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El legado del colapso del estalinismo

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Imagen: Tras la caída del muro, Berlín 1989

Socialism Today

por Clive Heemskerk

Reproducido del semanario The Socialist

En diciembre de 2021 se cumple el trigésimo aniversario de la disolución oficial de la URSS. El evento de Socialismo (1) de este año, celebrado en noviembre, incluyó una sesión sobre el legado del colapso de los regímenes estalinistas en Rusia y Europa del Este, presentada por Clive Heemskerk, editor de Socialism Today, la revista mensual del Partido Socialista de Inglaterra y Gales. A continuación, una transcripción editada de su introducción.
Hace 30 años, en la Navidad de 1991, Mijaíl Gorbachov anunció la disolución de la URSS -la «Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas»-, que había sido fundada cinco años después de la revolución de octubre de 1917, en 1922.

El final de la URSS no tuvo la misma imagen icónica que la caída del Muro de Berlín en 1989 o la ejecución del dictador rumano Nicolae Ceausescu. Pero el anuncio de Gorbachov fue la culminación del colapso de los regímenes estalinistas en Europa del Este y la URSS, acontecimientos que abrieron una nueva era y dieron un renovado impulso al capitalismo durante todo un período histórico.

En primer lugar, provocó un desarme ideológico de las organizaciones obreras -tanto de los sindicatos como de sus partidos políticos tradicionales- consolidando la idea de que no había alternativa posible al capitalismo.

Y, en segundo lugar, creó un nuevo orden mundial -la globalización bajo las reglas establecidas por EEUU, incluida la apertura de China- en el que los países del mundo ex-colonial, tanto las masas como las élites de esos países, tampoco veían ya un modelo alternativo de desarrollo económico.

Pero esa era «post-estalinista» está terminando, y los factores que dieron un nuevo impulso al capitalismo se están convirtiendo en su opuesto, abriendo otro nuevo período – de que el sistema muestre una vez más su incapacidad para resolver los problemas de la sociedad (económica, social y ambientalmente también); generando una nueva conciencia de masas sobre la necesidad de una forma diferente de organizar las relaciones humanas; y por lo tanto creando las condiciones para un renacimiento masivo de las ideas socialistas.

Estos temas demuestran que la comprensión del legado del colapso del estalinismo en Rusia y Europa del Este no es sólo una discusión histórica, sino que establece los parámetros para los acontecimientos que se desarrollarán en los próximos años.

La derrota ideológica
Hay una ironía al discutir el legado del colapso del estalinismo en el fin de semana del socialismo, porque para nosotros los regímenes totalitarios estalinistas no eran modelos de socialismo sino una caricatura grotesca.

León Trotsky, en cuyas ideas nos basamos, fue en realidad el primer «disidente» ruso contra el estalinismo, defendiendo los ideales de la revolución de octubre de 1917 que dirigió junto a Vladimir Lenin, contra un régimen encabezado por José Stalin que surgió y luego se consolidó en el poder en la década de 1920, antes de que Trotsky fuera asesinado por un agente de Stalin en 1940.

Trotsky defendió, como nosotros, la revolución de 1917 como el mayor movimiento democrático de la historia, transfiriendo el poder de los terratenientes, los propietarios de las fábricas, los jueces, los funcionarios de élite, los jefes de policía, los jefes del ejército, los propietarios y editores de los medios de comunicación, los directores de las universidades, etc., a comités del pueblo, de trabajadores y campesinos -los soviets-, democratizando todos los aspectos de la vida económica y social.

Pero la revolución tuvo lugar en un país relativamente subdesarrollado, de economía principalmente campesina, con un analfabetismo masivo, que se enfrentaba a la intervención armada de 21 países diferentes, entre ellos Gran Bretaña, que envió tropas a Arcángel, Vladivostok y los yacimientos petrolíferos de Azerbaiyán.

Y como la revolución no se extendió a Occidente -sobre todo a la Alemania económicamente más avanzada, donde se perdieron una serie de oportunidades revolucionarias entre 1918 y 1923-, la participación de las masas en la dirección de la sociedad se vio sometida a una presión constante y fue sustituida cada vez más por el gobierno de la oficialidad, de los administradores, de la burocracia, como la denominó Trotsky, que se consolidó como sistema de gobierno en la década de 1920.

