Inicio Historia y Teoría A 100 años de la fundación de la Internacional Comunista

A 100 años de la fundación de la Internacional Comunista

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Juan Ignacio Ramos

Izquierda Revolucionaria, CIT en Estado Español.


«¡Obreros y obreras! ¡En esta tierra hay una sola bandera por la que vale la pena luchar y morir: es la bandera de la Internacional Comunista!»

León Trotsky

«Todos los partidos revolucionarios que han perecido hasta ahora, perecieron porque llegaron a estar satisfechos de sí mismos. Ya no podían ver las fuentes de su fuerza y temían hablar de sus debilidades. Pero nosotros no pereceremos porque no nos asusta hablar de nuestras debilidades y aprenderemos a vencerlas »

V.I. Lenin

Este mes de marzo se cumplen cien años de la fundación de la Internacional Comunista. La gran organización revolucionaria, creada al calor de la victoria de Octubre, provocó auténtico pavor entre la clase dominante de todos los continentes. El mensaje de Marx y Engels, ¡Proletarios de todos los países uníos!, se hacía carne y hueso anunciando un mundo nuevo sin explotación.

En el año 2009 la Fundación Federico Engels e Izquierda Revolucionaria emprendimos la tarea de publicar en castellano los manifiestos, tesis y resoluciones aprobadas por los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista celebrados entre 1919 y 1922. Estos materiales exponen brillantemente la estrategia, táctica y organización del bolchevismo ruso y de los pioneros del comunismo internacional.

“Los primeros cuatro congresos de la Internacional Comunista —escribió León Trotsky— nos dejaron una valiosa herencia programática: la caracterización de la etapa actual como etapa imperialista, es decir, de culminación y comienzo del declive del capitalismo; de la naturaleza del reformismo moderno y los métodos para combatirlo; de la relación entre la democracia y la dictadura del proletariado; del papel del partido en la revolución proletaria; de la relación entre el proletariado y la pequeña burguesía, especialmente el campesinado (la cuestión agraria); del problema de las nacionalidades y la lucha por la liberación de los pueblos coloniales; del trabajo en los sindicatos; de la política del frente único; de la relación con el parlamentarismo, etc. Estos cuatros primeros congresos sometieron estas cuestiones a un análisis de principios que aún no ha sido superado” .

La mayor parte de los documentos de estos congresos fueron escritos y defendidos por Lenin y Trotsky, y dieron forma no sólo al programa teórico sino a la acción de las fuerzas comunistas de todo el mundo. Todavía quedaba un largo camino por recorrer antes de que la burocracia estalinista abandonara la posición internacionalista de los bolcheviques y la reemplazara por la teoría del socialismo en un solo país y la colaboración de clases.

Los textos de los cuatro primeros congresos fueron ocultados durante décadas a generaciones de comunistas, pues el contenido de los mismos chocaba frontalmente con la nueva orientación burocrática. Estudiar detalladamente los documentos de la Internacional Comunista en tiempos de Lenin, conocer este caudal de ideas, análisis y observaciones que siguen manteniendo toda su fuerza y consistencia, es una tarea imprescindible para todas y todos los que luchamos por construir el partido de la revolución.

La fundación de la Internacional Comunista

El 24 de enero de 1919, la dirección del Partido Comunista Ruso (bolchevique) junto a las de los recién fundados partidos comunistas polaco, húngaro, alemán, austriaco, letón, finlandés, la Federación Socialista Balcánica y el Partido Socialista Obrero norteamericano, realizaron el siguiente llamamiento:

“Los partidos y organizaciones abajo firmantes consideran como una imperiosa necesidad la reunión del I Congreso de la nueva Internacional revolucionaria. Durante la guerra y la revolución se puso de manifiesto no sólo la total bancarrota de los viejos partidos socialistas y socialdemócratas y con ellos de la Segunda Internacional, sino también la incapacidad de los elementos centristas de la vieja socialdemocracia para la acción revolucionaria. Al mismo tiempo, se perfilan claramente los contornos de una verdadera Internacional revolucionaria”.

El congreso fundacional de la Tercera Internacional se reunió entre el 2 y el 6 de marzo de 1919 en Petrogrado, cuando el Estado obrero soviético estaba cercado por la intervención militar imperialista lo que impidió que numerosos delegados de diferentes países no pudieran acudir. En cualquier caso eso no impidió que en este histórica reunión, las jóvenes fuerzas de la Internacional Comunista establecieron las bases políticas que habían sido delineadas en los años precedentes por Lenin y Trotsky: oposición frontal a los intentos de reconstruir la Segunda Internacional con la misma forma que tenía antes de la guerra; denuncia despiadada del pacifismo burgués y de las ilusiones pequeñoburguesas en el programa de paz del presidente estadounidense Wilson; defensa de la teoría marxista sobre el Estado y rechazo de la democracia burguesa como una forma de dictadura capitalista sobre el proletariado (las tesis elaboradas por Lenin, Democracia y dictadura, son un ejemplo maravilloso al respecto). La conclusión del congreso fue clara: la Internacional Comunista lucharía por agrupar a la vanguardia revolucionaria del proletariado en una internacional marxista homogénea.

Mitin durante la Revolución Rusa

La guerra y el triunfo bolchevique en octubre de 1917 abrieron una época de revolución y contrarrevolución en Europa. Por todas partes estallaron motines en los ejércitos, huelgas generales y movimientos insurreccionales. Desde Finlandia o Alemania en 1918, pasando por Austria, Bulgaria, Hungría, Italia, el Estado español…, toda Europa estuvo recorrida, hasta 1921, de una agitación revolucionaria que amenazaba los cimientos del sistema capitalista. A duras penas la burguesía pudo contener la situación y sólo lo logró apoyándose en las viejas organizaciones socialdemócratas y en los sindicatos reformistas. La burguesía fracasó en Rusia, pero sacó valiosas lecciones de su derrota. Como señaló Trotsky, a partir de entonces la clase dominante comprobó que lo que pensaba imposible se hizo posible. Ya no sería cogida desprevenida.

El triunfo de octubre y la oleada revolucionaria que la siguió provocaron una sacudida brutal en las organizaciones socialdemócratas. Surgieron tendencias comunistas en la mayoría de los partidos de la Segunda Internacional y los dirigentes reformistas solo pudieron mantener una base entre los sectores más conservadores de la clase obrera. En ese período se produjo una constante afluencia de trabajadores a las filas de la Internacional Comunista, lo que obligó a muchos dirigentes, que en el pasado habían mantenido posiciones reformistas, a mostrar su “apoyo” a la nueva organización.

