Inicio Economía Entrevista al economista chileno Rafael Kríes “La humanidad como rehén”

Entrevista al economista chileno Rafael Kríes “La humanidad como rehén”

192
0
Compartir

Por Alejandro Bruzual | 27/06/2020

Rebelión

Conocí a Rafael Kríes hace más de treinta años. Intelectual chileno surgido del partido de Salvador Allende, en los años sesenta.

Uno de los teóricos más relevantes de los cordones industriales en Santiago de Chile, cuando realizaba estudios de ingeniería. Fue líder del cordón Vicuña Mackenna. El ejército desleal lo persiguió desde el primer momento del golpe.

Casi por casualidad, en medio del caos del terror pinochetista, logró asilarse en la embajada venezolana. En Caracas, se graduó de economista, pero de manera demasiado extraña, sufrió una fuerte intoxicación por causas que nunca llegaron a ser precisadas. Gracias a una fortuita ayuda de los sindicatos alemanes y amigos de ese país logró ser atendido en Frankfurt, mientras completaba su doctorado en Ciencias Políticas.

Siempre organizador de grupos políticos y de análisis en pos de la acción de masas, auto definido como “consejista”, volvió años más tarde a Venezuela, donde se integró al debate intelectual posterior al Caracaso. Colaboré con él en un pasquín que dirigía, titulado Kronos,que tuvo alguna influencia durante el segundo mandato de Rafael Caldera. En pleno chavismo, fue acosado por grupos de poder a los cuales había acusado de gestores del narco-periodismo, y fue tildado de sionista, comunista, fascista, miembro de la CIA.

Finalmente, volvió a Chile una vez caído el dictador, enfrentándose al control oligárquico. Su posición crítica y alerta lo ha alejado de los partidos anquilosados, encontrado eco en jóvenes estudiantes universitarios y militantes, formándose un escenario en el cual adelanta su trabajo de reflexión. Entre sus escritos se encuentra La crisis perfecta (Santiago de Chile: ed, privada, 2007- 2011).

—-

AB Desde hace más de una década, usted viene advirtiendo la crisis estructural del capitalismo, que califica de «perfecta», lo que le da título a su libro. ¿Cómo se inscribe en ella la emergencia sanitaria mundial?

RK Hace algunos años adelanté la idea de que la crisis mundial no sería una simple coincidencia de procesos, sino la expresión inminente e inevitable del derrumbe de la síntesis social que había servido de base a la modernidad. Una síntesis sostenida por el fetichismo mercantil y el poder de fuerzas sociales favorables a su reproducción, la cual estaba encontrando cada vez más dificultades para su mantenimiento como eje rector, arrastrando a la humanidad a un período, no sólo de cambio paradigmático, sino epistémico y social. Esa situación de decadencia hacía ilusorias todas las propuestas de sostenibilidad que se ofrecían.

El derrumbe de esa relación central ordenadora, en esta sociedad globalizada, se evidencia en el hecho de que las mercancías han perdido progresivamente su referencia al valor y trabajo social en ellas contenido. Como consecuencia, la verdad, en tanto aspiración e interrogante, dejó de ser relevante para los grupos que ejercen el dominio, por lo cual la precariedad de pensamiento sólo denotaba el agotamiento de un orden objetivo, que pretendía ser eterno. 

A su vez, los análisis de la descomposición de esta forma social, la modernidad, no daban respuesta a esa problemática, sino constataban su derrumbe. Las bases de esta sociedad globalizada estaban carcomidas por una debilidad que respondía a la difuminación y descentramiento de lo que había sido su esencia: la forma del valor como manera de entender la realidad.

Ha habido un salto al vacío del sujeto social, un dispositivo autómata que denominamos “capital”, cuya voracidad ha potenciado los mercados financieros con su voluntad de transformar todo en dinero. La sobreacumulación que expresa el capital ficticio, no es un problema financiero, burbujas más o burbujas menos, sino la evidencia de que al sobrepasar sus límites internos, la valoración como regla de relacionamiento conduce a una expansión que va más allá de los límites de toda capacidad de resilencia del planeta, y probablemente de los seres humanos.

Contaminación, crisis financiera, desempleo estructural, epidemias, destrucción del medio ambiente, descomposición política social y de los estados-naciones, sobrepoblación y su control en campos de concentración, con su eventual exterminio, se diagnosticaban y proyectaban en diversos análisis, ya en esa época.

El derrumbe climático, las amenazas de estanflación, el default de la deuda soberana, la precarización de la vida eran ya evidentes a fines del siglo XX. Marx había adelantado que el General Intellect podía convertirse en una nueva fuerza productiva al madurar el sistema capitalista, convirtiendo nuestra capacidad mental colectiva en un dispositivo de su reproducción. Hoy eso es visible no sólo en la revolución de las comunicaciones, sino en su ampliación a fuerza destructiva con la Big Data, las redes oscuras, la robotización militar, etc.

