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La participación no es Democracia

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EL PORTEÑO

por Gustavo Burgos

En la medida que avanza la campaña electoral, podemos ver la forma en que desaparecen los reclamos populares en que se sustentó el levantamiento popular de Octubre. Imperceptiblemente, el reclamo de Fuera Piñera, del juicio y castigo a su Gobierno asesino, la libertad a los presos políticos y la instauración de una Asamblea Constituyente asentada en las Asambleas Populares y Cabildos, han desaparecido por completo del debate político y del llamado proceso constituyente. Este fenómeno es una expresión material del retroceso de la actividad de las masas y de la recuperación de la iniciativa política por parte del régimen burgués.

En lugar de los reclamos populares, los partidos del Acuerdo por la Paz y sus seguidores, incapaces de dar respuesta a los reclamos democráticos nos proponen —en lugar de la democracia— la idea de la participación. La idea es ridícula, convengamos, pero en absoluto inofensiva porque tales definiciones concentran en la actualidad el grueso de la artillería ideológica de los partidos y de la prensa del régimen. La consigna de «lo importante no es ganar sino competir» ha devenido en la máxima del período. Vivimos un paroxismo posmoderno procedimental, en que lo que debe debatirse no son las tareas de transformación social, sino que la forma como ha de ejercerse la «convivencia democrática».

En este contexto, todo reclamo revolucionario es motejado epistemológicamente de verticalista y propio del siglo XX, por lo que sería obsoleto. Estos campeones de la participación, en lugar de la revolución social nos proponen difuminar los conflictos que atraviesan a nuestra sociedad, reemplazando a las concretas clases sociales en pugna por abstracciones ideales como los territorios, los géneros humanos y el lenguaje. Por lo mismo, ya no se trata de acabar con la explotación y la opresión capitalistas, al impotente discurso posmoderno le basta con «visibilizar» estos problemas ante la opinión pública, precisamente porque estos demócratas de pacotilla son totalmente incapaces de hacerse cargo de ellos.

Para los demócratas burgueses —una categoría que alcanza al Frente Amplio hasta el PC— de lo que se trata es de plantearle a los trabajadores que hagan cualquier cosa menos hacer una revolución social, precisamente porque lo que plantean es la defensa del orden social capitalista. El eminente Carlos Ruiz, cerebro posmodernista por antonomasia, en una entrevista para La Tercera señaló explícitamente que «Corremos el riesgo de entrar en un ciclo de inestabilidad política prolongada. Entonces la responsabilidad que tenemos es enorme. Por un lado, es una oportunidad de inaugurar un ciclo de modernización real en la institucionalidad y en el modelo de crecimiento en Chile. Por otro lado, hay un riesgo enorme que esto produzca más frustración». ¿Habrá una forma más infame de adscribir incondicionalmente al régimen burgués? Es posible, pero Ruiz ha hecho un intento serio por hacerlo de manera lastimera.

Para este ideólogo la inestabilidad política del régimen capitalista es un riesgo. Vale decir, la lucha de masas que puso en jaque a este régimen durante el Octubre chileno es una desgracia, algo que se debe conjurar. Un riesgo para los intereses que defiende Ruiz, hijo en definitiva de la sociología y el marketing norteamericanos, quien no pierde el entusiasmo de encontrar en este riesgo una oportunidad de inaugurar un ciclo de modernización real en la institucionalidad y en el modelo de crecimiento en Chile, que es precisamente el contenido del proceso constituyente en curso: la institucionalización del conflicto social. Dicho de otra forma, el control de la crisis por parte del gran capital.

Por lo expuesto, promover la participación bajo un régimen de democracia burguesa, mutatis mutandis, es similar a haberlo propuesto dentro del Campo de Concentración de Auschwitz. Nadie en su sano juicio calificaría como demócrata a aquél que promoviera el encuentro entre judíos y los SS a cargo del campo de exterminio, tampoco a aquél que se preocupara de la participación de los presos en la gestión del campo para hacerlo armónico con el medio ambiente. Quien hubiese realizado tales propuestas habría sido calificado con justeza como sirviente de la maquinaria nazi.

Lo mismo ocurre en el debate político constituyente abierto en nuestro país. Por más que se empeñen e invitarnos a todas, todos y todes. Por más que pretendan reducir toda la discusión política a la superioridad moral de los independientes sobre los partidos. Mientras hablen de democracia y de Estado pasando por alto el carácter de clase de tales instituciones en el Chile de hoy, la verdad es que están sirviendo al orden capitalista, porque la democracia burguesa no es más que una mascarada para ocultar la inclemente dictadura que la minoría capitalista ejerce día a día sobre la mayoría explotada.

Nuestro país nunca ha sido una democracia aunque su ordenamiento jurídico constitucional —con breves excepciones— siempre ha proclamado a nuestra república como democrática. Bajo el brutal régimen de explotación capitalista la circunstancia de que se permita una mayor o menor participación (plebiscitos o elecciones periódicas) a la ciudadanía resulta enteramente irrelevante. De la misma forma, el aristocrático uso de la gramática inclusiva en nada contribuye a la liberación de la mujer trabajadora. Todo ello porque no son las ideas ni las proclamas las que hacen revoluciones. Es la lucha de clases, la movilización de los explotados contra los explotadores, el camino de la revolución y la emancipación social.

La participación no es democracia. La única democracia posible en nuestro país será el resultado de un Gobierno de los Trabajadores. La única participación liberadora es aquella que se ejerce desde los órganos de poder, desde las Asambleas, Cordones y Cabildos. Una participación orientada a quebrar la institucionalidad, a expulsar a la burguesía del poder y socializar los grandes medios de producción. Entre tanto hemos de utilizar las libertades democráticas conquistadas en la lucha con la finalidad de afirmar la confianza de los trabajadores en sus propias fuerzas participando en todos los espacios políticos, aún el parlamentario y constituyente. Pero usar tales espacios contra el discurso institucionalista de los demócratas burgueses. Usarlos para defender el principal derecho que le asiste a la clase trabajadora: el derecho de los explotados a alzarse en contra de sus verdugos, a gobernar y a hacer su propia revolución socialista.

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