Pamela Meza
Con el desarrollo de la manufactura la mujer pudo acceder al trabajo. La manufactura abrió la puerta a los trabajadores no cualificados y cuando el empresario contrataba a trabajadores no calificados elegía a la fuerza laboral más barata: las mujeres y los niños.
La vida de la obrera de las fábricas en la primera mitad del siglo XIX estaba expuesta a una interminable jornada de trabajo que sobrepasaba las 12 horas diarias, bajos salarios, viviendas estrechas, ninguna protección del trabajo ni seguros sociales.
Durante las guerras, millones de trabajadores fueron arrancados de sus lugares de trabajo y lanzados a los campos de batalla, pero la industria debía seguir funcionando. Es así como las madres, las esposas, las hermanas y las hijas de los soldados ocuparon los puestos que quedaron vacantes en los talleres. El trabajo de las mujeres se impuso en todas las ramas de la industria, sobre todo en la industria metalúrgica, en la fabricación de explosivos, de uniformes y de conservas que producían directamente para el frente.
Pero en todos los sectores de la producción los salarios de las mujeres eran más bajos que el de los hombres.
En el transcurso de las guerras, las mujeres recibieron una tercera parte o la mitad de los salarios de los hombres. La situación de la mujer durante la guerra fue insoportable. Debían trabajar largas jornadas y después volver a casa a realizar las labores domésticas.
La primera guerra mundial creo las condiciones objetivas para la liberación de la mujer. Su trabajo fue un factor importante en la economía. Pero a pesar de esto no fue posible realizar la liberación de la mujer porque se mantuvo dentro de un marco burgués.
La ausencia de derechos de la mujer, conduce al nacimiento del movimiento de las mujeres, pero desde el principio, este movimiento toma dos orientaciones opuestas: Una es un movimiento feminista burgués, mientras la otra se hace parte del movimiento obrero.
El movimiento feminista burgués pretendía ser no clasista y afirmaba representar a todas las mujeres, pero en realidad solo representa- ban sus propias reivindicaciones e intereses.
En cambio, el movimiento de las mujeres proletarias eligió otra vía, al determinarse como parte integrante del movimiento obrero en general y desde ese momento y a nivel internacional las mujeres han sido parte de la lucha del pueblo, en sus lugares de trabajo, en las poblaciones, en las comunidades indígenas, en los centros de estudios, en comunidades ecológicas, etc., luchando por mejores condiciones de vida para ellas, sus hijos y el resto de la comunidad.
Los trabajadores somos una unidad, es una clase que no tiene lugar para una guerra entre sexos y la liberación de la mujer debe formar par- te de sus objetivos. La lucha no es de género, es de clases, para romper con el sistema capitalista que día a día oprime a la mujer y el hombre trabajador negándoles la posibilidad de una vida integra.
Hoy celebramos la lucha de la mujer del pueblo, de la mujer trabajadora y gritamos:
¿Dónde está Julia Chuñil? ¡Justicia para Hilda Leiva!
¡Justicia para Maximiliana Amaro! ¿Dónde está María Ignacia González?
Ahora más que nunca es necesaria la participación de las mujeres en la lucha. Se vienen tiempos duros y solo la lucha consciente, organizada y sin divisiones nos permitirá defendernos.
¡Sin mujeres no hay revolución!


