Parafraseando los Manuscritos de 1844, cuanto más se produce bajo esta forma de vida, más hambre, desigualdad y destrucción se genera. La estructura económica de inicios del siglo XXI avanzó a una nueva crisis bursátil, cuya resolución sentó las bases estructurales de la futura crisis monetaria, que va afectando desde ya la vida y la riqueza de países enteros. Es entonces cuando irrumpió el COVID19, agravando la situación.

Hoy es evidente el derrumbe de diversos estados nacionales, declarados como no viables por las potencias imperiales, por ser incapaces de asegurar una norma de relacionamiento de sus mercados internos con la acumulación a escala global. Es lo que vemos en África y Medio Oriente, mañana lo será en nuestra América Latina.

AB No obstante circulan reflexiones de conocidos pensadores y filósofos, creo percibir que no se ha logrado explicar el sentido pleno de esta crisis y su perspectiva futura, que parece esconder el problema civilizatorio y no resumirlo. Soy pesimista, porque pienso que vamos a una profundización de las diferencias globales, y las amenazas de destrucción del mundo pasan a incorporarse a “esta” crisis, como una praxis aberrada que recompone el neoliberalismo y no que lo supera.

RK Discrepo particularmente con dos visiones al uso. La del coreano Byung Chul Han, quien piensa que el capitalismo, después de estas sucesivas crisis, resurgirá, como en el pasado, cual Ave Fénix de sus cenizas. La segunda es la visión del esloveno Slavoj Žižek, quien describe este derrumbe como abriendo puertas a un comunismo sans phrase. La primera reitera las visiones de Hegel o Alfred Schumpeter, la segunda repite el voluntarismo estalinista o maximalista. El sistema pudiese sobrevivir si el problema que lo descompensa surgiera de las fuerzas y relaciones que determinan las ganancias, y no de la valorización misma.

Si fuese un problema de las ganancias, ello haría posible una recuperación con un mero cambio de hegemonía y el reordenamiento monetario, de mercancías y mercados, desde luego con graves costos humanos y para el planeta. Pero la caída de la tasa de ganancias sólo expresa el problema. Es el termómetro, pero no la enfermedad.

La segunda visión, característica de un segmento de la vieja izquierda, deja de lado los elementos estructurales de la actual episteme, los cuales se sostendrán en cualquier transición: la occisión ritual y la voluntad de dominio. Imaginan una transformación construida sólo sobre la toma de consciencia, sin valorar los elementos inconscientes de las estructuras de dominio.

Otros pensadores han advertido la persistencia, en los procesos históricos, de ciertas formas, dispositivos y relaciones que juegan aún un rol de pilares en las sociedades estratificadas y de clase. Antes de ofrecer la tierra prometida, es necesario librarse de estos fundamentos de resolución de tensiones.

Pero no soy pesimista. Existe una tercera alternativa, tal como la insinúan Gregory Bateson, Freud o Schmied-Kowarzik, la cual es la posibilidad de que otras determinaciones, además de la producción, afecten ese cemento social que se ubica a nivel comunicativo y de género. Ellas dependen, a su vez, de las modalidades que adopte la humanidad para evitar una crisis ambiental profunda, y de mentalidad colectiva, de relaciones, cuyas orillas no son aún visibles.

En Foucault, Derrida o Agamben hay la insistente denuncia respecto a la descarga social e histórica de las tensiones grupales contra los más débiles, así como en el despliegue presente de nuevos dispositivos para su control. Razón tiene Chomsky al advertirnos de los peligros actuales de guerra atómica y la amenaza de religar a la humanidad con distopías diversas, o Moishe Postone al destacar el resurgimiento de un neofacismo cotidiano, incluso de izquierdas.

En realidad, en esta epidemia, la humanidad entera ha sido tomada como rehén por los poderes actuales, para controlar los efectos de un simple virus que podría haber sido enfrentado si funcionaran otras estructuras, compromisos e intereses sociales. Hasta ahora, las grandes potencias y los Estados han mostrado su incapacidad para combatir y aislar el virus, pero sí han asegurado los mecanismos que centralmente los protegen como sistema, así como a sus grupos dirigentes.

La crisis actual tiene dinámicas destructivas confluyentes, tanto en el ámbito mundial como en el nacional, así como a niveles epidemiológico, ambiental, económico, financiero y productivo. Es a esto lo que he llamado “la crisis perfecta”, la cual obligará a la humanidad a cambiar de rumbo. Tengo grandes esperanzas en las luchas de género y en ese fenómeno, diagonal a la humanidad, de responder con solidaridad a los problemas climáticos y a la epidemia actual.

