Inicio Historia y Teoría LENIN: SU ÚLTIMO DISCURSO PÚBLICO ANTE EL PLENO DEL SOVIET DE MOSCÚ

LENIN: SU ÚLTIMO DISCURSO PÚBLICO ANTE EL PLENO DEL SOVIET DE MOSCÚ

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(Clamorosos aplausos. Se canta La Internacional.) Camaradas: Lamento mucho no haber podido venir antes a vuestra reunión y os pido mil perdones. Estoy enterado de que hace unas semanas teníais el propósito de ofrecerme la posibilidad de visitar el Soviet de Moscú. No he podido hacerlo porque, después de mi enfermedad, a partir de diciembre, hablando en el lenguaje de los profesionales, perdí la capacidad de trabajo para un período prolongado, debido a lo cual he tenido que ir aplazando de una semana para otra mi discurso de hoy. He tenido también que cargar adicionalmente sobre el camarada Kámenev una parte muy considerable del trabajo que, en un principio, como recordaréis, había encomendado al camarada Tsiurupa y, después, al camarada Rykov. Y he de decir, recurriendo a la comparación que ya he utilizado, que el camarada Kámenev se vio de pronto uncido a dos carretas. Si bien, continuando la comparación, debo agregar que el caballejo ha resultado capaz y brioso en grado sumo. (Aplausos) Pero, de todos modos, no está bien tirar de dos carretas a la vez, y espero con impaciencia el momento en que regresen los camaradas Tsiurupa y Rykov para distribuirnos el trabajo con algo más de equidad. Por mi parte, y a causa de la disminución de mi capacidad de trabajo, debo dedicar al examen de los asuntos mucho más tiempo del que quisiera.

En diciembre de 1921, cuando tuve que dejar el trabajo por completo, nos encontrábamos a fines de año. Entonces estábamos pasando a la nueva política económica y parecía que ese paso, no obstante haberlo iniciado a comienzos de 1921, era bastante difícil, yo diría que muy difícil. Hace más de año y medio que venimos aplicando esta transición y parecería llegado el momento de que la mayoría se trasladara a los nuevos puestos y se instalara conforme a las nuevas condiciones, sobre todo conforme a las condiciones de la nueva política económica.

Donde menos cambios hemos hecho es en política exterior. En este terreno hemos proseguido el rumbo que emprendimos antes; y creo, lo digo con la conciencia tranquila, que lo hemos proseguido con absoluta consecuencia e inmenso éxito. Vosotros, por cierto, no precisáis que se os informe de eso con

pormenores: la toma de Vladivostok, la manifestación subsiguiente y la declaración de unión en Estado federal que habéis leído días atrás en los periódicos han mostrado y demostrado con claridad meridiana que en este terreno no tenemos nada que cambiar. Seguimos un camino trazado con absoluta claridad y precisión y nos hemos asegurado el éxito ante los países del mundo entero, aunque algunos de ellos sigan todavía dispuestos a declarar que no desean sentarse con nosotros a una misma mesa. Sin embargo, las relaciones económicas -y tras ellas las relaciones diplomáticas- se van normalizando, deben normalizarse y se normalizarán sin falta. Todo Estado que se oponga a normalizarlas corre el riesgo de llegar tarde y de encontrarse en una situación desfavorable, quizás bastante esencial en algo. Esto lo vemos ahora todos, y no sólo por la prensa, por los periódicos. Creo que, durante los viajes al extranjero, los camaradas se convencen también de cuán grandes son los cambios operados. En este sentido no hemos hecho, empleando la vieja comparación, ningún transbordo a otros trenes ni cambiado de caballos.

