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EL DÍA EN QUE LA URSS PRESIONÓ A ALLENDE PARA EVITAR LA PUBLICACIÓN EN CHILE DE «LA REVOLUCIÓN RUSA» DE TROTSKY

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Interferencia.cl

por Andrés Almeida

Afines de mayo de 1972 salieron de los talleres del barrio Bellavista en dirección a distintas librerías del país varios camiones con parte de los 8.000 ejemplares de dos voluminosos tomos de Historia de la Revolución Rusa de León Trotsky, una obra editada e impresa por Quimantú, la editorial estatal creada por el gobierno de Salvador Allende al principio de su mandato, con el propósito de dar cuerpo al proyecto cultural de la Unidad Popular (UP).

No fue un viaje como cualquiera, pues representó la derrota y el triunfo de dos fuerzas políticas afines a la UP que se enfrentaron con denuedo en la batalla política más importante que se dio al interior de la editorial. Unos buscaban evitar a toda costa la llegada de la palabra de Trotsky al público chileno con el timbre de la editorial del Estado, y -otros- tenían el propósito opuesto. 

Se trató de las fuerzas comunistas presentes en Quimantú, lideradas por Joaquín Gutiérrez, un reconocido editor, escritor e intelectual costarricense a cargo de la División Editorial. Y de las fuerzas de varios grupos socialistas y del Mapu, que se alinearon con Alejandro Chelén, quien estaba a cargo del Departamento de Ediciones Especiales dentro de la División Editorial (es decir, libros que no fueran literatura; lo que hoy llamaríamos no-ficción) y quien llevó la explosiva propuesta a los distintos comités de Quimantú hacia fines de 1971, unos seis meses antes de que el libro saliera a la luz.

¿Qué hizo prevalecer la propuesta de Chelén, pese a que estaba por debajo en el organigrama respecto de Gutiérrez? ¿Cuáles fueron los obstáculos a los que se enfrentó la publicación de La Revolución Rusa, lo que incluye la aparición del embajador soviético Aleksandr Básov en la escena de La Moneda? 

El sóviet de los editores

A diferencia de lo que se puede pensar de buenas a primeras, el proceso de decisión de qué publicar y no publicar en Quimantú no se reducía a la simple discusión de la mesa de un comité, y mucho menos a la decisión solitaria de alguna autoridad de la editorial o incluso del gobierno de la UP.

Quimantú en ese entonces era una empresa del Estado, producto de la compra y traspaso al área de propiedad social de Zig- Zag, al principio del gobierno de Salvador Allende, pero era autónoma en su administración y también en su financiamiento.

Su estructura, en tanto, respondía a una lógica de administración política entregada a las fuerzas de los partidos que componían la UP, con pesos y contrapesos cuidadosamente distribuidos principalmente entre el Partido Socialista (PS) y el Partido Comunista (PC). 

De tal modo, su gerente general y cabeza, era Sergio Maurín, un economista y socialista de confianza de Jorge Arrate (quien inicialmente estuvo a cargo del proceso de compra), mientras que el director de la división más importante (la Editorial) era Joaquín Gutiérrez, comunista.

Las otras divisiones; Publicaciones Educativas e Infantiles, Publicaciones Periodísticas (revistas), Finanzas y Comercial, Administrativa y Técnica (talleres), fueron también cuidadosamente distribuidas entre socialistas, comunistas, militantes del Mapu, radicales e independientes.

A su vez, la División Editorial también tenía un balance en su interior. Ahí estaban los departamentos de Libros, a cargo de Luciano Rodrigo, quien fue presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Valparaíso, del Mapu (y anteriormente Tomás Moulian), y el de Ediciones Especiales, bajo Alejandro Chelén del Partido Socialista (PS).

Para ahondar en el juego de balances, cada departamento de la División Editorial, tenía -a su vez- un comité editorial propio, en el que se tomaban las decisiones de manera colegiada, por mayoría, habiendo en ellos representantes del PS, el PC y el Mapu.

De tal modo, cualquier proyecto debía ser aprobado por el comité editorial correspondiente y, luego, por el Comité Ejecutivo, el que encabezaba Maurín, y que reunía a los cinco directores de división más relevantes, más cinco representantes de los trabajadores, elegidos democráticamente, a su vez, en un juego de alta competencia entre los partidos de la UP. 

