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León Trotsky: «Los sindicatos en la época de transición»

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por León Trotsky

En la lucha por las reivindicaciones parciales y transitorias, los obreros necesitan, ahora más que nunca, organizaciones de masas, ante todo sindicatos. El auge de los sindicatos en Francia y en los Estados Unidos es la mejor respuesta a las doctrinas ultra-izquierdistas que predicaban que los sindicatos estaban “fuera de época”. 

Los Bolcheviques-Leninistas se encuentran en las primeras filas de todas las formas de lucha, aún allí donde se trata de los intereses más modestos de la clase obrera. Toman parte activa en la vida de los sindicatos de masas, preocupándose de robustecer y acrecentar su espíritu de lucha. Luchan implacablemente contra toda las tentativas de someter los sindicatos al Estado burgués y de maniatar al proletariado con “el arbitraje obligatorio” y todas las demás formas de intervención policial, no sólo fascistas sino también “democráticas”. Solamente sobre la base de ese trabajo es posible luchar con buen éxito en el seno de los sindicatos contra la burocracia reformista, incluidos los stalinistas. Las tentativas sectarias de crear o mantener pequeños sindicatos “revolucionarios” como una segunda edición del partido, significa en los hechos renunciar a la lucha por la dirección de la clase obrera. Hace falta plantear aquí como un principio inconmovible: el auto-aislamiento cobarde fuera de los sindicatos de masas, equivalente a la traición a la revolución, es incompatible con la pertenencia a la IV internacional. 

Al mismo tiempo la IV Internacional rechaza y condena resueltamente todo fetichismo de los sindicatos, propio de los tradeunionistas y de los sindicalistas. 

a) Los sindicatos no tienen, y, por sus objetivos, su composición y el carácter de su reclutamiento, no pueden tener un programa revolucionario acabado; por eso no pueden sustituir al partido. La creación de partidos revolucionarios nacionales, secciones de la IV Internacional, es el objetivo central de la época de transición. 

b) Los sindicatos, aún los más poderosos, no abarcan más del 20 al 25 por ciento de la clase obrera y por otra parte, sus capas más cualificadas y mejor pagadas. La mayoría más oprimida de la clase obrera no es arrastrada a la lucha sino episódicamente en los períodos de auge excepcional del movimiento obrero. En esos momentos, es necesario crear organizaciones ad-hoc, que abarquen a toda la masa en lucha: los comités de huelga, los comités de fábrica, y en fin, los soviets. 

c) En tanto que organizaciones de las capas superiores del proletariado, los sindicatos, como lo atestigua toda la experiencia histórica, comprendida en ella la experiencia fresca aún de los sindicatos anarco-sindicalistas de España, desarrollan poderosas tendencias a la conciliación con el régimen democrático burgués. En los períodos agudos de lucha de clases, los aparatos dirigentes de los sindicatos se esfuerzan por convertirse en amos del movimiento de masas para domesticarlo. Esto se produce ya en ocasión de simples huelgas, sobre todo con la ocupación de las fábricas, que sacuden los principios de la propiedad burguesa. En tiempo de guerra o de revolución, cuando la situación de la burguesía se hace particularmente difícil, los jefes de los sindicatos se transforman ordinariamente en ministros burgueses. 

Por todo lo que antecede, las secciones de la IV Internacional deben esforzarse constantemente no sólo en renovar el aparato de los sindicatos proponiendo atrevida y resueltamente en los momentos críticos nuevos líderes dispuestos a la lucha en lugar de funcionarios rutinarios y carreristas, sino también de crear en todos los casos en que sea posible, organizaciones de combate autónomas que respondan mejor a los objetivos de la lucha de masas contra la sociedad burguesa, sin arredrarse, si fuese necesario, frente a una ruptura abierta con el aparato conservador de los sindicatos. Si es criminal volver la espalda a las organizaciones de masas para contentarse con ficciones sectarias, no es menos criminal tolerar pasivamente la subordinación del movimiento revolucio­nario de las masas al contralor de pandillas burocráticas abiertamente reaccionarias o conservadoras disfrazadas de “progresistas”. El sindicato no es un fin en sí mismo, sino sólo uno de los medios a emplear en la marcha hacia la revolución proletaria.