Pero en lo que se refiere a nuestra política interior, el cambio que hicimos en la primavera de 1921 -dictado por razones de fuerza y poder persuasivo extraordinarios, debido a lo cual no hubo entre nosotros la menor discusión ni la menor discrepancia en este punto-, sigue originándonos ciertas dificultades, yo diría que grandes dificultades. Y no porque hayamos dudado de la necesidad del viraje -a este respecto no hubo ninguna duda- ni de si la prueba de esta nueva política económica nuestra ha reportado los éxitos que esperábamos. En esta cuestión, puedo decirlo con toda firmeza, tampoco existe la menor duda ni en las filas de nuestro partido ni entre las multitudes de obreros y campesinos sin partido.

El problema no ofrece dificultades en este sentido. Las dificultades radican en que se nos ha planteado una tarea cuyo cumplimiento requiere a menudo que se apele a nuevas personas, que se adopten medidas extraordinarias y se empleen métodos también extraordinarios. Dudamos aún de la justedad de una cosa o de otra, hay cambios en una o en otra dirección, y debo decir que tanto lo uno como lo otro seguirá existiendo durante un período bastante prolongado. «¡Nueva política económica!» Rara denominación. Esta política ha sido denominada nueva política económica porque da marcha atrás. Ahora nos replegamos, parece que retrocedemos; pero lo hacemos para, después de habernos replegado, tomar impulso y saltar adelante con mayor fuerza. Sólo con esta condición nos hemos replegado para aplicar nuestra nueva política económica. No sabemos aún dónde y cómo debemos reagruparnos, adaptarnos, reorganizarnos, para luego, después del repliegue, comenzar la ofensiva más tenaz. Para hacer todo eso en un orden perfecto es necesario, como dice el refrán, en cosa alguna pensar mucho, muchísimo, y hacer una. Esto es necesario para vencer las increíbles dificultades con que tropezamos en el cumplimiento de todas nuestras tareas, en la solución de todos nuestros problemas. Sabéis perfectamente cuántos sacrificios ha costado conseguir lo que hemos hecho, sabéis cuán larga ha sido la guerra civil y cuántas fuerzas ha requerido. Y bien, la toma de Vladivostok nos ha mostrado (porque Vladivostok, aunque esté lejos, es una ciudad nuestra) (prolongados aplausos) a todos la simpatía general por nosotros, por nuestras conquistas. Tanto aquí como allí es la RSFSR. Esta simpatía nos ha librado de los enemigos interiores y de los exteriores, que nos atacaban. Me refiero al Japón.

Hemos conquistado una situación diplomática completamente definida, que no es otra cosa que una situación diplomática reconocida por el mundo entero. Todos lo veis. Veis los resultados; mas, ¡cuánto tiempo ha hecho falta para ello! Hemos conseguido ahora que los enemigos reconozcan nuestros derechos tanto en la política económica como en la comercial. Así lo prueba la conclusión de convenios comerciales.

Podemos ver por qué nosotros, que hace año y medio emprendimos la senda de la llamada nueva política económica, avanzamos por ella con dificultades tan increíbles. Vivimos en las condiciones propias de un Estado tan destruido por la guerra, tan fuera de todo cauce más o menos normal, que ha sufrido y soportado tanto, que ahora nos vemos obligados a comenzar todos los cálculos, tomando como referencia un pequeño porcentaje: el porcentaje de anteguerra. Aplicamos esta medida a las condiciones de nuestra vida, a veces con mucha impaciencia y calor, y siempre nos convencemos de que las dificultades son inmensas. La tarea que nos hemos señalado en este terreno resulta tanto mayor por cuanto la comparamos con las condiciones de un Estado burgués corriente. Nos hemos planteado esa tarea porque comprendíamos que no podíamos esperar la ayuda de las potencias más ricas, esa ayuda que suele llegar siempre en condiciones semejantes. Después de la guerra civil nos pusieron en condiciones casi de boicot, o sea, nos dijeron que no nos concederían las relaciones económicas que están acostumbrados a conceder y son normales en el mundo capitalista.

