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La fuga literaria de León Trotsky

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La primera traducción al español de Tudá i obratno [Viaje de ida y vuelta], del joven Trotsky, nos habla de un dirigente de 27 años que, fogueado por el fracaso de la Revolución de 1905, es deportado a Siberia, desde donde huye en un trineo de renos. Pero también deja un testimonio, con tono de relato de aventuras, de un momento de Rusia en el que los revolucionarios gozaban de gran popularidad, incluso en los confines del imperio.

 

Horacio Tarcus *

Nueva Sociedad, junio 2022

https://nuso.org/

 

El 16 de diciembre de 1905, la policía rusa irrumpía en el edificio de la Sociedad de Economía Libre de San Petersburgo, donde se estaba realizando la que sería la última sesión del Soviet de delegados obreros de la capital rusa. Culminaba así no solo la Revolución Rusa de 1905 sino también, para decirlo en palabras de Isaac Deutscher en Trotsky. El profeta armado, México (Era, 1969), la epopeya del primer soviet de la historia, un sistema de democracia directa mediante delegación popular nacido espontáneamente en octubre de ese mismo año. Esta creación del proletariado ruso, que renacería con la Revolución de 1917, había logrado sostenerse activa durante cincuenta días, desafiando nada menos que al poder imperial zarista.

 

En total habían sido detenidos unos trescientos delegados del soviet, entre mencheviques, bolcheviques, socialistas revolucionarios e independientes. Fueron acusados de preparar la insurrección. Entre los procesados descollaba la figura de León Trotsky. No solo había ocupado el puesto de máxima autoridad del Soviet después del arresto del abogado Gueorguy Jrustalyov-Nosar, su primer presidente. A sus escasos 25 años, el joven Trotsky se había erigido en el nervio motor del soviet, el orador de los discursos electrizantes, el redactor de sus manifiestos y resoluciones, el director de su órgano, Izvestia [Noticias]. En ese despliegue de energías vitales que desatan las revoluciones, se daba tiempo también para redactar Nachalo [Inicio], el periódico de los mencheviques, con el que colaboraban figuras de la socialdemocracia internacional como August Bebel, Karl Kautsky y Rosa Luxemburgo, y escribir los editoriales de la Russkaia Gazeta [Diario Ruso], que en esas semanas cruciales había alcanzado una tirada de 250.000 ejemplares.

 

Mientras aguardaban el proceso, los detenidos fueron enviados primero a la prisión de Kresti («Cruces», como se la conoce en ruso, por la arquitectura del presidio) y luego a la Fortaleza de Pedro y Pablo, erigida en una isla bordeada por el río Neva. Los delegados estaban investidos de un prestigio tan grande que sus carceleros los trataron con consideración y respeto: gozaban de libertad para reunirse, pasear por el patio, sostener debates, recibir libros, escribir. La propia Rosa Luxemburgo llegó a visitarlos apenas salió de la cárcel en Varsovia.

 

El juicio contra el Soviet se fue dilatando hasta septiembre, y eso les permitió a los prisioneros preparar su defensa con varios meses de antelación. El turno de Trotsky fue el 17 de octubre. Haciendo gala de sus dotes oratorias y sus aptitudes dramáticas, les explicó a sus jueces que el soviet no había «preparado» un levantamiento armado, como sostenía el fiscal. «Un levantamiento de masas no se hace, señores jueces, [a voluntad de algún líder]. Se hace él mismo. Es el resultado de relaciones y condiciones sociales, y no de un plan formulado en el papel. Una insurrección popular no se puede montar. Solo se puede prever». El 2 de noviembre, el jurado pronunció su veredicto: los miembros del soviet fueron absueltos de la acusación de insurrección; pero Trotsky y otros catorce procesados fueron condenados a la pérdida de sus derechos civiles y a la deportación de por vida a Siberia bajo vigilancia.