Además, todas esas votaciones eran detenidamente observadas por asesores y comités de lectores, que no votaban, pero sí influían fuertemente en la discusión. Destacan entre ellos importantes figuras de amplio peso cultural y político, como Alfonso Calderón, quien más influía, Antonio Skármeta y Floridor Pérez.

Luego de aquello, cada proyecto entraba en deliberación aguas abajo, en los distintos comités de producción.

“Todo se discutía y pasaba por cada comité de producción, donde las cosas se aceleraban o se detenían según el color político. Por ejemplo -cuenta Arturo Navarro, en ese entonces Mapu, y hoy director del Centro Cultural Estación Mapocho- el comité de la sección de corrección de prueba, dominado por los comunistas, se negó a revisar el texto, y tuvieron que terminar haciéndolo unos socialistas y otros del Mapu”. 

Quien esté familiarizado con la Revolución Rusa -justamente el tema del libro de Trotsky- no podrá dejar de notar las semejanzas del proceso de Quimantú con la primera hora de dicho hecho histórico que marcó el siglo 20

Quien esté familiarizado con la Revolución Rusa -justamente el tema del libro de Trotsky- no podrá dejar de notar las semejanzas del proceso de Quimantú con la primera hora de dicho hecho histórico que marcó el siglo 20; cuándo las fuerzas revolucionarias se tomaron el poder y los centros de producción fueron administrados en sóviets que admitían la deliberación democrática entre las distintas fuerzas revolucionarias, lo que muchas veces llevó a fuertes y graves conflictos internos.

Así, en ese ambiente, y con un Chile también en una etapa potencialmente revolucionaria, se produjo la discusión acerca de si Trotsky merecía ser editado por la Quimantú de la Unidad Popular. 

Y fue una batalla ideológica de grandes proporciones. 

La instancia decisiva no fue en el Comité Ejecutivo, como podría pensarse. De hecho, el momento clave estuvo antes, en la votación del comité editorial del departamento de Chelén, en el cual el disputado voto de Leonardo Castillo (Mapu) inclinó la balanza hacia el socialista. Esto, luego de que el partido de Castillo se decidiese por seguir a Chelén y no a Gutiérrez. “Ahí fue clave la opinión de Jaime Maureira, director de Finanzas y líder del Mapu en Quimantú”, recuerda Navarro.

Hoy los protagonistas de la historia que todavía están vivos no recuerdan los detalles de la discusión, pero sí la intensidad de la disputa. Tal vez las escenas más dramáticas sí se vivieron en el Comité Ejecutivo, en el quinto piso de la editorial, donde los trabajadores de Quimantú presenciaron tres jornadas de acalorada discusión, que concluyeron con Chelén triunfante.

“La verdad es que en el Comité Ejecutivo los socialistas ya tenían los votos, pues, se habían alineado y contaban con los Mapu, y entre los cinco representantes de los trabajadores había más socialistas que comunistas”, recuerda Navarro. Pero, la discusión había que darla.

Respecto a la intensidad de la confrontación, hay una anécdota que varios testigos favorables a Chelén escucharon hablar, la que -pese a no haber podido ser confirmada- tiene valor incluso como leyenda, pues muestra el drama: una vez que La Revolución Rusa rompió todos los diques puestos por los comunistas en los distintos comités, y el libro estaba recién impreso en los talleres, varios partidarios de su publicación habrían montado guardia ahí para evitar que un supuesto piquete de comunistas finalmente bloqueara la salida. 

No fue así, y los camiones de Quimantú salieron con las palabras de Trotsky hacia las librerías. 8.000 ejemplares por cada tomo, 1.337 páginas en total, que se vendieron como pan caliente, al punto que hubo una segunda edición de 15.000 ejemplares al mes siguiente, en junio de 1972.

‘Historia de la Revolución Rusa, Tomo 2’ de Trotsky, editado por Quimantú

¿Por qué Trotsky?

Al asumir Salvador Allende en 1970, Lev Davídovich Bronstein, más conocido por su nombre de revolucionario como León Trotsky, llevaba muerto 30 años desde que fue asesinado por un agente especial, por encargo de Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin. A la fecha de la asunción de Allende, Stalin llevaba enterrado 17 años. 

Desde la muerte de Trotsky, la Unión Soviética ganó la Segunda Guerra Mundial, desarrolló la bomba atómica y se convirtió en una superpotencia. Desde la muerte de Stalin, el país confirmó su estatus enviando el Sputnik al espacio, y luego al primer ser vivo -la perra Laika- y al primer ser humano; el cosmonauta Yuri Gagarin. 