Ha transcurrido más de año y medio desde que emprendimos la senda de la nueva política económica; ha transcurrido mucho más tiempo desde que firmamos nuestro primer convenio internacional; y, sin embargo, todavía se deja sentir ese boicot de toda la burguesía y de todos los gobiernos. No podíamos confiar en nada más cuando pasamos a las nuevas condiciones económicas; y, sin embargo, no albergábamos la menor duda de que debíamos pasar a ellas y lograr el éxito completamente solos. Cuanto más tiempo pasa, tanto más claro queda que toda ayuda que nos pudieran prestar, que nos prestarán los países capitalistas, lejos de suprimir esta condición, lo más probable es que la aumenten, que la agraven más aún en la inmensa mayoría de los casos. «Completamente solos», nos dijimos. «Completamente solos», nos dicen casi todos los Estados capitalistas con los que hemos concluido alguna transacción, con los que hemos entrado en tratos, con los que hemos iniciado alguna negociación. Y ahí está la singular dificultad que debemos comprender. Hemos estructurado nuestro régimen estatal con un trabajo de increíbles dificultad y heroísmo durante más de tres años. En las condiciones en que nos hemos encontrado hasta ahora, no hemos tenido tiempo de examinar si rompíamos algo de más, si había demasiadas víctimas, porque las víctimas eran muchas, porque la lucha que iniciamos entonces (de sobra lo sabéis vosotros, y huelga explayarse en ello) era una lucha a vida o muerte contra el viejo régimen social, al que combatimos para conquistar nuestro derecho a la existencia, al desarrollo pacífico. Y lo hemos conquistado. No son palabras nuestras, no son declaraciones de testigos a los que se pueda acusar de parcialidad. Son declaraciones de testigos que se encuentran en el campo enemigo y que, como es natural, muestran parcialidad, mas no por nosotros, sino por el bando opuesto. Esos testigos se encontraban en el campo de Denikin, a la cabeza de la ocupación. Y sabemos que su parcialidad nos costó muy cara, nos costó muchas destrucciones. Por culpa suya hemos sufrido toda clase de pérdidas, hemos perdido valores de todo género y el valor principal, vidas humanas, a escala de increíble magnitud. Ahora, analizando con toda atención nuestras tareas, debemos comprender que la principal consiste hoy en no entregar las viejas conquistas. Y no entregaremos ni una sola de ellas. (Aplausos) Al mismo tiempo, nos hallamos ante una tarea completamente nueva, y lo viejo puede ser un obstáculo directo. Esa tarea es la más difícil de comprender. Pero hay que comprenderla para aprender a trabajar; para aprender, cuando sea necesario, a echar los bofes, por así decir. Creo, camaradas, que estas palabras y consignas son comprensibles, porque en el año, aproximadamente, que me he visto obligado a permanecer ausente, en la práctica habéis tenido que hablar y pensar de esto en todos los aspectos y en centenares de ocasiones, al abordar el trabajo con vuestras propias manos. Y estoy seguro de que las reflexiones sobre el particular sólo pueden llevaros a una conclusión: hoy se requiere de nosotros más flexibilidad aún de la que hemos tenido hasta ahora en el terreno de la guerra civil.

