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¿Puede Octubre ser justificado?

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Sí, dirá algún adversario: la aventura de Octubre se ha mostrado mucho más sólida de lo que entre nosotros pensábamos.

Quizá no fue completamente una “aventura”. Pero, la cuestión conserva toda su fuerza: ¿qué se ha obtenido a este precio tan elevado? ¿Se puede decir que se hayan realizado estas tareas tan brillantes anunciadas por los bolcheviques en vísperas de la insurrección? Antes de responder al supuesto adversario, observemos que esta pregunta no es nueva. Al contrario, se remonta a los primeros pasos de la Revolución de Octubre, desde el día de su nacimiento.

El periodista francés, Claude Anet, que estaba en Petrogrado durante la revolución, escribía ya el 27 de octubre de 1917: “Los maximalistas –así llamaban los franceses entonces a los bolcheviques– han tomado el poder y la gran luz ha llegado. Finalmente, me digo, voy a ver cómo se realiza el Edén socialista que nos vienen prometiendo desde hace tantos años… ¡Admirable aventura! ¡Posición privilegiada!”, etc., etc., y así sucesivamente. ¡Qué odio sincero se oculta tras estos saludos irónicos! Al día siguiente de la toma del Palacio de Invierno, el periodista reaccionario se apuraba a anunciar sus pretensiones en una carta de entrada al Edén. Quince años han transcurrido desde la insurrección. Sin formalidades mayores, los adversarios manifiestan su maligna alegría al comprobar que, todavía hoy, el país de los soviets se asemeja muy poco al reino del bienestar general. ¿Por qué entonces la revolución y por qué las víctimas?

 

Queridos oyentes, me permito pensar que no desconozco las contradicciones, las dificultades, las faltas y las insuficiencias del régimen soviético tan bien como cualquiera. Personalmente jamás traté de disimularlas, ni en palabras ni por escrito. Pensé y sigo pensando, que la política revolucionaria –a diferencia de la conservadora– no puede ser edificada sobre el engaño. “Expresar lo que es” debe ser el principio más elevado del Estado obrero.

Pero es necesario tener perspectiva, tanto en la crítica como en la actividad creadora. El subjetivismo es un mal indicador, sobre todo en las grandes cuestiones. Los plazos deben ser adaptados a las tareas y no a los caprichos individuales. ¡Quince años! ¿Qué es esto para una sola vida? Durante este tiempo fueron enterrados muchos de nuestra generación, otros han visto encanecer sus cabellos. Pero estos mismos quince años: ¡qué período más insignificante en la vida de un pueblo! Nada más que un minuto en el reloj de la historia.

El capitalismo necesitó siglos para afirmarse en la lucha contra la Edad Media, para elevar la ciencia y la técnica, para construir ferrocarriles, para tender hilos eléctricos. ¿Y entonces? Entonces, la humanidad fue lanzada por el capitalismo al infierno de las guerras y las crisis. Pero al socialismo, sus adversarios, es decir, los partidarios del capitalismo, sólo le dan una década y media para instaurar sobre la tierra el paraíso con todo el confort. No, nosotros no nos hemos asumido sobre nuestras espaldas semejantes obligaciones. No hemos establecido tales plazos. Se deben medir a los procesos de grandes cambios con una escala adecuada. No sé si la sociedad socia­lista se asemejará al paraíso bíblico; lo dudo mucho. Pero en la Unión Soviética todavía no existe el socialismo. Un Estado de transición, lleno de contradicciones, cargado con la pe­sada herencia del pasado, y además, bajo la presión enemiga de los Estados capitalistas: esto es lo que allí predomina. La Revolución de Octubre ha proclamado el principio de la nueva sociedad. La República soviética sólo ha mostrado el primer estadio de su realización. La primera lámpara de Edison fue muy imperfecta. Bajo las faltas y los errores de la primera edificación socialista se debe saber discernir el porvenir.

¿Y las calamidades que se abaten sobre los seres vivos?