Pero también luego de la muerte de Stalin, en su cama, la sociedad soviética se vio conmocionada por el proceso de desestalinización, mediante el cual se denunciaron los crímenes masivos que hoy pesan sobre el autócrata, quien accedió paso a paso al poder total y personal desde la muerte de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, en 1924. Esto, hasta consolidarlo completamente hacia fines de la década del 30 a través de procesos judiciales -farsas de grandes proporciones- contra los ex poderosos miembros del Polit Buró con que gobernó Lenin colegiadamente; Lev Kámenev, Grigori Zinóviev, Nikolái Bujarin, entre otros, quienes fueron fusilados entre 1936 y 1938, y cuyo corolario fue el asesinato de Trotsky -el gran rival de Stalin, pese al exilio- en Ciudad de México, el 21 de agosto de 1940.

De tal modo, con la desestalinización, parecía haber pasado bastante agua bajo el puente como para que en Chile se experimentara un rebrote de la vieja pugna entre Trotsky y Stalin. Pero los vientos revolucionarios que soplaban en Chile estaban destinados a revivir las ideas del derrotado, quien fue un protagonista indiscutido de la Revolución Rusa, y quien escribió su Historia, entre muchos otros escritos.

Probablemente las dos ideas más cáusticas de Trotsky para el momento chileno fueron su tesis de la Revolución Permanente y la Teoría de la Sustitución. 

La Revolución Permanente postulaba a que la Revolución Rusa nunca se afincaría si es que no lograba extenderse a nivel mundial, primero hacia Europa y luego hacia donde se suscitaran fuerzas revolucionarias, por lo que la Unión Soviética tenía que promover los partidos revolucionarios europeos para que desde las dinámicas internas de sus países emergieran procesos revolucionarios propios y autónomos respecto de la Unión Soviética. 

Esta idea tenía redoblada fuerza en Chile, dada la irrupción en escena de la Revolución Cubana, que hacía imaginable una ola insurgente en Chile y América Latina. Idea que, paradojalmente, pese a que Cuba estaba bajo la órbita socialista, era contraria a los planteamientos de la Unión Soviética de ese entonces, la cual respetaba que la región fuera área de influencia de Estados Unidos. Algo que tiene su origen en la contra-tesis de Stalin, quien planteó que era posible desarrollar el socialismo en un solo país, y pactar con las potencias capitalistas para lograrlo.

En tanto, la Teoría de la Sustitución es una idea con que muy tempranamente Trotsky advirtió a Lenin de los peligros de que el Partido Bolchevique sustituyera al proletariado al intentar gobernarlo en su nombre. Asimismo, esa teoría podía extremarse, tal como sucedió, al ser sustituido el Partido por su Comité Central, el Comité Central por su Polit Buró, el Polit Buró por la facción estalinista, y la facción estalinista por Stalin.

El resultado de lo anterior fue inevitablemente el fin de la llamada democracia soviética, en la que se respetaba la deliberación y las mayorías de todas las fuerzas revolucionarias, entre la que se encontraban los bolcheviques junto a varios otros grupos, como los mencheviques. Fue incluso también el fin de la democracia bolchevique, que surgió cuando esa facción logró con Lenin el control completo del Estado, permitiendo el juego democrático solo entre quienes alcanzaran el estatus de militante del Partido, mediante rigurosos procesos de selección ideológica. Esto permitía excluir los elementos burgueses y revolucionarios más disruptivos, pero a la vez dotaba de grados importantes de deliberación en un vibrante y complejo escenario partidista. 

Esa democracia bolchevique defendida así por Trotsky cobraba sentido en Chile en el afán de gobernar las fuerzas de izquierda, dadas su diversidad y sus impulsos centrífugos, pero era algo que -al parecer- causaba también recelo entre los comunistas chilenos.

En la experiencia histórica soviética -según Isaac Deutscher, el principal biógrafo de Stalin y Trotsky- en la tensión entre democracia y control, siempre salió favorecido el control, incluso en la época de Lenin, con la aprobación, en no pocas ocasiones, de Trotsky, quien de todos modos defendía la idea de mantener esa democracia soviética y evitar el control unipersonal del Partido.