En marzo de 1919, el Partido Socialista Italiano envió su adhesión; en mayo lo hicieron el Partido Obrero Noruego y el Partido Socialista Búlgaro; en junio el Partido Socialista de Izquierda de Suecia y el Partido Socialista Comunista Húngaro. En Francia, los comunistas ganaron la mayoría del Partido Socialista en el Congreso de Tours (1920): el ala de derechas se escindió con 30.000 miembros y el Partido Comunista Francés se fundó con 130.000. El Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD) se escindió en octubre de 1920 en el Congreso de Halle y la mayoría se fusionó con el Partido Comunista Alemán, que se transformó en una organización de masas. Acontecimientos similares ocurrieron en Checoslovaquia.

En palabras de Lenin: “La Tercera Internacional fue fundada bajo una situación mundial en que ni las prohibiciones ni los pequeños y mezquinos subterfugios de los imperialistas de la Entente o de los lacayos del capitalismo, como Scheidemann en Alemania y Renner en Austria, son capaces de impedir que entre la clase obrera del mundo entero se difundan las noticias acerca de esta Internacional y las simpatías que ella despierta. Esta situación ha sido creada por la revolución proletaria, que, de un modo evidente, se está incrementando en todas partes cada día, cada hora. Esta situación ha sido creada por el movimiento soviético entre las masas trabajadoras, el cual ha alcanzado ya una potencia tal que se ha convertido verdaderamente en un movimiento internacional…” .

Las veintiuna condiciones

Bajo la presión de los acontecimientos viejos líderes reformistas y pacifistas solicitaron su ingreso formal en la Tercera Internacional. La amenaza de infiltración de las viejas tendencias oportunistas en las filas de la nueva organización era grande.

Afiche de la Tercera Internacional

En el II Congreso, celebrado en 1920, estas presiones se intentaron contrarrestar con la aprobación de veintiuna condiciones para la afiliación a la Internacional Comunista, en las que se exigía una ruptura tajante con el programa pacifista de los imperialistas estadounidenses (el desarme, la Liga de las Naciones…). Este II Congreso también ratificó su posición contra el régimen interno burocratizado de la Segunda Internacional y las relaciones diplomáticas de aparatos, que hacían de la Internacional una federación de partidos autónomos que les permitía actuar en abierta oposición entre ellos ante hechos trascendentales de la lucha de clases. La nueva Internacional Comunista, como partido mundial de la revolución socialista, se construyó sobre la base de un programa y una acción común y los métodos del centralismo democrático.

Como era de esperar, muchos de los centristas y conciliadores a quienes el Congreso impidió afiliarse mostraron inmediatamente el auténtico calado de sus maniobras. Apoyaron y se unieron a la Internacional Segunda y Media, que agrupó durante una corta temporada a los austromarxistas (Otto Bauer, Víctor Adler), a lo que quedaba del USPD alemán, los longuetistas franceses, el Partido Laborista Independiente (ILP), etc. Pero en aquella época de revolución y contrarrevolución, el centrismo estaba condenado. El intento de establecer una organización intermedia entre la Segunda Internacional socialpatriota y la nueva Internacional Comunista fracasó miserablemente. Muchos militantes honestos y revolucionarios se sumaron a los comunistas, mientras los líderes centristas se reunificaron en 1923 con la vieja Internacional socialdemócrata.

Izquierdismo

La impaciencia de muchos sectores del nuevo movimiento comunista ante la traición de los viejos partidos reformistas, y su incomprensión de la política del bolchevismo y el marxismo en general, dio lugar a la aparición de tendencias sectarias y ultraizquierdistas. Muchos de los nacientes partidos comunistas (italiano, inglés, holandés, etc.) se vieron afectados por esta enfermedad “infantil”, como la definió Lenin. Un caso destacado fue el del partido alemán, que sufrió la experiencia de la derrota de la revolución en 1919 y el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht por orden de los ministros socialdemócratas. El izquierdismo fue duramente criticado por los dirigentes bolcheviques, con Lenin y Trotsky a la cabeza, que se esforzaron por esclarecer teóricamente este fenómeno.

Los puntos fundamentales que defendían los izquierdistas en aquel período siguen siendo los mismos que plantean en la actualidad: se pronunciaban contra cualquier tipo de trabajo en las organizaciones de masas controladas por los reformistas, alentando todo tipo de atajos organizativos como la construcción de “sindicatos rojos”. Se declaraban hostiles la participación en las elecciones parlamentarias y a favor del boicot electoral en todas y cada una de las circunstancias. El ultraizquierdismo, reflejo de la impaciencia y la inexperiencia, estaba lleno de los lugares comunes del anarquismo. Al cretinismo parlamentario le contraponían el cretinismo antiparlamentario; ante el poder y la influencia de los sindicatos reformistas se conformaban con crear pequeñas sectas sindicales, que aislaban a una capa de obreros de vanguardia y, lejos de debilitar a la burocracia sindical, en realidad servía para fortalecerla. Sus representantes más destacados de aquella época fueron el KAPD (Partido Comunista Obrero Alemán), el húngaro Béla Kun, los comunistas liderados por Amadeo Bordiga en Italia, los holandeses dirigidos por Gorter y Pannekoek y algunos otros líderes comunistas británicos.

En el II Congreso de la Internacional,  celebrado en Moscú entre el 19 de julio y el 7 de agosto de 1920, la lucha abierta contra estas tendencias izquierdistas centraron una parte considerable de los debates. El Manifiesto del Congreso, escrito por Trotsky, subrayaba los principios de la estrategia marxista contra esta política aventurera: “La Internacional Comunista es el partido mundial de la rebelión proletaria y de la dictadura del proletariado. No tiene tareas ni objetivos separados ni aparte de los propios de la clase obrera. Las pretensiones de las sectas minúsculas, cada una de las cuales quieren salvar a la clase obrera a su manera, son ajenas y hostiles al espíritu de la Internacional Comunista. La IC no posee ningún tipo de panaceas ni fórmulas mágicas, sino que se basa en la experiencia internacional, presente y pasada, de la clase obrera; depura estas experiencias de todas las equivocaciones y desviaciones; generaliza las conquistas alcanzadas y reconoce solamente como fórmulas revolucionarias las fórmulas de acción de masas. Llevando a cabo una lucha sin cuartel contra el reformismo en los sindicatos y contra el cretinismo parlamentario y el carrerismo, la Internacional Comunista, condena al mismo tiempo todos los llamamientos sectarios para dejar las filas de las organizaciones sindicales que agrupan a millones, o dar la espalda al trabajo en las instituciones parlamentarias y municipales. Los comunistas no se separan de las masas que están siendo decepcionadas y traicionadas por los reformistas y los patriotas, sino que se comprometen a un combate irreconciliable dentro de las organizaciones de masas e instituciones establecidas por la sociedad burguesa, para poder derrocarla lo más segura y rápidamente posible”.