¿Los resultados de la revolución justifican las víctimas causadas por ella? Pregunta estéril y profundamente retórica: ¡como si el proceso de la historia fuera el resultado de un balance de con­tabilidad! Con mayor razón, ante las dificultades y penas de la existencia humana, se podría preguntar: ¿para esto vale la pena vivir? Heine escribió a este propósito: “y el tonto espera la contestación”… Las meditaciones melancólicas no impidieron al hombre engendrar y nacer. Aun en esta época, de una crisis mundial sin precedentes, los suicidios constituyen, felizmente, un porcentaje muy bajo. Pero los pueblos no tienen la costumbre de buscar un refugio en el suicidio, sino que buscan la salida a las cargas insoportables en la revolución.

Por otra parte, ¿quién se indigna con respecto a las víctimas de la revolución socialista? Muy frecuentemente, son los que han preparado y glorificado las víctimas de la guerra imperialista o, por lo menos, los que se han acomodado muy fácilmente a ella. Podemos preguntar nosotros: ¿Está justificada la guerra? ¿Qué nos ha dado? ¿Qué nos ha enseñado?

En sus 11 volúmenes de difamación contra la gran Revolución francesa, el historiador reaccionario Hipólito Taine describe, no sin alegría maligna, los sufrimientos del pueblo francés en los años de la dictadura jacobina y los que la siguieron. Fueron, sobre todo, penosos para las capas inferiores de las ciudades, los plebeyos, que, como sans-culottes, dieron a la revolución lo mejor de su vida. Ellos o sus mujeres pasaban noches frías en las colas para volver al día siguiente con las manos vacías al hogar helado. En el décimo año de la revolución, París era más pobre que antes de su estallido. Datos cuidadosamente escogidos, artificiosamente completados, sirven a Taine para fundamentar su veredicto destructor contra la revolución. “Mirad a los plebeyos, querían ser dictadores y han caído en la miseria”.

Es difícil imaginar un moralista más mediocre: en primer lugar, si la revolución hubiera arrojado al país en la miseria, la culpa recaería, ante todo, sobre las clases dirigentes, que habían empujado al pueblo a la revolución. En segundo lugar, la gran Revolución Francesa no se agotó en las colas del hambre, ante las panaderías. ¡Toda la Francia moderna, bajo ciertas relaciones toda la civilización moderna, han salido del baño de la Revolución Francesa!

En el curso de la guerra civil de los Estados Unidos[10] , durante los años ‘60 del siglo pasado, murieron 500.000 hombres. ¿Se han justificado estas víctimas?

¡Desde el punto de vista de los esclavistas norteamericanos y de las clases dominantes de la Gran Bretaña que marchaban con ellos, ¡no! ¡Desde el punto de vista del negro y del obrero británico, ¡completamente! Y desde el punto de vista del desarrollo de la humanidad, en su conjunto, sobre esto no se puede tener la menor duda. De la guerra civil del año ‘60 han salido los Estados Unidos actuales, con su iniciativa práctica desmesurada, la técnica racionalista, el auge económico. Sobre estas conquistas del americanismo, la humanidad edificará la nueva sociedad.

La Revolución de Octubre ha penetrado más profundamente que todas las precedentes en el santuario de la sociedad, en las relaciones de propiedad. Son necesarios plazos más largos para que se manifiesten las fuerzas creadoras en todos los terrenos de la vida. Pero la orientación general del cambio es ya, desde ahora, clara: la República de los Soviets no tiene por qué agachar la cabeza ni emplear el lenguaje de la excusa.

Para apreciar el nuevo régimen desde el punto de vista del desarrollo humano, primero se debe responder a la pregunta: ¿de qué manera se exterioriza el progreso social y cómo se puede medir?

El Balance de Octubre

El criterio más objetivo, el más profundo y el más indiscutible es: el progreso puede medirse por el crecimiento de la productividad del trabajo social.