No debemos renunciar a lo viejo. Toda una serie de concesiones que nos acomodan a las potencias capitalistas permiten plenamente a éstas entablar relaciones con nosotros, les proporcionan beneficios, a veces quizás mayores de los debidos. Pero, al mismo tiempo, concedemos sólo una pequeña parte de los medios de producción, que nuestro Estado mantiene casi por completo en sus manos. En días pasados se discutió en la prensa el problema de la concesión solicitada por el inglés Urquhart, que en la guerra civil ha estado casi todo el tiempo contra nosotros y decía: «Conseguiremos nuestro objetivo en la guerra civil contra Rusia, contra la misma Rusia que se ha atrevido a privarnos de esto y aquello». Y, después de todo eso, hemos tenido que entablar relaciones con él. No nos hemos negado a ellas, las hemos acogido con gran alegría, pero hemos dicho: «Usted perdone, pero no entregaremos lo que hemos conquistado. Nuestra Rusia es tan grande, y nuestras posibilidades económicas tan numerosas, que nos consideramos con derecho a no rechazar su amable propuesta; pero la discutiremos serenamente, como hombres de negocios». Es cierto que nuestra primera conversación no ha dado nada, pues, por motivos políticos, no podíamos aceptar su propuesta. Hemos tenido que contestarle con una negativa. Mientras los ingleses no reconocieran la posibilidad de nuestra participación en el problema de los estrechos, de los Dardanelos, debíamos responder con una negativa; pero inmediatamente después de esa negativa debíamos analizar a fondo el problema. Hemos analizado si nos sería beneficioso o no, si nos sería provechoso acceder a esta concesión y, si lo es, en qué circunstancias. Hemos tenido que hablar del precio. Y esto, camaradas, os muestra con claridad hasta qué grado tenemos que abordar ahora los problemas de una manera distinta a como los abordábamos antaño. Antes, el comunista decía: «Entrego mi vida», y le parecía muy sencillo, aunque no todas las veces era tan sencillo. En cambio, ahora, los comunistas tenemos planteada otra tarea completamente distinta. Ahora debemos calcularlo todo, y cada uno de vosotros debe aprender a economizar. En la situación capitalista, debemos calcular cómo asegurar nuestra existencia, cómo sacar provecho de nuestros enemigos que, como es natural, regatearán, pues jamás han perdido la costumbre de regatear y regatearán a costa nuestra. Tampoco olvidamos esto y en modo alguno nos imaginamos que los representantes del comercio se conviertan en algún sitio en corderos y nos faciliten gratis todas las venturas. Eso no ocurre, y no lo esperamos. Confiamos en que, acostumbrados a oponer resistencia, saldremos airosos en este terreno también y seremos capaces de comerciar, de obtener ganancias y de salir de las situaciones económicas difíciles. Esta tarea es muy ardua. Y nos aplicamos a cumplirla. Quisiera que nos diéramos perfecta cuenta del profundo abismo que media entre la tarea vieja y la nueva. Por muy hondo que sea ese abismo, en la guerra aprendimos a maniobrar y hemos de comprender que la maniobra que debemos realizar, la maniobra en que nos encontramos, es la más difícil. En cambio, es probable que sea la última. Debemos probar en ella nuestra fuerza y demostrar que no sólo hemos aprendido de memoria nuestras enseñanzas de ayer y repetimos las viejas lecciones. Discúlpennos, señores, hemos comenzado a estudiar de nuevo y estudiaremos de modo que logremos éxitos concretos y visibles para todos. Y en nombre de este estudio nuevo creo que precisamente ahora debemos prometernos con firmeza otra vez unos a otros que nos hemos replegado bajo la denominación de nueva política económica, que nos hemos replegado para no entregar nada nuevo y, al mismo tiempo, para conceder a los capitalistas tales ventajas que obliguen a cualquier país, por muy enemigo nuestro que sea, a aceptar transacciones y relaciones con nosotros. El camarada Krasin, que ha conversado muchas veces con Urquhart -este dirigente y puntal de toda la intervención armada-, decía que, después de los intentos de Urquhart de imponernos a toda costa y en toda Rusia el viejo régimen, se sentó a la misma mesa que Krasin y comenzó a decir: «¿A qué precio? ¿Cuánto? ¿Por cuántos años?» (Aplausos) Eso está bastante lejos todavía de la conclusión de una serie de convenios sobre arrendamiento de empresas en régimen de concesión y de que hayamos entablado, por tanto, relaciones contractuales absolutamente precisas y firmes -desde el punto de vista de la sociedad burguesa-; pero ya vemos ahora que nos acercamos a eso, que casi hemos llegado, pero que todavía no hemos llegado. Esto, camaradas, debemos reconocerlo y no caer en la presunción. Estamos aún muy lejos de haber conseguido plenamente lo que nos hará fuertes e independientes y nos dará la tranquila seguridad de que no tememos ningún negocio con los capitalistas; de que, por difícil que sea el negocio, lo concluiremos, calaremos en el quid y saldremos airosos. Por eso, la labor que hemos iniciado en este terreno -tanto política como del partido- debe continuar; por eso es necesario que pasemos de los viejos métodos a métodos completamente nuevos.