 

Con su traje gris de presidiario, el 5 de enero de 1907 Trotsky era enviado con los otros detenidos rumbo a Obdorsk, una ciudad situada sobre el Círculo Polar Ártico, a más de 1600 kilómetros de la estación de ferrocarril más cercana. El grupo emprendió el viaje en tren desde San Petersburgo hasta Tiumén, en Siberia occidental, atravesando los Urales. Desde allí, escoltados por cincuenta y dos soldados, los catorce detenidos fueron trasladados en cuarenta trineos tirados por caballos hasta la ciudad de Tobolsk, donde fueron alojados en la cárcel local. Días después, el convoy retomó su ruta haciendo dos paradas en otras tantas ciudades siberianas: Samórovo y Beriózov. Hasta entonces, llevaban treinta y tres días de viaje.

 

Ante la perspectiva de quedar condenado a seguir el decurso de la Revolución Rusa desde el lejano Círculo Polar Ártico, Trotsky concibe en esa última ciudad su plan de evasión. Las vicisitudes del camino del destierro y las peripecias de su fuga fueron narradas por el propio Trotsky en Tudá i obratno [Viaje de ida y vuelta], un pequeño libro publicado en 1907 por la editorial Shipovnik de San Petersburgo con el seudónimo de N. Trotsky, que Siglo XXI editores acaba de lanzar en español en Buenos Aires y Madrid en traducción directa del ruso. Algunos tramos de este relato fueron incorporados por el autor a la segunda parte de la edición alemana de 1905. Resultados y perspectivas (1909), cuya versión integral es inhallable en castellano desde hace medio siglo.

 

Como sucede con ciertas novelas epistolares, debemos seguir el hilo de la primera parte (el camino de «ida» a Siberia) a lo largo de una serie de cartas que Trotsky va enviando a un corresponsal –que preserva anónimo– en cada escala de su camino a Beriózov. La segunda parte (la «vuelta») adopta la forma de una crónica, en la cual el narrador relata en primera persona –retomando apuntes de su libreta– su fuga de Siberia. Temiendo cada minuto por su captura y confiando su vida y su libertad al cochero Nikifor, que no para de beber, el fugitivo Trotsky se convierte, acaso contra su voluntad, en un viajero etnógrafo. Transita por lugares escasamente poblados durante la estación más fría del año, participa en una captura de renos, pasa las noches junto al fuego y toma notas acerca de la vida de los pueblos siberianos cuyas lenguas y costumbres desconoce.

 

Veinticinco años después, Trotsky retomó brevemente el tema de su segundo destierro en Mi vida (1930), su célebre ensayo autobiográfico. Allí advertía en una nota al pie que en su primer relato de los hechos había omitido el nombre de sus cómplices para no comprometerlos ante la policía zarista: «En mi libro 1905 he procurado desfigurar esta parte de la fuga. En aquellos tiempos, un relato fiel habría puesto a la policía del Zar en la pista de mis cómplices. Confío en que Stalin no irá a perseguirlos ya por la ayuda que me prestaron; además, el crimen ha prescripto. Y concurre asimismo la atenuante de que en la última etapa de la evasión fui auxiliado, como se verá, por el propio Lenin» (León Trotsky, Mi vida. Ensayo autobiográfico, Madrid, Cenit, 1930, p. 204).

 

Desde entonces, nos enteramos de que su corresponsal durante «la ida» no fue otra que Natalia Sedova, la revolucionaria rusa que había conocido en 1902 durante el exilio en París y que de inmediato pasó a ser su compañera de vida. También llegamos a saber que el plan de evasión le fue sugerido por su amigo y compañero de militancia Dmitri Sverchkhov: «A pocos pasos de Beresof comenzaba el yermo, la soledad salvaje. No me encontraría con un policía en un espacio de mil verstas, ni tropezaría con el menor poblado ruso, y de telégrafo ni hablar. Sólo alguna que otra cabaña de ostiacos, diseminada aquí y allá, y en vez de caballos, que no existían por esos parajes, tendría que valerme de renos. No era fácil que la policía me echase el guante, en cambio corría el riesgo de perderme en medio de la estepa o de perecer entre la nieve. Estábamos en febrero, el mes de las grandes nevadas…».