Por su parte, Lenin dejó clara su posición en su célebre libro La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo, preparado especialmente para los debates del congreso:

“Precisamente la absurda ‘teoría’ de la no participación de los comunistas en los sindicatos reaccionarios demuestra del modo más evidente con qué ligereza consideran estos comunistas ‘de izquierda’ la cuestión de la influencia sobre las ‘masas’ y de qué modo abusan de su griterío acerca de las ‘masas’. Para saber ayudar a la ‘masa’ y conquistar su simpatía, su adhesión y su apoyo no hay que temer las dificultades, las quisquillas, las zancadillas, los insultos y las persecuciones de los ‘jefes’ (que, siendo oportunistas y socialchovinistas, están en la mayor parte de los casos en relación directa o indirecta con la burguesía y la policía) y se debe trabajar sin falta allí donde estén las masas. Hay que saber hacer toda clase de sacrificios y vencer los mayores obstáculos para llevar a cabo una propaganda y una agitación sistemáticas, tenaces, perseverantes y pacientes precisamente en las instituciones, sociedades y sindicatos, por reaccionarios que sean, donde haya masas proletarias o semiproletarias. Y los sindicatos y las cooperativas obreras (estas últimas, por lo menos, en algunos casos) son precisamente las organizaciones donde están las masas.

“En Inglaterra, Francia y Alemania, millones de obreros pasan por primera vez de la completa falta de organización a la forma más elemental e inferior, más simple y accesible de organización (para los que se hallan todavía impregnados por completo de prejuicios democrático-burgueses): los sindicatos; y los comunistas de izquierda, revolucionarios pero insensatos, quedan a un lado, gritan: ‘¡Masa! ¡Masa!’, pero ¡¡se niegan a actuar en los sindicatos, so pretexto de su ‘espíritu reaccionario’!! E inventan una ‘unión obrera’ nuevecita, pura, limpia de todo prejuicio democrático-burgués y de todo pecado corporativo y de estrechez profesional, que será (¡qué será!), dicen, amplia y para ingresar en la cual se exige solamente (¡solamente!) ¡¡El ‘reconocimiento de los sóviets y de la dictadura del proletariado’!! ¡Es imposible concebir mayor insensatez, mayor daño causado a la revolución por los revolucionarios ‘de izquierda’!” .

El II Congreso debatió a fondo todas estas cuestiones de táctica y estrategia, incluyendo el trabajo en los parlamentos burgueses y en las elecciones. Por ejemplo, en las discusiones con los comunistas británicos respecto a la posición a mantener frente al laborismo, Lenin les aconsejó pedir la afiliación al Partido Laborista como una forma de no aislarse de las masas y poder realizar entre ellas una propaganda sistemática del programa marxista: “Es equivocada la afirmación del camarada Gallacher”, señalaba Lenin “de que, al pronunciarnos a favor del ingreso en el Partido Laborista, apartaremos de nosotros a los mejores elementos del proletariado inglés. Debemos probarlo en la práctica. Estamos seguros de que todos los acuerdos y resoluciones que ha de adoptar nuestro Congreso serán publicados en los periódicos socialistas revolucionarios ingleses y que todas las organizaciones y secciones locales tendrán la posibilidad de discutirlos. Todo el contenido de nuestras resoluciones proclama con la mayor claridad que somos los representantes de la táctica revolucionaria de la clase obrera en todos los países y que nuestro objetivo es luchar contra el viejo reformismo”.

Delegados partipantes en Segundo Congreso de la Internacional Comunista

Respecto a las elecciones, Lenin también propuso una táctica en sintonía con lo anterior: “Presentaríamos nuestros candidatos en unos pocos escaños absolutamente seguros, es decir, en distritos donde nuestro candidato no daría ningún escaño a los liberales a expensas de los laboristas. Tomaríamos parte en la campaña, distribuyendo panfletos de agitación comunista, y en todas las circunscripciones donde no presentásemos candidatos, llamaríamos al electorado a votar por el candidato laborista y contra los candidatos burgueses” .

La lucha contra estas tendencias se prolongó durante varios años en el seno de la Internacional. En esencia reflejaba la falta de madurez política, de experiencia y de temple de las nuevas organizaciones, cuyas direcciones no habían sido capaces de asimilar en toda su amplitud las enseñanzas del bolchevismo y la flexibilidad de sus tácticas. Cuando en marzo de 1921 el Partido Comunista de Alemania (KPD) se lanzó a una ofensiva armada sin contar con la suficiente preparación y el apoyo de las masas, la derrota del movimiento selló también la bancarrota de estas tácticas izquierdistas y aventureras.

El frente único

El III Congreso de la Internacional se reunió entre el 22 de junio y el 12 de julio de 1921 en Moscú, y levantó la consigna del “frente único”. La discusión abordó en profundidad la situación mundial tras el reflujo de la primera gran oleada revolucionaria después de la guerra (1917-1920), y la consiguiente recuperación por parte de la burguesía y de la socialdemocracia oficial de una buena parte de las posiciones políticas perdidas con anterioridad.

Desde 1917 la ofensiva del proletariado ruso y europeo había puesto al capitalismo contra las cuerdas. Pero a pesar de la heroicidad del movimiento, los levantamientos revolucionarios en Alemania (1918-1919/1921), en Hungría (1919), en Italia (1920), incluida la ofensiva del Ejército Rojo sobre Varsovia, habían sido derrotadas. La razón de estos fracasos se explica por dos hechos fundamentales: la traición de la socialdemocracia oficial que sin duda fue el más importante de todos, y los errores políticos de los jóvenes partidos comunistas que carecían de la experiencia y el nivel político necesario.

La clase dominante pudo reestablecer sus posiciones temporalmente y aumentó la confianza en sí misma, asestando un duro golpe a las perspectivas de la Internacional Comunista de un triunfo rápido en Europa. En ese momento, Lenin y Trotsky, conscientes de que la correlación de fuerzas había cambiado y ante las dificultades internas que atravesaba la URSS, reorientaron la política de Internacional Comunista.