Esta inclinación al control -explica Deutscher- se daba porque, al ser el Partido Bolchevique la única instancia de deliberación, todas las fuerzas políticas naturales tendían a empujar a entrar en él, y partirlo en facciones y desviarlo ideológicamente, lo que lo debilitaba, y lo que obligaba a quienes detentaban el liderazgo en su interior, a constantes purgas con tal de retenerlo.

Esa democracia bolchevique defendida así por Trotsky cobraba sentido en Chile en el afán de gobernar las fuerzas de izquierda, dadas su diversidad y sus impulsos centrífugos, pero era algo que -al parecer- causaba también recelo entre los comunistas chilenos, quienes no se habían desestalinizado del todo, y quienes privilegiaban el orden y la conducción, como valores del proceso chileno.

El cripto-trotskismo en la UP y en Quimantú

Es poco lo que se ha escrito sobre el trotskismo en Chile, pero un buen artículo que recopila la información disponible es de Revista Herramienta de Argentina, donde Marco Álvarez Vergara busca empalmar la historia temprana de los movimientos trotskistas chilenos, con la fundación y desarrollo del MIR.

De tal modo, en Chile siempre hubo corrientes trotskistas desde la década del 20, cuando se creó en el país la Izquierda Comunista, como reflejo de la Oposición que comandó Trotsky contra Stalin, inmediatamente luego de la muerte de Lenin y luego de producida la alianza anti-Trotsky entre Stalin, Kámenev y Zinóviev en el Polit Buró.

“Una vez que ya estaba publicada La Revolución Rusa en librerías, me contactó Pascal Allende, quien me pidió que le vendiéramos 50 ejemplares de cada tomo para repartir en el MIR, lo que excedía con creces su comité central”, Pablo Dittborn. 

Luego, las fuerzas trotskistas chilenas en los 30 recalaron en el Partido Socialista y en otros partidos propios de breve existencia, donde pasaron el largo invierno estalinista, hasta que la fundación del MIR en 1965 les dio nuevo brío -al calor de la Revolución Cubana de 1959- donde comenzaron a entrar hasta generar una corriente propia.

El vínculo entre el MIR y el troskismo tiene un antecedente también inédito; lo cuenta Pablo Dittborn, editor y ex dueño de The Clinic, quien se desempeñaba en el área comercial de Quimantú en ese entonces: “Una vez que ya estaba publicada La Revolución Rusa en librerías, me contactó Pascal Allende, quien me pidió que le vendiéramos 50 ejemplares de cada tomo para repartir en el MIR, lo que excedía con creces su comité central”. 

Así y todo, son pocas las figuras trotskistas reconocidas en Chile, como el doctor Enrique Sepúlveda, fundador del Partido Obrero Revolucionario o el historiador argentino Luis Vitale. Pero, no son tan pocos quienes adhirieron a sus planteamientos y todavía son más, quienes siguieron ideas de Trotsky sin sostener militancia en las distintas corrientes trotskistas.

Alejandro Chelén Rojas -minero, periodista e intelectual autodidacta, y ex senador socialista- fue uno de estos últimos; un reconocido simpatizante del viejo revolucionario ruso.

Si bien varias fuentes consultadas en este reportaje consideran que Chelén era derechamente trotskista, sus familiares lo descartan de plano. 

Según Sergio Maurín -quien sería su yerno y quien entonces era su jefe en Quimantú- Chelén “era admirador de Trotsky, pero tenía profundas diferencias con la 4° Internacional”, dice, en relación a la instancia que fundó el revolucionario ruso en el exilio para intentar dar bríos a un comunismo anti estalinista a nivel mundial, la que luego fue continuada sin mayor éxito por sus seguidores.

De hecho, destaca Maurín, en el prólogo de La Revolución Rusa de Quimantú se afirma: “Sus libros [los de Trotsky] prácticamente dejaron de editarse durante la Segunda Guerra, para después comenzar a tomar un auge cada vez mayor. La guerra también puso un paréntesis entre Trotsky y el trotskismo, que no son la misma cosa”. Como se pude observar, el texto diferencia al revolucionario de sus seguidores, lo que habría sido petición expresa de Chelén, y no algo que haya nacido de los prologuistas; Tito Drago y Gabriel Smirnow, quienes, según distintas fuentes para este reportaje, también eran admiradores de Trotsky.