 

Asimismo, en Mi Vida Trotsky nos informa que que el médico que le enseñó a fingir una ciática era el doctor Viot, uno de los integrantes del convoy: «El doctor Veit, un viejo revolucionario que iba en nuestra partida, me enseñó a fingir un ataque de ciática, con objeto de poder quedarme unos cuantos días hospitalizado en Beresof. No me fue difícil llevar a término esta parte modesta del plan preconcebido. La ciática no es, como todo el mundo sabe, enfermedad susceptible de comprobación. Me instalaron en el hospital. Aquí, el régimen de vida era de una libertad absoluta. En cuanto empecé a sentirme ‘mejor’, me alejaba del hospital y estaba fuera, a veces, varias horas seguidas. El médico me incitaba a pasear. Dada la estación del año en que estábamos, no podían sospechar en mí el menor propósito de fuga».

 

Finalmente, sabemos que fue Faddei Roshkovsky, un veterano del ejército zarista que cumplía en Beriózov la pena de exilio, quien le proporcionó la conexión con el primer campesino que lo acompañarían y guiarían durante la fuga: Nikita Serapionovich, apodado «Pata de Cabra», el que lo sacó de la aldea escondido en un carro de paja. Serapionovich, a su vez, lo recomendó a Nikifor Ivánovich, un ziriaco que no paraba de beber pero que conocía mejor que nadie la estepa siberiana y hablaba con familiaridad los distintos dialectos de los nativos. Trotsky rememora aquel diálogo con Pata de Cabra:

 

De Beresof teníamos que salir tirados por renos. Lo más importante era dar con un guía que se atreviese a ir por aquellos caminos, tan inseguros en esta época del año. Pata de Cabra me habló de un ziriano, hábil y experto como lo suelen ser los de su raza.

 

—¿Pero no beberá? — pregunté.

 

—¿Cómo, beber? Es un borracho impenitente. Pero, en cambio, habla ruso, zirio y dos dialectos ostiacos que se hablan en la montaña y en el llano y que no se parecen en nada. No podría encontrar usted quien mejor le tripulase. ¡Es un tunante!

 

Si las dotes expresivas de Trotsky en sus otras obras autobiográficas –Mis peripecias en España, Diario del exilio o Mi vida– no necesitan mayor confirmación, quien lea La Fuga de Siberia en un trineo de renos se encontrará con un narrador literario en estado puro, capaz de apelar a todos los recursos del suspense para construir un relato atrapante, en el que un reno desbocado, un cochero entredormido o un lugareño que dispara una pregunta inoportuna pueden malograr en cualquier momento el plan de fuga.

 

Pleno de humor chejoviano, el protagonista adopta máscaras sucesivas para cumplir con su meta (finge ser un enfermo, un mercader y un ingeniero ferroviario que forma parte de una expedición) y viaja munido de los más diversos medios de cambio, que le permiten obsequiar tabaco, chocolates o una botella de ron para facilitar el desenlace de un encuentro inesperado, dejando como último recurso –si la situación llegase a dar un vuelco– el revólver escondido en la maleta. La política solo aparece en esta obra de modo implícito, en la medida en que el fugitivo que cuenta al lector sus aventuras es en definitiva un revolucionario condenado al destierro, que busca cruzar los Urales para reunirse con su mujer en San Petersburgo y, una vez atravesada la frontera con Finlandia, pisar finalmente territorio libre.