La extrema radicalización de amplias capas de la clase trabajadora y del campesinado dio paso a un período de reflujo, coincidiendo además con un agravamiento de la crisis económica en Europa. Lenin y Trotsky señalaron que, en aquellas circunstancias, la tarea más importante era avanzar en la construcción de los partidos comunistas, ganar posiciones firmes en el movimiento obrero y encabezar a las luchas defensivas de los trabajadores.

Esta reorientación fue duramente criticada por los izquierdistas alemanes y holandeses, partidarios de la política de la “ofensiva”. Caricaturizaron las posiciones de Lenin y Trotsky y las compararon con la de los mencheviques. Trotsky escribió grandes textos sobre la coyuntura de aquel período, entre ellos su magnífico artículo Flujos y reflujos. Insistió en que un retroceso temporal en el proceso de radicalización de las masas era inevitable tras las derrotas políticas acaecidas en esos años, a lo que se sumaba una crisis económica que podría tener efectos negativos a corto plazo. Trotsky enfatizó la oportunidad de adaptar las consignas y las tácticas de la Tercera Internacional a las condiciones concretas del momento. Era necesario asumir que la derrota revolucionaria había cambiado el panorama.

Sin dejar de fustigar las ideas simplistas y ridículas de los ultraizquierdistas alemanes, que por otra parte quedaron completamente desautorizadas tras la derrota de marzo de 1921, Trotsky también subrayó que sería un error perder de vista que el período histórico mostraba claramente una tendencia dominante hacia la revolución. En cualquier caso, las condiciones del momento exigían considerar de forma escrupulosa la situación coyuntural y tomar medidas que ayudaran a fortalecer los jóvenes partidos comunistas entre las masas. Ese era el camino para aprovechar las oportunidades que brindaría el futuro.

Esas fueron las circunstancias políticas en las que el III Congreso definió la táctica general del frente único que perseguía un objetivo concreto: llegar a la base obrera de las organizaciones socialdemócratas oficiales. En aquel período de ofensiva burguesa, adoptar una política defensiva que uniese al movimiento obrero era imprescindible, y esa táctica era la del frente único: “golpear juntos, marchar separados”, combatir al enemigo común mediante acciones acordadas en defensa de reivindicaciones concretas, y mantener la total independencia y agitación a favor del programa comunista.

La propuesta de unidad de acción no sólo se orientaba a la base de las organizaciones socialdemócratas, iban dirigidas públicamente a sus direcciones, lo que permitía a los comunistas realizar una agitación efectiva a favor de sus planteamientos. La burocracia reformista reaccionó con virulencia ante estos llamamientos, demostrando ante millones de obreros que su demanda de unidad era una cortina de humo demagógica. La socialdemocracia no estaba dispuesta a emprender una lucha consecuente por reformas económicas y democráticas básicas, pues estas sólo podrían ser arrancadas a la burguesía mediante métodos de lucha y acciones de carácter revolucionario.

Durante los meses que transcurrieron hasta el IV Congreso, los progresos que la Internacional Comunista había logrado en el período anterior se consolidaron y ampliaron. Para 1922, la Internacional Comunista contaba ya con sesenta secciones nacionales, que agrupaban a una militancia cercana a los tres millones y disponían de setecientos periódicos partidarios. También se registraron serios avances en el mundo colonial dónde las masas habían iniciado un amplio movimiento antiimperialista y por la liberación nacional. En enero de 1922 se celebró en Moscú el Congreso de los Trabajadores de Extremo Oriente, que permitió establecer los primeros vínculos firmes entre la Internacional y clase obrera de China y Japón.

El IV Congreso abrió sus sesiones en Moscú  el 30 de noviembre y las clausuró el 5 de diciembre de 1922, reafirmando muchas de las resoluciones políticas discutidas en el anterior. El debate que en ese momento estaba teniendo lugar en el seno del Partido Comunista de la Unión Soviética  sobre la Nueva Política Económica (NEP), bajo la fortísima presión de las dificultades económicas surgidas tras la guerra civil y el fracaso de la revolución en Europa, planteó una lección muy valiosa: cómo abordar las retiradas tácticas, incluso después de la conquista del poder.

Los problemas de la edificación socialista

La historia de la Internacional Comunista está íntimamente ligada a la de la URSS. No podía ser de otra manera. La autoridad del Estado obrero soviético y del Partido Bolchevique sobre todos los partidos que componían la Internacional era extraordinaria. Por tanto, los problemas surgidos en la edificación del socialismo en la Unión Soviética tenían que afectar al desarrollo de la Internacional Comunista, condicionando su futuro.

La Revolución de Octubre permitió a la clase trabajadora apropiarse de la vieja maquinaria del Estado zarista y sustituirla por un Estado en transición bajo su control democrático, una fase que Marx y Engels habían caracterizado como dictadura del proletariado o democracia obrera. Pero los problemas a los que se enfrentó la dirección bolchevique para llevar a cabo, en un país tan atrasado, la construcción del socialismo fueron formidables. La base material de Rusia había quedado destruida y su fuerza laboral extenuada tras siete años de guerra ininterrumpida.

En teoría, el nuevo Estado obrero tendría un carácter muy diferente al del viejo Estado capitalista. Ya no se trataba de aplastar a la mayoría de la población para defender los ingresos y privilegios de una minoría, sino de mantener bajo control a una minoría de ex capitalistas y ex terratenientes. En esta fase de transición la clase obrera ya no necesitaría de una gran maquinaria burocrática estatal para impedir la vuelta de los viejos propietarios. Lenin subrayó esta idea en su obra El Estado y la revolución: “Es necesario todavía un aparato estatal de transición, una maquinaria especial de represión: el Estado. Pero es ya un Estado de transición, no es ya un Estado en el sentido estricto de la palabra (…)”.

La condición previa para la transición a una sociedad sin clases es el desarrollo de las fuerzas productivas, tanto en la industria como en la agricultura, favoreciendo el avance de la técnica y la cultura. El objetivo, tantas veces enfatizado por Marx, consistiría en crear las condiciones materiales adecuadas para que la clase obrera, una vez liberada de la penosa tarea de bregar cotidianamente por su supervivencia, pudiera emplear sus esfuerzos en la participación y el control de toda la actividad social, en el ámbito político, económico y cultural.

Sobre la base de la expropiación de la burguesía, del capital financiero y la socialización de las fábricas y las industrias, la planificación democrática bajo control obrero puede hacer que la economía progrese rápidamente. Pero en la práctica, a pesar de que el gobierno revolucionario adoptó inmediatamente la jornada de 8 horas para favorecer la participación de los obreros en el control del Estado, las dificultades económicas, la penuria, el esfuerzo de la guerra civil y la reconstrucción de la sociedad obligaron en muchas ocasiones a prolongar el trabajo del proletariado.