Danton Chelén, hijo de Alejandro Chelén, por su parte, también niega que su padre haya militado en las filas del trotskismo, pese a que reconoce que admiraba personalmente al viejo revolucionario.

Según Danton, “la acusación, entre comillas, de trotskismo se debía a los compañeros comunistas, que buscaban impedir la publicación del libro”. 

Al respecto, el hijo de Chelén narra una anécdota decidora: “Una vez mi papá en una campaña se encontró con un trabajador comunista que despotricaba contra Trotsky, que era el enemigo público número uno, y que los troskos aquí y que los troskos allá, dentro de los cuales está este señor Chelén… Mi papá le extendió la mano y le dijo, ‘mucho gusto, antes de que siga, yo soy Alejandro Chelén’. Ante eso, el trabajador comunista se deshizo en disculpas y le dijo a mi papá: ‘usted no tiene nada que ver con lo que me han pintado’”.

Maurín -por su parte- recuerda el origen de la idea de publicar, por su relación con quien sería posteriormente su suegro. Según el gerente general de Quimantú de entonces, Chelén llegó a la editorial por el cupo socialista para hacer el contrapeso intelectual a Joaquín Gutiérrez. “A su haber, Alejandro tenía una proverbial biblioteca, muy útil por lo demás para la labor editorial, desde donde se sacaron muchos libros editados a partir de los ejemplares tomados de ahí”, cuenta Maurín.

Uno de esos libros era Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, editada por la editorial Tilcara de Buenos Aires de 1962, la cual se basa -a su vez- en la traducción del ruso de Andrés Nin, para la edición de Cenit de Madrid de 1932, de la cual se extrajo su contenido para la edición de Quimantú. “Un día llegó con el libro y propuso publicarlo”, cuenta Maurín, con lo que se inició todo este entuerto.

Los paraguas de Moscú

Un viejo dicho de los tiempos de la Guerra Fría en Chile dice que “cuando llueve en Moscú, los comunistas chilenos sacan los paraguas”. La expresión ironiza respecto de la supeditación de las políticas del Partido Comunista de Chile a los designios de la Unión Soviética.

Más allá de la exageración, el adagio tuvo correlato en Quimantú. Esto a la luz de un nuevo antecedente de esta historia que había permanecido inédito hasta hoy. 

Durante el periodo de la gran pugna por la edición de La Revolución Rusa en la editorial, el embajador soviético, Aleksandr Básov -un hombre relevante en Moscú, quien asumió la representación soviética en Chile tras el triunfo de Salvador Allende, luego de haber sido ministro del poderoso Ministerio de Agricultura de la Unión Soviética- realizó varias gestiones para evitar la publicación del libro de León Trotsky.

La más relevante de todas fue un llamado telefónico que hizo al propio Presidente a La Moneda. “El embajador soviético le hizo ver a Allende que la Unión Soviética consideraría inamistoso que Quimantú sea la primera editorial de algún estado en publicar a Trotsky”, recuerda Sergio Maurín.

Esto lo supo el gerente general de Quimantú de palabra de Jaime Suárez, el ministro socialista de la Secretaría General de Gobierno, y enlace oficial con la empresa. “Allende le dijo al embajador que ese no era un problema de gobierno, que lo debía resolver la editorial, que tenía plena autonomía, con lo que cortó la conversación”, cuenta Maurín que le dijo Suárez, quien -a su vez- escuchó la conversación en La Moneda en presencia de Allende.

La escena es coincidente con otra gestión desconocida por parte de los soviéticos. Cuenta Jaime Gazmuri, en ese entonces secretario general del Mapu, que un día previo a la publicación del libro, Básov le pidió una audiencia.

“El embajador soviético me dijo que su gobierno estaba al tanto de lo que se iba a publicar, y que lo consideraba un gesto inamistoso hacia la Unión Soviética, que era un país cercano al gobierno del presidente Allende. Me dijo también que lo consideraba una agresión, que no comprendían por qué esta iba ser la primera vez en que una editorial de algún Estado iba a publicar una obra de un enemigo de la Unión Soviética”, recuerda Gazmuri.

“El embajador soviético le hizo ver a Allende que la Unión Soviética consideraría inamistoso que Quimantú sea la primera editorial de algún estado en publicar a Trotsky”, Sergio Maurín.