Nuestra administración sigue siendo la vieja, y nuestra tarea consiste ahora en transformarla a lo nuevo. No podemos transformarla de golpe, pero necesitamos organizar las cosas de manera que estén bien distribuidos los comunistas con que contamos. Es preciso que estos comunistas manejen las administraciones a que han sido enviados, y no, como ocurre a menudo, que sean esas administraciones las que los manejan a ellos. No hay por qué ocultarlo y debemos hablar de ello con claridad. Esas son las tareas que tenemos planteadas y las dificultades con que tropezamos, precisamente en el momento en que hemos emprendido nuestro camino práctico, en que debíamos aproximarnos al socialismo, y no como a un icono pintado con colores suntuosos. Necesitamos tomar una dirección certera, necesitamos que se compruebe todo, que todas las masas y toda la población comprueben nuestro camino y digan: «Sí, esto es mejor que el viejo régimen». Esa es la tarea que nos hemos fijado, la tarea que ha emprendido nuestro partido, un pequeño grupo de hombres en comparación con toda la población del país. Este granito de arena se ha planteado el objetivo de transformarlo todo y lo transformará. Hemos demostrado que no se trata de una utopía, sino de una obra a la que los hombres consagran su vida. Todos lo hemos visto, eso ya está hecho. Hay que transformar de modo que la mayoría de las masas trabajadoras, los campesinos y los obreros, digan: «No os alabéis vosotros mismos; ya os alabamos nosotros y decimos que habéis conseguido mejores resultados, después de los cuales ni una sola persona sensata pensará jamás en retornar al pasado». Pero todavía no hemos alcanzado eso. De ahí que la Nep siga siendo la consigna principal, inmediata, exhaustiva, del día de hoy. No olvidaremos ni una sola de las consignas que aprendimos ayer. Podemos asegurárselo a quienquiera que sea con absoluta tranquilidad, sin el menor asomo de titubeo, y cada paso que damos lo confirma. Pero debemos adaptarnos todavía a la nueva política económica. Hay que saber vencer, reducir a un mínimo determinado todos sus aspectos negativos, que no es preciso enumerar, puesto que los conocéis perfectamente. Hay que hacerlo todo con cálculo. Nuestra legislación nos brinda plenas posibilidades para ello. ¿Sabremos organizar las cosas como es debido? Es un problema que está lejos aún de haber sido resuelto. Lo estamos estudiando. Cada número del periódico de nuestro partido publica decenas de artículos, que versan: en tal fábrica, con tal fabricante existen tales condiciones de arrendamiento; pero donde el director es un camarada nuestro, un comunista, las condiciones son otras. ¿Proporciona beneficios o no, compensa o no? Hemos pasado a la propia médula de todas las cuestiones cotidianas, y en eso consiste la inmensa conquista. Hoy, el socialismo no es ya un problema de un futuro remoto, ni una visión abstracta o un icono. De los iconos seguimos teniendo la opinión de antes, una opinión muy mala. Hemos hecho penetrar el socialismo en la vida diaria, y de eso es de lo que debemos ocuparnos. Esa es la tarea del momento, ésa es la tarea de nuestra época. Permitidme que acabe expresando mi seguridad en que, por muy difícil que sea esa tarea, por más nueva que sea, en comparación con la que teníamos antes, y por más dificultades que nos origine, la cumpliremos a toda costa entre todos, juntos, y no mañana, sino en el transcurso de varios años, de modo que de la Rusia de la Nep salga la Rusia socialista. (Clamorosos y prolongados aplausos.)

Publicado el 21 de noviembre de 1922 en el número 263 de Pravda.

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