Desde 1917 hasta 1921 la guerra civil iniciada por los imperialistas y sus lacayos rusos, aumentó la destrucción, la miseria y el colapso económico del país, desmoronando su tejido industrial y agrícola. En esas condiciones extremas, el Ejército Rojo demostró su enorme capacidad de combate frente a 21 ejércitos invasores. El triunfo militar del bolchevismo fue extraordinario pero las consecuencias de la guerra fueron devastadoras. Todos los rasgos de la antigua barbarie resurgieron con virulencia. La pauperización de la vida social implicó una disputa brutal por el excedente.

La lucha de clases se agudizó durante los primeros años. Los bolcheviques expropiaron y nacionalizaron las fábricas y la banca, establecieron el monopolio del comercio exterior y procedieron a levantar una administración obrera. Pero la insuficiencia en el terreno industrial era muy grande y la producción escasa. El tráfico de mercancías entre el campo y la ciudad se fue reduciendo drásticamente. En 1918 no se disponía siquiera de la mitad del suministro habitual mensual de cereal. La lucha por el cereal se convirtió, en palabras de Lenin, en la lucha por el socialismo, lo que obligó a la dirección bolchevique a imponer el monopolio estatal del trigo.

Los campesinos pequeños y medianos fueron obligados a entregar parte de la producción. Sin embargo, el Estado obrero sólo podía proporcionar al campesino papel moneda con el que podía comprar muy pocos bienes de consumo que la industria no estaba en condiciones de producir. Todo el aparato productivo fue sometido a un régimen militar. En 1918 se nacionalizó el comercio interior y, para poder realizar de forma equitativa la distribución, la población se agrupó en cooperativas subordinadas al Congreso de Alimentación. Este conjunto de medidas fueron conocidas como Comunismo de Guerra, gracias al cual fue abastecido el Ejército Rojo. La situación en el campo y en la industria sencillamente era dramática.

En 1919, el número de obreros industriales había caído al 76% del nivel de 1917, mientras que el porcentaje de obreros de la construcción había caído al 66%, y el de ferroviarios al 63%. La cifra global de obreros industriales descendió a menos de la mitad, de tres millones en 1917 a un millón doscientos cuarenta mil en 1920. El propio Lenin describió de manera cruda aquellas condiciones insoportables: “El proletariado industrial debido a la guerra y la pobreza y ruina desesperadas se ha desclasado, es decir, ha sido desalojado de su rutina de clase, ha dejado de existir como proletariado. El proletariado es la clase que participa en la producción de bienes materiales en la industria capitalista a gran escala. En la medida en que la industria a gran escala ha sido destruida, en la medida que las fábricas están paradas, el proletariado ha desaparecido. A veces aparece en las estadísticas, pero no se ha mantenido unido económicamente” .

En 1917 Lenin definió las condiciones para la democracia obrera: a) Elecciones libres y democráticas a todos los cargos del Estado soviético; b) Revocabilidad de todos los cargos públicos; c) Que ningún cargo público recibiese un salario superior al de un obrero cualificado; d) Que todas las tareas de gestión de la sociedad las asumiese gradualmente toda la población de manera rotativa.

En palabras de Lenin: “Reduzcamos el papel de los funcionarios públicos al de simples ejecutores de nuestras directrices, al papel de inspectores y contables, responsables, revocables y modestamente retribuidos (en unión, naturalmente, de los técnicos de todos los géneros, tipos y grados); ésa es nuestra tarea proletaria. Por ahí se puede y se debe empezar cuando se lleve a cabo la revolución proletaria” .

En las condiciones materiales de Rusia esta perspectiva se vio confrontada con una situación objetiva muy adversa. Se requería el apoyo de los países más adelantados de Europa para construir el socialismo en Rusia, del triunfo de la revolución al menos en algunos de los países clave. Lenin siempre fue muy claro a este respecto:

“Desde el principio de la revolución de octubre, nuestra política exterior y de relaciones internacionales ha sido la principal cuestión a la que nos hemos enfrentado. No simplemente porque desde ahora en adelante todos los Estados del mundo están siendo firmemente atados por el imperialismo en una sola masa sucia y sangrienta, sino porque la victoria completa de la revolución socialista en un solo país es inconcebible, y exige la cooperación más activa de por lo menos varios países avanzados, lo que no incluye a Rusia…”.

“Tanto antes de octubre como durante la revolución de octubre, siempre hemos dicho que nos consideramos y sólo podemos considerarnos como uno de los contingentes del ejército proletario internacional (…) Siempre hemos dicho, por lo tanto, que la victoria de la revolución socialista sólo se puede considerar final cuando se convierte en la victoria del proletariado por lo menos en varios países avanzados” .

Las consecuencias de este vasto fenómeno de atomización y dispersión de la clase obrera fueron dramáticas para el establecimiento de un régimen de democracia obrera viable. En muchos casos las estructuras soviéticas dejaron de funcionar, los sóviets como órganos de poder obrero cayeron en desuso o fueron sustituidos por los comités del partido. Las tareas de la administración del Estado eran cubiertas, cada vez en mayor proporción, por un número importante de los viejos funcionarios del régimen zarista, mientras que los mejores cuadros comunistas servían en el frente como comisarios rojos o se consagraban a la tarea de la construcción económica.

Lenin, consciente de esta situación, denunció enérgicamente el nuevo rumbo de los acontecimientos. En el IV Congreso de la Internacional Comunista advirtió: “Tomamos posesión de la vieja maquinaria estatal y esa fue nuestra mala suerte. Tenemos un amplio ejército de empleados gubernamentales. Pero nos faltan las fuerzas echadas para ejercer un control real sobre ellos (…) En la cúspide tenemos no sé cuántos, pero en cualquier caso no menos de unos cuantos miles (…) Por abajo hay cientos de miles de viejos funcionarios que recibimos del zar y de la sociedad burguesa (…)”.

En otros escritos remachaba la misma idea: “Echamos a los viejos burócratas, pero han vuelto (…) llevan una cinta roja en sus ojales sin botones y se arrastran por los rincones calientes. ¿Qué hacemos con ellos? Tenemos que combatir a esta escoria una y otra vez, y si la escoria vuelve arrastrándose, tenemos que limpiarla una y otra vez, perseguirla, mantenerla bajo la supervisión de obreros y campesinos comunistas a los que conozcamos por más de un mes y un día” .