Según el entonces secretario general del Mapu, Básov acudió a su oficina porque esperaba poder revertir los votos de los Mapu de Quimantú en favor de publicar (en particular el voto de Castillo en el comité editorial de Chelén). “Le dije que recogía el reclamo, pero que la editorial tiene una política abierta y que no había censura previa”, dice Gazmuri.

Varios entrevistados coinciden en el carácter abierto y dialogante de Joaquín Gutiérrez, pese a que también varios lo sitúan como simpatizante de Stalin, al haber, por ejemplo, sido invitado personalmente por él a Moscú en los 50. Sin embargo, en lo referente a la publicación de la Revolución Rusa, el costarricense fue inflexible.

Según recuerda Maurín, los comunistas “se opusieron tenazmente a la edición del libro e incluso hacia el final lucharon desesperadamente, lo que les significó una derrota política muy grande, pues se produjo un vuelco hacia los socialistas”.

Danton Chelén, por su parte, quien en ese entonces militaba en el MIR, considera que Trotsky, a pesar de estar muerto hace 30 años, “seguía siendo un peligro para los comunistas”. Chelén considera que a esa altura el PC chileno, seguía siendo estalinista, “en el sentido de que eran fanáticos del Partido, y ese carácter estalinista es muy poco bolchevique”.

El enconado anti-troskismo soviético posterior a la muerte de Stalin -según interpreta Isaac Deutscher- tiene raíz en que, a su muerte, los dirigentes que le sobrevivieron eran todos estalinistas fervientes, y también sobrevivientes de varias purgas al interior del propio estalinismo. Para sobrevivir era indispensable mostrarse como un enconado enemigo del enemigo número uno de Stalin, quien usó todo su aparato de propaganda para convertir a Trotsky en su némesis, con lo que cuajó una cultura anti-troskista y probablemente también anti-judía, dado el origen de Lev Davídovich Bronstein, alias Trotsky. 

Por otra parte, la desestalinización hecha por dirigentes ayer estalinistas, no podía permitir la acidez de las denuncias de Trotsky de los crímenes de Stalin, pues estas hacían cómplices a todos sus seguidores, por mucho que hoy renegasen de su líder.

Respecto de esta culura anti-troskista y negacionista del estalinismo, tal vez su expresión literaria más elocuente sea la novela del cubano Leonardo Padura, El hombre que amaba los perros (2009), en el que aborda la decepción del socialismo en la Cuba posterior a la desaparición de la Unión Soviética, a través de una narración que entreteje la vida de Trotsky con la de su asesino, Ramón Mercader, un estalinista español fanático, reclutado por los servicios secretos soviéticos para eliminar al rival de Stalin.

Al ser consultada por la historia de la publicación de La Revolución Rusa por parte de Quimantú, Iris Largo Farías, comunista y asistente ejecutiva de Gutiérrez en la editorial, pidió responder por escrito. Esta es su misiva:

Hola Andrés: 

Recién puedo escribirte. La verdad es que no pude encontrar apuntes o algún material escrito de cuando yo trabajé como asistente ejecutiva de Joaquín Gutiérrez, director de la División Editorial de Quimantú.

Tampoco nada de las discusiones que se produjeron en las reuniones del Departamento de Ediciones Especiales dirigido por Alejandro Chelén, a raíz de su proposición de publicar la ‘Historia de la Revolución Rusa’, de León Trotsky. Las diferencias de opinión no eran de índole literaria, por cierto. Eran, más bien políticas e ideológicas, teóricas. Ambos, tanto Alejandro Chelén como Joaquín Gutiérrez, defendían lo que sus respectivos partidos políticos sustentaban en su práctica política e ideológica.

Trabajaba yo junto a Joaquín. Veía cómo quedaba después de cada reunión, escuché, a veces, sus opiniones defendiendo al movimiento revolucionario comunista, al surgimiento y la consolidación del bolchevismo de la Revolución de Octubre, a los logros de la Revolución. Era categórico y apasionado en su posición de comunista, sin sectarismos.

La verdad, estimado Andrés, es que no entiendo mucho el interés por retrotraer una “confrontación” ideológica que en los tiempos actuales que vivimos no tiene mayor significado. Las discusiones habidas en aquella época ayudaron a fortalecer ideológicamente a los participantes; los trabajadores de Quimantú tuvieron el privilegio de vivir una rica experiencia y finalmente el libro fue publicado.

No recuerdo el tiraje ni el éxito de ventas que tuvo este magnífico libro, fundamental en la gesta de la Revolución de Octubre.