(Tomado de El Programa de Transición, 1938)

Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista

Hay una característica común, en el desarrollo, o para ser más exactos en la degeneración, de las modernas organizaciones sindicales de todo el mundo; su acercamiento y su vinculación cada vez más estrecha con el poder estatal. Este proceso es igualmente característico de los sindicatos neutrales, socialdemócratas, comunistas y “anarquistas”. Este solo hecho demuestra que la tendencia a “estrechar vínculos” no es propia de tal o cual doctrina sino que proviene de condiciones sociales comunes para todos los sindicatos.

El capitalismo monopolista no se basa en la competencia y en la libre iniciativa privada sino en una dirección centralizada. Las camarillas capitalistas que encabezan los poderosos trusts, monopolios, bancas, etc. encaran la vida económica desde la misma perspectiva que lo hace el poder estatal, y a cada paso requiere su colaboración. A su vez los sindicatos de las ramas más importantes de la industria se ven privados de la posibilidad de aprovechar la competencia entre las distintas empresas. Deben enfrentarse a un adversario capitalista centralizado, íntimamente ligado al poder estatal. De ahí la necesidad que tienen los sindicatos -mientras se mantengan en una posición reformista, o sea de adaptación a la propiedad privada- de adaptarse al Estado capitalista y de luchar por su cooperación. A los ojos de la burocracia sindical, la tarea principal es la de “liberar” al Estado de sus ataduras capitalistas, de debilitar su dependencia de los monopolios y volcarlo a su favor. Esta posición armoniza perfectamente con la posición social de la aristocracia y de la burocracia obreras, que luchan por obtener unas migajas de las superganancias del imperialismo capitalista. Los burócratas hacen todo lo posible, en las palabras y en los hechos, por demostrarle al Estado “democrático” hasta que punto son indispensables y dignos de confianza en tiempos de paz, y especialmente en tiempos de guerra. Al transformar los sindicatos en organismos del Estado, el fascismo no inventó nada nuevo: simplemente llevó hasta sus últimas consecuencias las tendencias inherentes al imperialismo.

(…)

A primera vista, podría deducirse de lo antedicho que los sindicatos dejan de serlo en la era imperialista. Casi no dan cabida a la democracia obrera que, en los buenos tiempos en que reinaba el libre comercio, constituía la esencia de la vida interna de las organizaciones obreras.

Al no existir la democracia obrera, no hay posibilidad alguna de luchar libremente por influir sobre los miembros del sindicato. Con esto desaparece, para los revolucionarios, el campo principal de trabajo en los sindicatos. Sin embargo, esta posición sería falsa hasta la médula. No podemos elegir a nuestro gusto y placer el campo de trabajo ni las condiciones en que desarrollaremos nuestra actividad. Luchar por lograr un ascendiente sobre las masas obreras dentro de un Estado totalitario o semitotalitario es infinitamente más difícil que en una democracia. Esto se aplica también a los sindicatos, cuyo sino refleja el cambio producido en el destino de los Estados capitalistas. No podemos renunciar a la lucha por lograr influencia sobre los obreros alemanes meramente porque el régimen totalitario hace allí muy difícil esta tarea. Del mismo modo no podemos renunciar a la lucha dentro de las organizaciones obreras compulsivas creadas por el fascismo. Menos aún podemos renunciar al trabajo interno sistemático dentro de los sindicatos de tipo totalitario o semitotalitario solamente porque dependan directa o indirectamente del Estado corporativo o porque la burocracia no les dé a los revolucionarios la posibilidad de trabajar libremente en ellos. Hay que luchar bajo todas estas condiciones que creó la evolución anterior, en la que hay que incluir los errores de la clase obrera y los crímenes de sus dirigentes. (:::) Tenemos que adaptarnos a las condiciones existentes en cada país dado para movilizar a las masas no sólo contra la burguesía sino también contra el régimen totalitario de los propios sindicatos y contra los dirigentes que sustentan ese régimen. La primera consigna de esta lucha es: independencia total e incondicional de los sindicatos respecto del Estado capitalista. Esto significa luchar por convertir los sindicatos en organismos de las grandes masas explotadas y no de la aristocracia obrera.

La segunda consigna es: democracia sindical. Esta segunda consigna se desprende directamente de la primera y presupone para su realización la independencia total de los sindicatos del Estado imperialista o colonial.