La Nueva Política Económica (NEP)

La falta de abastecimiento en las ciudades se unió al hambre en el campo y pronto se sucedieron estallidos y manifestaciones del campesinado y de la clase obrera contra la escasez. En 1921 se produjo un levantamiento campesino en Tambov mientras en Kronstadt la guarnición naval se sublevó contra el poder de los sóviets. Esta amenaza a la revolución era aún más grave que la agresión imperialista. El desgaste, la escisión en el campesinado, la escasez general obligaron a los bolcheviques a dar un giro. En 1921, la introducción de la NEP (Nueva Política Económica), supuso una gran concesión política con el objetivo de reestablecer el intercambio comercial en el campo y aliviar la insoportable presión social y económica que se cernía sobre el Estado obrero.

Las viejas palabras de Marx planeaban sobre los líderes bolcheviques: “el desarrollo de las fuerzas productivas es prácticamente la primera condición absolutamente necesaria para el comunismo por esta razón: sin él se socializaría la indigencia y esta haría resurgir la lucha por lo necesario, rebrotando, consecuentemente, todo el viejo caos”.

Cartel alusivo a la electrificación en la URSS

La NEP sólo puede entenderse desde la óptica de las condiciones hostiles que rodeaban la transición al socialismo en Rusia. El fracaso de la revolución europea y las dificultades internas obligaron a la dirección del partido a emprender una retirada táctica. En el X Congreso del PCUS se anunció la sustitución del sistema de entregas forzosas de granos por el impuesto en especie, con lo que los campesinos podían disponer de un excedente con el que comerciar en el mercado y estimular así la economía agrícola. Inicialmente se trataba de una experiencia limitada y supeditada a la economía planificada: el Estado seguía concentrando toda la industria pesada, las comunicaciones, la banca, el sistema crediticio, el comercio exterior y una parte preponderante del comercio interior, mientras se daba libertad de comercio y utilización de fuerza de trabajo asalariada en algunos sectores.

A pesar de la NEP los problemas continuaron. En 1923 la discrepancia entre los precios industriales y agrarios aumentó. La productividad del trabajo en la industria era muy baja y eso significaba precios altos para los productos industriales, mientras que los beneficios obtenidos por los pequeños campesinos eran insuficientes para poder acceder a ellos. Al mismo tiempo, los campesinos acomodados —kulaks— fortalecían su posición en el mercado acaparando y comprando el grano del pequeño productor, convirtiéndose en el único interlocutor del Estado en el mundo rural. Esto se reflejaba también en los sóviets locales donde su influencia era cada vez mayor. Las tendencias proburguesas en el campo crecían y se desarrollaban paralelamente al fortalecimiento y al aumento del peso de la burocracia.

Las bases de la burocracia

 “La reacción creció durante el acoso de las dos guerras que siguieron a la revolución y los acontecimientos la nutrieron sin cesar” (León Trotsky, La revolución traicionada ).

Después de un período de tensiones colosales, las esperanzas en el triunfo revolucionario del proletariado europeo retrocedieron. El péndulo giró, y el reflujo de la actividad de la clase obrera rusa junto a su dispersión, el agotamiento de sus fuerzas y la desmovilización de millones de hombres del Ejército Rojo, jugaron un papel decisivo en la formación de la nueva burocracia. A finales de 1920, el número de funcionarios del Estado había pasado a 5.880.000 y el número seguía creciendo. Muchos de ellos no eran comunistas, ni siquiera obreros avanzados, sino elementos que provenían del viejo aparato zarista.

“La joven burocracia formada precisamente para servir al proletariado se sintió árbitro entre las clases y adquirió una autonomía creciente —señaló Trotsky—”. Al cansancio de la vieja generación de militantes del partido se unió una nueva que no conocía las anteriores tradiciones. En medio de la escasez generalizada, el aparato burocrático se aprovechó de su posición para lograr ventajas materiales mientras las dificultades internas y externas ayudaban a su consolidación. La cadena de fracasos revolucionarios en Europa occidental, especialmente el de 1923 en Alemania , dio nuevos bríos a esta dinámica y concedió a la naciente burocracia la confianza suficiente para pensar ilusoriamente en que el socialismo podría construirse “paso a paso”, dentro de las fronteras nacionales de Rusia. La democracia obrera fue minándose tanto en lo relativo a los órganos de poder (los sóviets) como en el interior del partido.

“La degeneración del partido fue la causa y la consecuencia de la burocratización del Estado”, escribió Trotsky en La revolución traicionada. Unas condiciones sociales extremadamente adversas, y no las intenciones subjetivas, prepararon el terreno para el triunfo de la burocracia.

La caída de la Tercera Internacional

La consolidación de la nueva casta dominante no fue algo sencillo. Stalin y sus partidarios tuvieron que librar una cruenta lucha en el seno del partido y de la Internacional Comunista contra el ala leninista representada por la Oposición de Izquierdas.

Iósif Stalin

Como hemos señalado, la degeneración del Estado obrero se nutrió de los fracasos revolucionarios en Europa y fortalecieron a la burocracia soviética como una fuerza cada vez más independiente y despegada de la clase obrera rusa. A finales de 1923, con Lenin gravemente enfermo, la troika dirigente del partido, Stalin, Zinóviev y Kámenev, lanzó una batalla sin cuartel contra Trotsky.

El V Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en 1924, abrió el camino para la adaptación al programa político y los métodos de la burocracia estalinista. La Internacional ratificó la teoría antileninista del socialismo en un solo país formulada por Stalin, que supondría el abandono del internacionalismo proletario y la perspectiva de la revolución mundial. Desde entonces, la Internacional Comunista se convertiría progresivamente en un apéndice de la burocracia rusa para asegurar sus intereses políticos y materiales,  y su política se caracterizó por los zigzags y una vasta purga de elementos opositores.

Entre 1924 y 1925, el apoyó que la burocracia brindó a los kulaks y a los nepmen en el plano interior, se trasladó internacionalmente a todo tipo de acuerdos oportunistas y burocráticos con organizaciones reformistas y nacionalistas. Fue el caso de la política de subordinación impuesta al Partido Comunista Chino respecto al Kuomintang, que se saldó con el aplastamiento de la revolución en 1925-1927 y la masacre de miles de militantes comunistas en Cantón y Shanghái. También de la alianza política con la burocracia sindical inglesa, el llamado “comité anglo-ruso”, que facilitó una cobertura de izquierdas a los dirigentes reformistas de las Trade Unions y preparó la derrota de la huelga general de 1926.