La estimación de la Revolución de Octubre, desde este ángulo, ya ha sido dada por la experiencia. Por primera vez en la historia el principio de organización socialista ha de­mostrado su capacidad, suministrando resultados de producción jamás obtenidos en un corto período. En cifras de índole global, la curva del desarrollo industrial de Rusia se expresa como sigue: pongamos para el año 1913, el último año de anteguerra, el número 100. El año 1920, fin de la guerra civil, es también el punto más bajo de la industria: 25 solamente, es decir, un cuarto de la producción de anteguerra; en 1925, un crecimiento hasta 75; en 1929, aproximadamente 200; en 1932, 300, es decir, tres veces más que en vísperas de la guerra.

El cuadro aparecerá todavía más claro a la luz de los índices internacionales. De 1925 a 1932 la producción industrial de Alemania disminuyó alrededor de una vez y media; en Norteamérica, alrededor del doble; en la Unión Soviética ha ascendido a más del cuádruple: las cifras hablan por sí mismas.

De ninguna manera pienso negar o disimular los lados som­bríos de la economía soviética. Los resultados de los índices industriales están extraordinariamente influenciados por el de­sarrollo desfavorable de la economía agraria, es decir, del domi­nio que aún no ha entrado en los métodos socialistas, pero que fue llevado, al mismo tiempo, hacia el camino de la colectivización, sin preparación suficiente, más bien burocrática que técnica y económicamente. Esta es una gran cuestión que, sin embargo, rebasa los marcos de mi conferencia.

Las cifras índices presentadas requieren todavía una reserva esencial: los éxitos indiscutibles y brillantes a su manera de la industrialización soviética exigen una verificación económica ulterior, desde el punto de vista de la armonía recíproca de los diferentes elementos de la economía, de su equilibrio dinámico y, por consiguiente, de su capacidad de rendimiento. Grandes dificultades y aun retrocesos son todavía inevitables. El socialismo no surge, en su forma acabada, del plan quinquenal como Minerva de la cabeza de Júpiter o Venus de la espuma del mar. Nos hallamos todavía ante décadas de trabajo obstinado, de faltas, de mejoramientos y de reconstrucción. Por otra parte, no olvidemos que la edificación socialista, según su esencia, sólo puede alcanzar su coronamiento en la arena internacional. Pero aun el balance económico más desfavorable de los resultados obtenidos hasta el presente sólo podría revelar la inexactitud de los datos, las fallas del plan y los errores de la dirección; pero en ningún caso contradecir el hecho establecido empíricamente: la posibilidad de elevar la productividad del trabajo colectivo a una altura jamás conocida, con ayuda de métodos socialistas. Esta conquista, de una importancia histórica mundial, nadie ni nada nos la podrá arrebatar.

Después de lo que queda dicho, casi no vale la pena detenerse en los lamentos, según los cuales la Revolución de Octubre ha conducido a Rusia a la declinación cultural. Esta es la voz de las clases dominantes y de los salones inquietos. La “cultura” aristocrático-burguesa derrocada por la revolución proletaria sólo era imitación decorativa de la barbarie. Mientras que fue inaccesible al pueblo ruso, poco aportó al tesoro de la humanidad.

Pero también en lo que concierne a esta cultura, tan llorada por la emigración blanca, se debe precisar la cuestión: ¿en qué sentido ha sido destruida? En un solo sentido: el monopolio de una pequeña minoría sobre los bienes de la cultura ha quedado deshecho. Pero todo lo que era realmente cultural en la antigua cultura rusa permanece intacto. Los “hunos” bolcheviques no han pisoteado ni las conquistas del pensamiento ni las obras del arte. Por el contrario, han restaurado cuidadosamente los monumentos de la creación humana y los han puesto en orden ejemplar. La cultura de la monarquía, de la nobleza y de la burguesía se ha convertido, al presente, en la cultura de los museos históricos.

El pueblo visita con entusiasmo estos museos, pero no vive en los museos. Aprende, construye. El solo hecho de que la Revolución de Octubre haya enseñado al pueblo ruso, a las decenas de pueblos de la Rusia zarista, a leer y a escribir, tiene mucha más importancia que toda la cultura en conserva de la Rusia de antaño.