Al principio, con la eliminación de los antiguos propietarios, la dirección estatal de la economía todavía vio cómo se hacían enormes progresos económicos, incluso bajo el gobierno de la burocracia. Hay muchas cifras diferentes, pero incluso la revista Economist, ideológicamente pro-capitalista, en el centenario de la revolución rusa de 1917, señaló que la producción manufacturera en la URSS creció más del 170% de 1928 a 1940 mientras «el resto del mundo se revolcaba en la depresión». (11 de noviembre de 2017)

Pero sin el control de la democracia obrera ni las señales de precios del mercado capitalista, esto se produjo con enormes gastos generales. Así, después de un nuevo impulso en el período que siguió al final de la segunda guerra mundial, la economía comenzó a estancarse, incapaz de incorporar nuevas tecnologías, por ejemplo, o de ser lo suficientemente flexible para satisfacer las nuevas necesidades de los consumidores, y la burocracia pasó de ser una traba relativa a una traba absoluta.

Así pues, lo que fracasó a finales de los años 80 y principios de los 90 no fue la planificación democrática de la economía por parte de la masa de la población, sino la planificación burocrática, descontrolada y vertical de una élite que no debía rendir cuentas. Sin embargo, el colapso de ese sistema -no el socialismo sino el estalinismo- se utilizó para «demostrar» que el socialismo era inviable y que el mercado capitalista era la única forma viable de organizar la sociedad.

Fue una derrota objetiva, ideológicamente, para la clase obrera internacional que condujo a un período de triunfalismo capitalista -un torrente de propaganda sobre el «fin de la historia»- resumido en un titular del Wall Street Journal, «Hemos ganado».

Impacto en la organización de la clase obrera
La primera consecuencia fue el impacto, durante todo un periodo histórico, en la confianza de los trabajadores, incluso los más activos y políticamente conscientes, en la posibilidad del socialismo. Esto tuvo su efecto en la organización de la clase obrera en la década de 1990 -en la combatividad de los sindicatos y los partidos obreros-, ejemplificado en Gran Bretaña como líder de una tendencia internacional con la transformación del laborismo en el Nuevo Laborismo capitalista de Tony Blair.

El Partido Laborista se había formado en 1900 como resultado de que la clase obrera y sus organizaciones entraran en conflicto con los capitalistas y sus representantes políticos en los partidos Conservador y Liberal, y sacaran la conclusión de la necesidad de su propio partido independiente, que a su vez desarrollara su conciencia de clase al reunir a los trabajadores para discutir colectivamente sus diferentes intereses seccionales y su lucha común.

El partido era un «partido obrero capitalista», con una dirección que seguía reflejando la perspectiva de la clase capitalista pero con una base obrera, y una estructura a través de la cual los sindicatos podían moverse para desafiar a la dirección y amenazar los intereses de los capitalistas. Esto significaba que, hasta Blair, los gobiernos laboristas, aunque se toleraban a regañadientes como medio de mantener a la clase obrera bajo control, eran simultáneamente socavados y finalmente derribados por los capitalistas cuando ya no podían cumplir esa tarea.

Ese carácter dual del partido significó que cuando -en 1960- el líder laborista de derechas Hugh Gaitskell trató de abolir la Cláusula Cuarta socialista de los estatutos laboristas adoptados en 1918 para «la propiedad común de los medios de producción, distribución e intercambio», se encontró con una tormenta de protestas en las organizaciones de trabajadores.

Incluso Harold Wilson, que llegó a ser primer ministro en 1964, se opuso a la medida, diciendo en aquel momento que «la nacionalización es para el socialismo lo que el Génesis es para la Biblia: es la apertura fundamental». Por su parte, Michael Foot, que más tarde se convertiría en líder laborista en 1980, dijo: «Nos guste o no, uno de los acontecimientos más espectaculares de nuestra época es el éxito comparativo del sistema económico comunista».

Contrasta eso con 35 años más tarde, en 1995 -sólo cinco años después de la caída del Muro de Berlín-, cuando Tony Blair fue capaz de sustituir la Cláusula Cuarta por una nueva cláusula de apoyo a la dinámica «de la empresa del mercado y el rigor de la competencia» con apenas un gemido de oposición. Y luego respaldar eso con cambios organizativos reduciendo masivamente el papel de los sindicatos dentro del Partido Laborista, para cambiar su carácter en el Nuevo Laborismo, completamente dominado por el capitalismo.