Los errores de la dirección estalinista, con sus consiguientes resultados, fueron denunciados por la Oposición de Izquierda (bolcheviques-leninistas). Trotsky y los cuadros de la Oposición exigieron el reestablecimiento de los principios de la democracia obrera en el partido, el Estado y los sóviets; el abandono de la teoría del socialismo en un solo país, la colaboración de clases y la vuelta a una firme política internacionalista. También advirtió de los peligros que acechaban a la economía planificada y sus conquistas, demandando planes inmediatos para asegurar la industrialización del país y combatir a la pequeña burguesía.

Tras utilizar a los kulaks y los nepmen como arietes contra la Oposición, la burocracia estalinista se enfrentó al peligro de ser derrotada por las mismas fuerzas sociales que había desatado. La posibilidad de la restauración capitalista en la URSS se convirtió en algo real. Stalin y el aparato estaban liquidando la democracia obrera, es decir, la participación democrática de las masas en la administración y control del Estado, pero temían socavar las relaciones sociales de producción nacidas de la revolución de octubre y de la que obtenían sus privilegios e ingresos gracias a su poder.

A partir de 1927, Stalin, llevado por el pánico, imprimió un giro hacia posiciones “izquierdistas”. Utilizando métodos brutales, la burocracia impuso la colectivización forzosa de la tierra y un plan quinquenal para la industrialización del país, asumiendo de manera distorsionada uno de los principales puntos del programa de la Oposición. Pero su intención no era reestablecer el control democrático de los trabajadores sobre el Estado, sino eliminar a los sectores pequeño-burgueses que podían liquidar su poder.

Este nuevo zigzag tuvo su efecto correspondiente. El VI Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en 1928 después de un lapso de cuatro años, supuso el completo abandono de las lecciones de los cuatro primeros congresos. La nueva política, conocida públicamente como la del tercer período, promovió la escisión del movimiento sindical (formación de sindicatos rojos como organizaciones independientes) y la teoría sectaria del socialfascismo (la socialdemocracia y el fascismo no son antípodas, sino gemelos).

La lucha de clases anunciaba años turbulentos. La depresión económica mundial, iniciada con el crac de 1929 en los Estados Unidos, abrió las puertas a una nueva ofensiva del proletariado en Europa, pero también fortaleció las fuerzas de la contrarrevolución. La burguesía alemana abandonó cualquier expectativa de que un régimen democrático parlamentario pudiera hacer frente a la crisis social y frenar a los trabajadores, y secciones enteras de la misma se inclinaron abiertamente por los nazis. Años antes la burguesía italiana había apoyado a los fascistas de Mussolini. En aquellas circunstancias de revolución y contrarrevolución, la política llevada a cabo por la burocracia estalinista fue un completo desastre.

Negándose a entender el fenómeno del fascismo, adoptando una posición completamente sectaria respecto a las masas obreras que seguían al Partido Socialdemócrata, la política del tercer período aisló al Partido Comunista Alemán (KPD) y permitió el avance de los nazis. La estrategia de Stalin condujo al proletariado alemán a una derrota vergonzosa sin que tuviese capacidad para organizar una respuesta armada. El hecho de que la dirección del KPD considerara el triunfo de Hitler en enero de 1933 como un accidente temporal en la marcha triunfal del comunismo, confirmaba su completa desorientación y capitulación.

Los frentes populares

La tragedia del proletariado alemán y austriaco no provocó ninguna crisis o crítica de importancia en las filas de la Internacional Comunista. El proceso de burocratización y degeneración de las diferentes secciones nacionales, ininterrumpido desde 1924, había llegado a un punto crítico. Igual que ocurriera con la Segunda Internacional en 1914, la Internacional Comunista bajo control de Stalin fue incapaz de orientarse en aquella vorágine con una perspectiva revolucionaria e internacionalista, y su política creó las condiciones para duras derrotas.

Aterrada por el cariz que tomaban los acontecimientos, Stalin buscó el apoyo de las potencias imperialistas occidentales (las “democracias” de Francia e Inglaterra) contra la Alemania nazi. Repitiendo un método conocido, la burocracia estalinista imprimió un nuevo giro en su estrategia. Tras haber defendido una posición sectaria con consecuencias dramáticas para el proletariado alemán y austriaco, el VII Congreso de la Internacional Comunista, reunido en 1935, aprobó lo que en realidad sería el corte definitivo con los últimos restos de sus tradiciones. La política leninista de independencia de clase, de lucha contra la dictadura capitalista encubierta bajo las formas de la democracia burguesa, fue enviada al basurero y reemplazada por el programa menchevique del “frentepopulismo” y la colaboración de clases con la burguesía.

Las secciones de la Internacional Comunista, en línea con la nueva política, adoptaron la “defensa de la patria”. De esta manera los estalinistas se transformaron en los “socialchovinistas” del momento, como así ocurrió con los dirigentes de los partidos comunistas francés, británico, norteamericano y otros muchos. Pero las consecuencias más dramáticas de esta traición al marxismo leninismo se vivieron durante la revolución española.

En julio de 1936 decenas de miles de obreros en armas aplastaron en las principales ciudades la intentona fascista de los militares, y abrieron un período de transformaciones revolucionarias. El Estado burgués republicano se desmoronó y surgieron organismos de poder obrero que colectivizaron fábricas, tierras, y armaron a los trabajadores organizando milicias para combatir a los militares insurrectos. Todas las condiciones para coordinar esos organismos, embriones genuinos de sóviets, y proceder a una expropiación completa de la burguesía y la oligarquía terrateniente estaban maduras. Llevar a cabo una movilización general de la población en una guerra revolucionaria semejante a la que desarrollaron los bolcheviques entre 1917-1921 era perfectamente posible.

La lucha de los trabajadores españoles no tenía por qué detenerse en las fronteras nacionales: Francia y Gran Bretaña estaban en un punto de ebullición revolucionaria. Pero la burocracia estalinista, atemorizada por la perspectiva de una victoria proletaria que pudiese abrir el cauce a una rebelión de los trabajadores en el interior de Rusia, puso todas sus energías en liquidar la revolución española. Utilizó toda su autoridad política y sus vínculos con la vieja tradición de octubre para decapitar la revolución. Igual que la Segunda Internacional, igual que Noske y Scheidemann en 1919, los estalinistas se transformaron en una fuerza contrarrevolucionaria activa. Para completar el trabajo, desataron en la URSS las grandes purgas contra la vieja guardia bolchevique y decenas de miles de militantes del partido y las juventudes.