En otras palabras, los sindicatos actualmente no pueden ser simplemente los órganos democráticos que eran en la época del capitalismo libre y ya no pueden ser políticamente neutrales, o sea limitarse a servir a las necesidades cotidianas de la clase obrera. Ya no pueden ser anarquistas, es decir que ya no pueden ignorar la influencia decisiva del Estado en la vida del pueblo y de las clases. Ya no pueden ser reformistas, porque las condiciones objetivas no dan cabida a ninguna reforma seria y duradera. Los sindicatos de nuestro tiempo pueden servir como herramientas secundarias del capitalismo imperialista para la subordinación y adoctrinamiento de los obreros y para frenar la revolución, o bien convertirse, por el contrario, en las herramientas del movimiento revolucionario del proletariado.

La neutralidad de los sindicatos es total e irreversiblemente cosa del pasado. Ha desaparecido junto con la libre democracia burguesa.

De todo lo anterior se desprende claramente que, a pesar de la degeneración progresiva de los sindicatos y de sus vínculos cada vez más estrechos con el Estado imperialista, el trabajo en los sindicatos no ha perdido para nada su importancia, sino que la mantiene y en cierta medida hasta es aún más importante que nunca para todo partido revolucionario. Se trata esencialmente de luchar para ganar influencia sobre la clase obrera. Toda organización, todo partido, toda fracción que se permita tener una posición ultimatista respecto a los sindicatos, lo que implica volverle la espalda a la clase obrera, sólo por no estar de acuerdo con su organización, está destinada a perecer. Y hay que señalar que merece perecer.

(…)

El capitalismo monopolista cada vez tiene menos interés en transigir con la independencia de los sindicatos. Exige que la burocracia reformista y la aristocracia obrera, que picotean las migajas que caen de su mesa, se transformen en su policía política a los ojos de la clase obrera. Cuando no se puede lograr esto, se reemplaza la burocracia por el fascismo. Dicho sea de paso, todos los esfuerzos que haga la aristocracia obrera al servicio del imperialismo no podrán salvarla, a la larga, de la destrucción.

La intensificación de las contradicciones de clase dentro de cada país, de los antagonismos entre un país y otro, producen una situación en que el capitalismo imperialista puede tolerar (claro que por cierto lapso) una burocracia reformista, siempre que ésta le sirva directamente como un pequeño pero activo accionista de sus empresas imperialistas, de sus planes y programas, tanto dentro del país como en el plano mundial. El social-reformismo debe convertirse en social-imperialismo para poder prolongar su existencia, pero para prolongarla y nada más. Ese camino no tiene, en general, una salida.

¿Significa esto que en la era del imperialismo la existencia de sindicatos independientes es, en general, imposible? Sería básicamente erróneo plantear así esta cuestión. Lo que es imposible es la existencia de sindicatos reformistas independientes o semiindependientes. Es muy posible la existencia de sindicatos revolucionarios que no sólo no sean agentes de la política imperialista sino que se planteen como tarea directamente el derrocamiento del capitalismo dominante. En la era de la decadencia imperialista los sindicatos solamente pueden ser independientes en la medida en que sean conscientes de ser en la práctica los organismos de la revolución proletaria. En este sentido, el programa de consignas de transición adoptado por el último congreso de la IV Internacional no es sólo un programa para la actividad del partido sino que, en rasgos generales, es el programa para la actividad de los sindicatos.

(…)

Los sindicatos democráticos, en el viejo sentido del término -de cuerpos en los que luchaban en el seno de la misma organización de masas más o menos libremente diferentes tendencias- ya no pueden existir más. Del mismo modo que no se puede volver al Estado democrático-burgués, tampoco es posible volver a la vieja democracia obrera. El destino de una refleja el de la otra. En realidad, la independencia de clase de los sindicatos en cuanto a sus relaciones con el Estado burgués solamente puede garantizarla, en las condiciones actuales, una dirección de la Cuarta Internacional. Naturalmente, esta dirección debe y puede ser racional y asegurar a los sindicatos el máximo de democracia concebible bajo las condiciones concretas actuales. Pero sin la dirección política de la Cuarta Internacional la independencia de los sindicatos es imposible.

(Escrito inacabado, Agosto de 1940)

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