Ese proceso -de cambio de los partidos obreros en formaciones capitalistas, que era una tendencia internacional- no habría sido posible sin las nuevas condiciones creadas por el colapso del estalinismo.

Nuevo orden mundial
El colapso del estalinismo en Rusia y Europa del Este fue una derrota ideológica, pero tuvo consecuencias materiales al crear un nuevo equilibrio mundial de fuerzas, que ya no estaba conformado por el «choque de sistemas» que había definido el periodo de posguerra después de 1945.

El imperialismo estadounidense había emergido de los escombros de la segunda guerra mundial como la potencia abrumadoramente dominante entre las naciones capitalistas. Pero el otro vencedor fue el estalinismo ruso, con la guerra contra la Alemania nazi ganada de hecho en el frente oriental: Gran Bretaña sufrió 454.000 muertes, militares y civiles, en la Segunda Guerra Mundial, pero la URSS sufrió al menos 20 millones. El prestigio reforzado del estalinismo ruso era especialmente peligroso para el capitalismo como modelo en los antiguos países coloniales, explotados y subdesarrollados por las potencias imperialistas. Pero, en general, suponía un desafío sistémico como sociedad no capitalista.

El miedo que esto generó se reveló en un incidente, que sólo salió a la luz tras la publicación de los documentos del gobierno bajo la regla de confudencialidad por 30 años en 1991. En 1960, el primer ministro ruso Nikita Khrushchev acudió a la ONU y se jactó de que la URSS «alcanzaría y superaría» a Occidente. El entonces primer ministro británico Harold Macmillian envió un memorando al Ministerio de Asuntos Exteriores preguntando: «¿supone usted que esto es cierto?» – a lo que la respuesta fue «Sí», ¡quizás para 1980! En realidad, esto demuestra que no entendían las contradicciones inherentes a una economía planificada sin el control de la democracia obrera, cómo el control de la burocracia significaba que estaba condenada al estancamiento.

Pero ese miedo explica la intervención de EEUU en Corea, en Vietnam, el apoyo a los militares en Pakistán, el intento de derrocar la revolución cubana, etc.

Y también explica el interés común que se creó entre las diferentes potencias capitalistas nacionales, un «pegamento» para parchear sus intereses en conflicto. Ciertamente, las tensiones entre ellas persistieron durante todo el período de la guerra fría -estallando abiertamente en ocasiones-, pero se mantuvieron a raya gracias al control que la propia existencia de los Estados no capitalistas, estalinistas, ejercía sobre el capitalismo mundial.

Este orden internacional terminó con el colapso del estalinismo en Rusia y Europa del Este, dejando a Estados Unidos como la «hiperpotencia» mundial.

Las instituciones internacionales posteriores a 1945 fueron remodeladas en la década de 1990 bajo la dirección de EE.UU. -el GATT, creado en 1947, fue relanzado como Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995, por ejemplo- y bajo los presidentes George HW Bush y luego Bill Clinton se inauguró un «Consenso de Washington» de acceso irrestricto del capital estadounidense a los mercados mundiales -la «globalización»- de modo que el 85% del capital global (en términos reales) de las corporaciones multinacionales del mundo se ha generado después de 1990.

Esto incluyó la apertura de China, que fue admitida en la OMC en 2010, en realidad en términos más estrictos, al menos sobre el papel, que los antiguos estados estalinistas de Europa del Este.

Este fue un período de «capitalismo desatado» -del capitalismo estadounidense en particular- respaldado militarmente: entre 1989 y 2001 Estados Unidos intervino en el extranjero una vez cada 16 meses, con más frecuencia que en cualquier otro período de su historia.

Las cosas se convierten en su contrario
Pero las cosas se convierten en su contrario. La era del «capitalismo desatado» -con el debilitamiento ideológico y organizativo del control que la organización de los trabajadores impone a los capitalistas- vio una explosión de la desigualdad.

La parte de la renta nacional, incluidas las plusvalías, que va a parar al 1% más rico en EEUU se ha duplicado desde 1980, pasando del 10% al 20% (mientras que la parte del 0,01% más rico, 16.000 familias, pasó del 1% al 5%), volviendo a los niveles de desigualdad del siglo XIX. Pero esto no sólo ocurrió en los Estados Unidos. En Gran Bretaña, la participación de los salarios en el producto interior bruto cayó desde un máximo del 65% en 1976 hasta el 53% en 2008.