Sobre el cadáver de la revolución española, Stalin firmó el infame pacto con Hitler en 1939. Las tímidas críticas que se levantaron contra este acuerdo en las filas de la Internacional, mientras miles de militantes se pudrían en las cárceles y campos de concentración nazis, fueron ahogadas con nuevas expulsiones. Finalmente Stalin, de una manera indigna, liquidó la Internacional Comunista en 1943 como gesto de buena voluntad para con los aliados imperialistas durante la Segunda Guerra Mundial.

La que en su día fuera la organización revolucionaria más temida por la burguesía de todo el mundo, se disolvió con el beneplácito de las direcciones estalinizadas de los partidos comunistas. La teoría del socialismo en un solo país enterraba el internacionalismo proletario. El combate por la revolución mundial dio paso a la degeneración en líneas nacional-reformista de los partidos comunistas estalinistas, y muchos de ellos se disolvieron en el periodo posterior a la caída de la URSS.

Clase, partido y dirección

La construcción de una organización internacional revolucionaria tiene una larga historia que se inicia en los tiempos de Marx y Engels con la formación de la Primera Internacional. Una historia de combates, victorias y derrotas, de esclarecimiento político y teórico. La experiencia del movimiento obrero ha puesto de relieve que el agrupamiento de las fuerzas revolucionarias no ha seguido nunca un curso rectilíneo. Al contrario, la organización del partido revolucionario está condicionado por innumerables factores de la lucha de clases que se entrelazan mutuamente y determinan la forma compleja en que se produce el proceso de toma de conciencia de los trabajadores.

Los cambios objetivos en la sociedad nunca se reflejan en la conciencia de la clase obrera de manera inmediata, ni producen conclusiones socialistas automáticas; si eso fuera así hace décadas que habríamos liquidado el capitalismo. A pesar de que la clase obrera es bastante homogénea, consta de diferentes capas que llegan a diferentes conclusiones en momentos diferentes. Pero hay momentos en que sacudidas bruscas y repentinas, que reflejan las contradicciones que se dan en la base material de la sociedad, aceleran este proceso y, dialécticamente, la conciencia se pone a la altura de las grandes tareas de la historia avanzando con botas de siete leguas.

Las experiencias revolucionarias muestran que toda la inercia de décadas de explotación y violencia, de resignación y humillaciones, se convierten en su contrario cuando las contradicciones políticas, sociales y económicas llegan a un punto determinado. No obstante, la victoria no depende sólo de la conciencia socialista de las masas, siendo ésta un factor decisivo e imprescindible. Hace falta algo más, y ése algo más es la existencia de una organización marxista revolucionaria probada, y que haya ganado la confianza y el apoyo consciente de la mayoría de los oprimidos. La victoria revolucionaria es, ante todo, una tarea estratégica.

En un trabajo inconcluso, escrito meses antes de su asesinato, León Trotsky planteaba la cuestión de la relación entre la clase, la conciencia y la dirección revolucionaria:

“(…)  En realidad, la dirección no es, en absoluto, el ‘simple reflejo’ de una clase o el producto de su propia potencia creadora. Una dirección se constituye en el curso de los choques entre las diferentes clases o de las fricciones entre las diversas capas en el seno de una clase determinada. Pero tan pronto como aparece, la dirección se eleva inevitablemente por encima de la clase y por este hecho se arriesga a sufrir la presión y la influencia de las demás clases. El proletariado puede ‘tolerar’ durante bastante tiempo a una dirección que ya ha sufrido una total degeneración interna, pero que no ha tenido la ocasión de manifestarlo en el curso de los grandes acontecimientos. Es necesario un gran choque histórico para revelar de forma aguda, la contradicción que existe entre la dirección y la clase. Los choques históricos más potentes son las guerras y las revoluciones. Por esta razón la clase obrera se encuentra a menudo cogida de sorpresa por la guerra y la revolución. Pero incluso cuando la antigua dirección ha revelado su propia corrupción interna, la clase no puede improvisar inmediatamente una nueva dirección, sobre todo si no ha heredado del período precedente los cuadros revolucionarios sólidos, capaces de aprovechar el derrumbamiento del viejo partido dirigente” .

La historia del movimiento obrero consciente ha probado la corrección del análisis de Trotsky: no se puede improvisar el partido revolucionario en vísperas de una lucha decisiva. Esta sigue siendo la tarea más urgente y necesaria a 100 años de la fundación de la Internacional Comunista.

Juan Ignacio Ramos

Marzo 2019

NOTAS

[1] Citado en Los cinco primeros años de la Internacional Comunista, Editorial Pluma, Buenos Aires, 1974.

2 V. I. Lenin, La Internacional Comunista y su lugar en la historia (En defensa de la Revolución de Octubre, Fundación Federico Engels, Madrid 2007).

3 V. I. Lenin, La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo.FFE Madrid 2015, pp 72-73.

4 V. I. Lenin, Discurso acerca del ingreso en el Partido Laborista británico, 6 de agosto de 1920.

5 Ted Grant, Rusia de la revolución a la contrarrevolución, Fundación Federico Engels, Madrid, 1997, p 84.

Ibíd., p 104.

Ibíd., p 78.

Ibíd., p 109-10.

La revolución traicionada es un clásico del marxismo. Existe edición de la FUNDACIÓN FEDERICO ENGELS

[1]0 En 1923, la ocupación de la cuenca del Ruhr por parte del ejército francés provocó una nueva crisis revolucionaria. La respuesta de los trabajadores alemanes fue magnífica: se organizaron grandes huelgas de masas y emergió un potente movimiento de delegados de fábricas. Los obreros alemanes giraron hacia los comunistas, que ganaron la mayoría en numerosos sindicatos. También se empezaron a formar brigadas armadas. El Partido Socialdemócrata estaba desorientado y la burguesía profundamente dividida. Era el momento de una estrategia clara para tomar el poder. Pero cuando se requería la iniciativa y la decisión práctica de la dirección revolucionaria para empujar el movimiento hacia la victoria, el Partido Comunista Alemán (KPD) se mostró incapaz de asumir sus tareas. Por su parte, los consejos de los dirigentes de la Tercera Internacional implicados en el seguimiento de los acontecimientos en Alemania, Stalin y Zinóviev, a favor de parar la acción revolucionaria fueron completamente desastrosos: los trabajadores alemanes sufrieron la tercera derrota en tan sólo cinco años.

1[1] León Trotsky, Clase partido y dirección, por qué ha sido vencido el proletariado español, en Escritos sobre la revolución española (1930-1939), Fundación Federico Engels, Madrid, 2010.

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