 

Y, ya por fuera de cualquier espoileo, sabemos que allí llegó. En sus apuntes autobiográficos, Natalia Sedova dejó un vívido testimonio de la sorpresa que había significado para ella, exiliada en Finlandia con su niño pequeño, recibir las enigmáticas coordenadas de una cita inminente:

 

«Cuando recibí el telegrama, estando sola en Terijoki, un pueblecillo finlandés, cerca de San Petersburgo [hoy la localidad rusa de Zelenogorsk], con el niño pequeño, no supe contener la emoción y la alegría. Acababa de recibir una larga carta de L. D. [Lev Davidovich Trotsky] escrita en ruta, en que después de contarme las incidencias del viaje me rogaba que, si iba a Obdorsk, le llevase algunos libros que me indicaba y otros objetos necesarios en aquellas latitudes. Y de pronto, venía este telegrama dándome una cita para una estación en que se cruzaban los trenes, como si hubiese decidido dar la vuelta repentinamente, volando por un camino fantástico. Me chocó que el telegrama no mencionase el nombre de la estación. A la mañana siguiente salí para San Petersburgo, cogí una guía y me puse a estudiar el itinerario, a ver si daba con la estación para la que tenía que sacar billete. No me atrevía a preguntar a nadie y me puse en camino sin haber averiguado el nombre de la estación. Saqué billete hasta Vyatka [hoy Kirov] y tomé un tren que salía por la noche. El coche en que viajaba iba lleno de propietario rurales que volvían de San Petersburgo, cargados con paquetes de golosinas para celebrar las fiestas de la Maslenitsa; todas las conversaciones giraban en torno al blini, al caviar, esturión, vinos y otras cosas por el estilo. Yo, excitada como estaba, pensando en que iba a volver a reunirme con L. D., y temerosa de que surgiese algún contratiempo, no podía soportar semejantes conversaciones… Y, sin embargo, tenía, no sé por qué, la seguridad interior de que nos encontraríamos. Llena de impaciencia, aguardaba a que se hiciese de día, pues el tren en que venía tenía su entrada por la mañana en la estación de Samino; había averiguado el nombre durante el viaje y ya no se me ha vuelto a olvidar nunca. Pararon los dos trenes, aquel en que yo iba y el que venía en dirección contraria. Corrí al anden. ¡Nadie! Salté al otro tren, recorrí, presa de una terrible inquietud, todos los coches. ¡Nadie, nadie! De pronto, veo en uno de los departamentos su abrigo de pieles; eso quiere decir que va aquí, ¿pero dónde? Al saltar del tren doy de bruces con él; venía de buscarme en la sala de espera. Se indignó al conocer la mutilación del telegrama, y ya quería echarlo todo por tierra, haciendo una reclamación entonces mismo. A duras penas, logré contenerle. Al cursar el telegrama había contado, naturalmente, con la posibilidad de que saliesen a su encuentro los gendarmes en vez de salir yo, pero pensó que en San Petersburgo le sería más fácil ocultarse conmigo, y lo demás lo encomendaba a su buena estrella. Volvimos al departamento y recorrimos juntos lo que quedaba de viaje. Yo estaba asombrada, viendo la libertad y desembarazo con que L. D. se movía, riéndose y hablando en voz alta en el tren y en los andenes de las estaciones. De buena gana le hubiera hecho invisible o le hubiera ocultado pues aquella fuga podía costarle el presidio. Pero él no se escondía delante de nadie y afirmaba que esto era la mejor salvaguardia».

 

En Oulunkylä (en sueco Ågelby), hoy un suburbio de Helsinki, Trotsky encontró la suficiente tranquilidad para transformar sus notas de viaje en Tudá i obratno, que se publicó en San Petersburgo ese mismo año. El adelanto que le dio la popular editorial Shipovnik le permitió solventar sus próximos pasos de revolucionario a tiempo completo. La revancha iba a llegar en la década siguiente: días después de su regreso a Rusia en mayo de 1917 se lo vería otra vez al frente del Soviet de Petrogrado… Pero esa ya es otra historia.

 

* Doctor en Historia por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y director del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina (CeDInCI/UNSAM). Entre sus últimos libros está Los exiliados románticos. Socialistas y masones en la formación de la Argentina Moderna vol. I y II (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2020). Este texto es una versión levemente más extensa de la «Nota del editor» a León Trotsky: La Fuga de Siberia en un trineo de renos (Siglo XXI, Buenos Aires, 2022). Traducción de Irina Chernova.

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