el debilitamiento de la presencia e influencia de las organizaciones políticas tradicionales. Pero también, la inclusión de numerosas vocerías de mujeres y la idea de paridad, que daban un énfasis diferente a los asuntos de género dentro del estudiantado tanto secundario como universitario. Por supuesto, los cambios en la cultura política nacional no se producen de un día para otro y no carecen de contradicciones internas, debido a la inercia difícil de vencer en tan corto plazo. Pero, resulta significativo el hecho de que desde 2006 en adelante, los proto-partidos que pueblan sobre todo la izquierda chilena, se definen al unísono como feministas, intentando con más o menos éxito redefinir sus prácticas y proyectos de país acorde a su comprensión y marco ideológico predominante. Esto sin duda, contribuyó al movimiento feminista estudiantil que protagonizó el paro iniciado en mayo de 2018 y al éxito de las convocatorias recientes de la Coordinadora Feminista 8M al Encuentro Nacional de Mujeres que Luchan y a la gran marcha del 8 de marzo de 2019 (que involucró un gran despliegue organizaciones, y una amplia movilización en 61 puntos del país, más de 300.000 personas sólo Santiago)
  • Diversificación de temas: Unido a lo anterior, en las últimas décadas se han politizado nuevos temas en nuestra sociedad, que colocan en el centro del debate aspectos promovidos largamente por el feminismo y que habían obtenido escasa visibilidad o adherencia en momentos anteriores, porque se consideraban “asuntos privados” o tabú. Al revés de lo que ha sucedido en muchos países occidentales, en nuestro país la lucha por la promoción de los derechos y la no discriminación homosexual, potenció el debate acerca de los asuntos de género y el feminismo. Numerosos colectivos de disidencia sexual, homosexuales, y secretarías de género y sexualidad vieron su aparición en los espacios universitarios y fuera de ellos, teniendo su peak en torno a la aprobación de la Ley Zamudio (2012). La presencia del tema de género en los debates, desde distintos enfoques, se hizo presente en la discusión del movimiento estudiantil de 2011. Otro aspecto clave, fue el levantamiento de la cuestión de la violencia contra las mujeres. Este tema, obviamente, no es nuevo. Pero nunca tuvo tal nivel de adhesión y consciencia como en nuestros días. Durante muchos años, grupos feministas como la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres, trabajaron arduamente en formar y promover el conocimiento de este problema y su condición de violencia de género. Numerosos hechos locales e internacionales potenciaron el discurso anti-violencia y han transformado este problema en un tema que mueve masas, sobre todo a partir de la Campaña Ni Una Menos y la primera gran marcha del 16 de Octubre de 2016.
  • Aspectos simbólicos: Otro aspecto que no puede ser ignorado, es el impacto simbólico de la llegada de la primera mujer al Ministerio de Defensa y luego a la Presidencia de la República: Michelle Bachelet, gobernante nacional por dos períodos (2006-2010 y 2014-2018) quien también ha ocupado dos puestos de notoria significación internacional, liderando ONU Mujeres y como Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Si bien, los logros y compromisos de Bachelet con el proyecto feminista son pobres, su presencia en esos cargos efectivamente generó expectativas de emancipación y liderazgos en las mujeres.

¿A qué forma de hacer política nos conduce esto? El feminismo es y siempre ha sido diverso. Y esto se puede percibir en la gran cantidad de organizaciones que pueblan hoy el feminismo nacional. No existe un modelo de régimen político único o un modelo económico universal, por ejemplo. Hay intensos debates al respecto. Sin embargo, en el funcionamiento de las organizaciones feministas surgen espontáneamente diversos “axiomas” acerca de cómo se debe ser militante, hacer política, la ética implícita en las relaciones políticas, etc., que son dignas de ser puestas sobre la mesa y desanudadas. Un ejemplo de esto es el transversal rechazo al autoritarismo y el verticalismo y la promoción de la llamada sororidad.

Por otro lado, hay un acuerdo en enfrentar la precariedad de la vida, con una perspectiva multidimensional. No sólo la violencia. No sólo el control del cuerpo. Fue así como las organizaciones feministas de la Coordinadora 8M optaron por acordar un programa común, una hoja de trabajo, que prioriza 10 áreas y hace demandas y propuestas concretas. Esto es también una novedad significativa, que ha servido para articular el movimiento, dándole más peso y dirección.

Finalmente, el feminismo chileno dio una señal fuerte con su decisión de salir de los centros, generando núcleos regionales y encuentros locales y en Santiago, organizar territorialmente la marcha más allá de la Alameda, con actividades en varias comunas, como por ejemplo, acciones en malls y el mentado cambio de nombre de 43 estaciones de metros, entre otros.

En esta coyuntura crítica, donde nos encontramos con una fuerte transformación sociocultural y política, el feminismo se abre paso, generando una oportunidad para replantearnos las prácticas y contenidos de nuestra política, situándose como un amplio crisol que funde experiencias, creatividad y debate.

Este artículo fue publicado en la Edición Chilena de Le Monde Diplomatique, abril 2018.

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