La Revolución de Octubre ha creado la base de una nueva cultura destinada no a los elegidos, sino a todos. Las masas del mundo entero lo sienten: de aquí su simpatía por la Unión Soviética, tan ardiente como era antes su odio contra la Rusia zarista.

Queridos oyentes: Ustedes saben que el lenguaje humano representa un instrumento irreemplazable, no sólo para designar los acontecimientos, sino también para su estimación. Descartando lo accidental, lo episódico, lo artificial, absorbe lo real, lo caracteriza y condensa. Noten con qué sensibilidad las lenguas de las naciones civilizadas han distinguido dos épocas en el desarrollo de Rusia. La cultura aristocrática aportó al mundo barbarismos tales como zar, cosaco, pogrom, nagaika [látigo]. Ustedes conocen estas palabras y saben su significado. Octubre aportó a las lenguas del mundo palabras tales como bolchevique, soviet, koljós, posplan [Comisión del plan], piatiletka [Plan quinquenal]. ¡Aquí la lingüística práctica rinde su juicio histórico supremo!

El significado más profundo –sin embargo más difícilmente sometido a una prueba inmediata– de cada revolución, consiste en cómo forma y templa el carácter popular. La repre­sentación del pueblo ruso como un pueblo lento, pasivo, melan­cólico, místico, es ampliamente extendida y no por casualidad. Tiene sus raíces en el pasado. Pero, hasta el presente, estas modificaciones profundas que la Revolución de Octubre ha introducido en el carácter del pueblo ruso no son suficientemente tomadas en consideración en Occidente. ¿Podía esperarse otra cosa?

Cada hombre que tenga una experiencia de la vida puede despertar en su memoria la imagen de un adolescente cualquiera, conocido por él, que –impresionable, lírico, sentimental finalmente– se transforma más tarde, de un solo golpe, bajo la acción de un fuerte choque moral, en un muchacho fuerte, mejor templado, que ya no se lo puede reconocer. En el desarrollo de toda una nación, la revolución realiza transformaciones morales del mismo tipo.

La insurrección de Febrero contra la autocracia, la lucha contra la nobleza, contra la guerra imperialista, por la paz, por la tierra, por la igualdad nacional, la insurrección de Octubre, el derrocamiento de la burguesía y de los partidos que tendían a los acuerdos con ella, tres años de guerra civil sobre un frente de 8.000 kilómetros, los años del bloqueo, de miseria, hambre y epidemias, los años de tensa edificación económica, las nuevas dificultades y privaciones; todo esto integra una ruda, pero buena escuela. Un pesado martillo destruye el vidrio, pero forja el acero. El martillo de la revolución forja el acero del carácter del pueblo.

“¡Quién lo creerá!” Ya se debía creerlo. Poco después de la insurrección, uno de los generales zaristas, Zaleski, se escandalizaba de que “un portero o un guarda se convirtiera de pronto en un presidente de tribunal; un enfermero, en di­rector de hospital; un barbero, en dignatario; un alférez, en comandante supremo; un jornalero, en alcalde; un obrero calificado, en director de empresa”.

“¡Quién lo creerá!” Ya se debía creerlo. No se podía por otra parte dejar de creer, mientras que los sargentos batían a los generales; el maestro, antiguo jornalero, derribaba la resistencia de la vieja burocracia; el conductor ponía orden en los transportes; el obrero calificado, como director, restablecía la industria.

“¡Quién lo creerá!” Que se trate ahora de no creerlo.

Para explicar la paciencia desacostumbrada que las masas populares de la Unión Soviética demostraron en los años de la revolución, muchos observadores extranjeros recurren, ya por hábito, a la pasividad del carácter ruso. ¡Grosero anacronismo! Las masas revolucionarias soportaron las privaciones pacientemente, pero no pasivamente. Ellas construyen con sus propias manos un porvenir mejor, y quieren crearlo a cualquier precio. ¡Que el enemigo de clase trate solamente de imponer a estas masas pacientes, desde fuera, su voluntad! ¡No, más vale que no lo intente!

LEER CAPÍTULO FINAL – LA REVOLUCIÓN Y SU LUGAR EN LA HISTORIA

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