AB ¿No se está provocando, más bien, una suerte de malthusianismo instrumentalizado? Ya se está instalando el virus –seguramente, para quedarse– en los países más pobres del planeta, que tenían ya una crisis sanitaria previa y estructural, producto de la precariedad social y económica. África fue el modelo de permanencia para el SIDA, y el resultado de una deshumanizada y culpable actitud ante el sufrimiento. Ya se sabe por dónde se reducirá la carga de la población mundial, y no hay ofrecimiento alguno de distribución gratuita generalizada de la posible vacuna; ni siquiera se concreta una dilación en el pago de las ingentes e injustas deudas nacionales de esos países.

RK Cada vez que la demanda se atrasa en relación a la oferta, las fuerzas e instituciones del sistema procuran culpar de ese desequilibrio –que evidencia los límites del mecanismo de reproducción capitalista–, a sectores internos o externos al mercado, en peligro de derrumbe o recesión, los cuales amenazarían su ordenamiento. Ello adopta generalmente tintes raciales, y señala cómo ese mecanismo, prexistente al capitalismo, está inscrito en la estructura de la nueva episteme que surge en Europa en el siglo XV. El capitalismo, aunque tenga una direccionalidad dada por la abstracción del valor, es también una síntesis de procesos.

No se podría entender la violencia de la conquista europea de América y la casi extinción de su población nativa, la malignidad de los esfuerzos de exterminio del pueblo judío por los nazi fascistas, ni la espontánea y amplia difusión de sus prejuicios raciales, xenófobos y anti-LGBTI si no estuviera presente, en la propia forma del intercambio mediante el valor, una tendencia a destruir diferencias, a estandarizar y disciplinar a la comunidad humana, a transformarnos en objetos indistintos para el dominio y el mercado. Pero una cosa es la abstracción del valor y otra la simultánea voluntad de dominio que lo impregna. ¿Cómo aproximarnos a nuestra historia regional o local sin advertir los sesgos imperiales, etnográficos y de pertenencia que le dieron sentido a los grupos que se expandieron en el capitalismo temprano sobre Indoamérica y África?

¿Cómo enriquecer nuestras luchas globales contra el sistema sin levantar particularismos de corto aliento? Foucault mostró cómo la primera época del capitalismo estuvo impregnada no sólo de contradicciones de clase sino de racismo. Desde luego, la estandarización y la abstracción del valor han transformado su ámbito de aplicación, pero las luchas raciales no están en absoluto superadas. Probablemente interactúen con la ritualidad inconsciente en buscar un chivo expiatorio de un grupo mayoritario intimidado y vencido, canalizando su frustración hacia grandes holocaustos, como lo fueron, en el siglo XX, para los alemanes, turcos o hutus, la masacre de los judíos, los armenios o los tutsis.

AB ¿Cómo ve el desencuentro manifiesto dentro del mundo industrializado en el manejo de la crisis? ¿Qué podemos ver a través de esto del futuro que se avecina?

RK La carencia de acuerdos, programas y mecanismos de manejo de la epidemia se reiterará en la crisis económica, financiera y productiva que se nos viene encima en los próximos meses. El mundo industrializado está ante dos graves problemas. El primero es la eventualidad de una crisis en el dispositivo mismo de intercambio, lo cual no tiene resolución de corto o mediano plazo. El segundo, es una pugna por la hegemonía económica, tecnológica y política que deberá resolverse cuanto antes, so pena de graves conflictos.

Si la ONU reacciona a la actual incapacidad manifiesta del FMI, para convocar acuerdos en ese plano, la economía podrá seguir funcionando, aunque con graves dificultades y desequilibrios. Habrá recesión y empobrecimiento, pero existirán islas y mecanismos de normalidad. Sin embargo, tanto el crecimiento sistémico como el de las deudas soberanas no tienen solución en el actual marco de relaciones, lo cual es un grave peligro para la contracción en ciernes. Esta crisis, al abarcar no sólo la estructura de producción, sino también del entorno, afectará inevitablemente las formas de dominio y los mecanismos de control cultural de las multitudes.

La reproducción sistémica es la que está en juego, pero ella se despliega en varios planos, como se hace evidente en los temas de la cultura y la episteme. Hoy el Fake-news es moneda dura, como lo irá siendo el Big Data en el derrumbe previsible de las democracias representativas. ¿Cómo evitarlo y luchar en contra de esas tendencias totalitarias? Es un problema que hay que incluir en el debate y la acción política.

Alejandro Bruzual es PhD en Literaturas Latinoamericanas de la Universidad de Pittsburgh, Pensilvania. Poeta, ensayista musical y literario, tiene más de veinte publicaciones. Es actual presidente de la Sociedad Venezolana de Musicología e investigador de planta del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), en Caracas.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here