Te saludo fraternalmente.

En la tesis de grado de las alumnas del Instituto de Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, Constanza Muñoz, Paula Pérez y Mariana Poblete, titulada Quimantú, el legado perdido (2019), hay una entrevista al académico y crítico, Jaime Concha, quien ingresó a la editorial al equipo de literatura por cupo comunista. 

Respecto de este episodio, Concha tiene un recuerdo diametralmente distinto a todos los demás entrevistados para este artículo. Según el crítico “el problema fue que, como los socialistas estaban dividiéndose un poco, a los más radicales le interesaba meter Trotsky, por la revolución permanente. Nosotros no teníamos mucho que ver, los otros no se oponían tanto, sino que eran los propios socialistas. O sea, era una pugna más bien intrasocialista”, dijo a las tesistas.

Por otro lado, el recuerdo del episodio más polémico de la editorial no está consignado en el libro de la comunista Hilda López, Un sueño llamado Quimantú (2014), en el que la escritora -y quien fuera parte del equipo la revista La Firme de la editorial- consignó sus memorias e impresiones de su paso por el proyecto.

Paulina Elissetche -entonces militante del Mapu- trabajaba en Quimantú en el Departamento de Libros y recuerda que finalmente se impuso la idea de que no era admisible prohibir la publicación, pues además siempre los enemigos políticos de la editorial la criticaron desde su origen por producir una especie de cultura oficial. Resquemores que se alimentaron porque Quimantú no estuvo en el programa de gobierno de Allende cuando fue candidato.

“Había que publicarlo todo, y La Revolución Rusa de Trotsky era importante, era buena. Habíamos ya publicado Los diez días que estremecieron al mundo, de John Reed”, cuenta Elissetche.

Por su lado, Pablo Dittborn, también Mapu, recuerda que el responsable del área comercial, Guillermo Canals, su jefe, dijo: “No entiendo que estén tres días con esta pelea en el 5° piso; ¿Se va a vender sí o no? ¿Sí?, entonces ¡listo!” 

La anécdota es relevante porque Quimantú efectivamente no dependía del gobierno, en parte porque se debía autofinanciar, ni tampoco Allende tenía mucha injerencia. “Allende no debió haber leído a Trotsky -dice Dittborn- por lo que le debe haber estado preocupado que no lo criticaran por eso de tratar de dirigir la cultura, si es que se producía efectivamente la censura”.

“Finalmente -dice Arturo Navarro- Gutiérrez tuvo que aceptar la derrota, pero se negó a aparecer en los créditos del libro, como sucedió en todos los otros libros editados por Quimantú. Es todo lo que pudo hacer”.

Interior primera edición

Rehabilitado en 1992, cuando ya no existía la Unión Soviética

En plena Perestroika, en el año 1988, comenzó un segundo proceso de revisión histórica del periodo revolucionario de la Unión Soviética, como sucedió a la muerte de Stalin. La prensa oficial, tibiamente empezó a reivindicar las figuras de Lev Kámenev, Grigori Zinóviev y Nikolái Bujarin, y a repudiar con mayor encono los episodios más grotescos del estalinismo, como fue el juicio por el asesinato del bolchevique Sérgei Kírov, en que terminaron confesando crímenes inverosímiles Kámenev y Zinóviev, seguramente para salvar al menos la vida de sus familiares.

A Trotsky apenas lo mencionaban, y tal como consigna el diario español El País, en ese entonces la Enciclopedia Soviética no tenía una palabra para quien fuera el principal conductor de la Revolución Rusa en su primer momento-en ausencia de Lenin- y, el jefe y fundador del Ejército Rojo. 

Finalmente, no fue la Unión Soviética la que hizo la rehabilitación de Trotsky, quien estando vivo demostró y entregó elementos de prueba clave de los crímenes de Stalin, sino que lo hizo la Federación Rusa en mayo de 1992, cuando el país de los sóviets había dejado de existir.

Un triste corolario si es que se considera que -según informa su biógrafo Isaac Deutscher- Trotsky, privado de la ciudadanía soviética, siempre defendió la existencia y promovió la defensa de la Unión Soviética, aun cuando a su cabeza haya estado Stalin.

Interior de ‘Historia de la Revolución Rusa’ de Trotsky, editado por Quimantú

Tomado de Interferencia.cl

Reproducido de EL PORTEÑO

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