Sin embargo, la consecuencia de este cambio de poder hacia los capitalistas sobre la clase trabajadora fue debilitar la demanda y profundizar una contradicción fundamental del capitalismo. Como escribió The Economist en 2012, señalando la ironía, «una alta proporción del PIB para los beneficios da lugar a una baja proporción para los salarios y, por tanto, puede acabar siendo autolimitante, un resultado positivamente marxista».

Y las cosas se convirtieron en su contrario en las relaciones mundiales también. Sin el «pegamento» del «choque de sistemas» que empuja a los Estados nacionales capitalistas a unirse, las rivalidades interimperialistas resurgieron y se profundizaron.

Se ha producido una «bloquearización» de la economía mundial, sin que se haya completado una nueva ronda de comercio mundial en veinte años; ahora hay más de 300 acuerdos comerciales regionales, frente a sólo 70 en 1990.

Estados Unidos era, y sigue siendo, la mayor potencia militar, con el 35% del gasto militar mundial. Pero hay nuevos puntos de tensión, sobre todo entre EE.UU. y la creciente potencia mundial que es China, que ha introducido las relaciones capitalistas en su economía en los últimos 30 años, pero bajo la dirección del Estado, y que, por tanto, sigue siendo clasificada oficialmente por la OMC como una «economía sin mercado», que aún no cumple las condiciones de entrada de 2010.

Y la guerra de Irak fue un momento de «extralimitación imperial» por parte de Estados Unidos, que produjo un movimiento global de oposición con posiblemente 30 millones de personas manifestándose en más de 600 ciudades en febrero de 2003, lo que, según el New York Times, demostró que «todavía puede haber dos superpotencias en el planeta: Estados Unidos y la opinión pública mundial».

Aquel movimiento fue en gran medida una marea elemental de protesta: la «superpotencia potencial de la calle» carecía de forma organizada y de objetivos políticos claros. Demostró tanto que los efectos del colapso del estalinismo aún no se habían superado del todo, como que se superarán.

Aquel movimiento fue en gran medida una marea elemental de protesta: el «superpoder potencial de la calle» carecía de forma organizada y de objetivos políticos claros. Demostró tanto que los efectos del colapso del estalinismo aún no se habían superado del todo, como que se superarán.

El colapso financiero de 2007-08 fue un punto de inflexión adicional en el cambio de la conciencia de las masas, en el debilitamiento tanto de las ideas como de las instituciones que apoyan el control de la sociedad por parte de los capitalistas, y responsable del renacimiento de las ideas socialistas básicas – como se muestra en las olas de Corbyn, el apoyo a las campañas presidenciales de Bernie Sanders en EE.UU., en particular en 2016, la victoria inicial de Syriza en Grecia en 2015, el aumento en cuestión de años de Podemos en España, y así sucesivamente.

Incluso si esos movimientos no se dieron cuenta de su potencial esta vez debido a la debilidad de sus programas, muestran que el «capitalismo desatado» generará una oposición de masas que mira al «socialismo» – porque el socialismo no es sólo una idea, sino el reflejo de los intereses comunes y colectivos de la clase trabajadora.

Treinta años es mucho tiempo en la vida de un individuo, pero un breve momento en la historia. Todavía tenemos que responder al temor de que el socialismo conduzca inevitablemente a la dictadura -la herencia nefasta y duradera del estalinismo-, pero lo principal es que los acontecimientos están demostrando que la idea del socialismo puede volver a ser una fuerza de masas, una «idea fresca» para millones de personas.

Y que la nueva era que se está abriendo creará las condiciones objetivas una vez más para que los marxistas intervengan audazmente -como hemos hecho antes en nuestra historia, como en Liverpool o en la gran campaña contra el impago de los impuestos de matriculación- e inicien un movimiento que pueda desafiar al propio sistema capitalista y adoptar un programa completo para la transformación socialista de la sociedad.

(1) Anualmente el Partido Socialista de Inglaterra y Gales, sección del CWI / CIT, realiza un encuentro anual abierto a militantes y simpatizantes donde se discuten temas importantes para la política socialista.

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