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LOS JACOBINOS NEGROS por C.L.R. James

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PREFACIO

En 1789, la colonia de Santo Domingo en las Indias Occidentales francesas representaba las dos terceras partes del comercio de Francia con el exterior y era la salida comercial más importante para el tráfico de esclavos europeo. Era parte integrante de la vida económica de la época: la mejor colonia del mundo, el orgullo de Francia y la envidia de todas las demás naciones  imperialistas.

Toda su estructura reposaba sobre el trabajo de medio millón de esclavos. En agosto de 1791, dos años después de la Revolución Francesa y de que los ecos de la revolución se hicieran sentir en Santo Domingo, los esclavos se rebelaron. Su combate duró 12 años. Los esclavos derrotaron paulatinamente a los blancos de la isla y a los soldados de la monarquía francesa, resistieron a una invasión española, a una expedición británica compuesta por 60.000 hombres y a una expedición francesa de tamaño similar comandada por el cuñado de Napoleón Bonaparte. La derrota del ejército de Bonaparte en 1803 desembocó en la creación del estado negro de Haití, que perdura en la actualidad.

Es la única revuelta esclava de la historia que se saldó con éxito, y los obstáculos que debió superar demuestran la magnitud de los intereses que estaban en juego. La transformación de los esclavos, turbas amedrentadas por la presencia de un simple hombre blanco, en seres capaces de organizarse y de derrotar a las más poderosas naciones europeas de la época conforma uno de los grandes momentos épicos de la lucha y las conquistas revolucionarias.

El cómo y por qué ocurrió constituyen el tema que se aborda en este libro. Conforme a una pauta que se repite con frecuencia, las líneas maestras para llevar a buen puerto este triunfo sin precedentes fueron gobernadas por un único individuo: Toussaint L’Ouverture.

Beauchamp en la Biographie Universelle califica a Toussaint como uno de los hombres más notables de una época rica en hombres notables. Manejó los hilos desde el momento de sumarse a las operaciones hasta que las circunstancias lo apartaron de la escena. Por eso, la revolución de Santo Domingo será en gran medida una glosa de sus éxitos y de su personalidad política. El escritor cree y confía en que esta narración demostrará que entre 1789 y 1815, con la única excepción del propio Bonaparte, la historia no registra la irrupción de ninguna figura individual más carismática que la de este negro, esclavo hasta la edad de 45 años. Sin embargo Toussaint no fue quien hizo la revolución. Fue la revolución la que hizo a Toussaint. E incluso con esto no se agota la verdad.

Escribir historia resulta cada vez más difícil. Es fácil atribuir al poder de Dios o las debilidades humanas, al cristianismo o a la potestad divina de los reyes para gobernar mal, la caída de los Estados o el nacimiento de nuevas sociedades. Concepciones tan elementales se prestan de buen grado al tratamiento narrativo y desde Tácito hasta Macaulay, desde Tucídides hasta Green, los historiadores tradicionalmente consagrados han tenido más de artistas que de científicos: escribieron tan bien porque vieron tan poco. Hoy en día y por reacción natural tendemos a personificar las fuerzas sociales, a considerar a las grandes personalidades como meros instrumentos o apenas algo más que instrumentos en manos de un destino marcado por la economía.

Como tantas otras veces, la verdad no está en el punto medio. Las grandes personalidades hacen la historia, pero sólo la historia que les es dado hacer. Su libertad de acción está limitada por las necesidades de su entorno. Reflejar los límites de tales necesidades y la realización, completa o parcial, de todas las posibilidades: tal es el auténtico desafío del historiador.

En una revolución, cuando la incesante y lenta acumulación de los siglos estalla en una erupción volcánica, la aureola de meteóricas emanaciones y llamaradas forma un caos sin sentido y se presta infinitamente a caprichosas y románticas divagaciones a no ser que el observador las vea siempre como proyecciones del subsuelo original. El escritor ha buscado no sólo analizar las fuerzas económicas del período, sino también presentarlas en su evolución, moldeando la sociedad y la política, moldeando a los hombres en la masa y en su singularidad, moldeando la poderosa reacción de éstos sobre su entorno, en uno de esos raros momentos en que la sociedad está en punto de ebullición y es, por tanto, fluida.

El análisis es la ciencia y la demostración el arte de los que se nutre la historia. Los violentos conflictos de nuestra época nos permiten aquilatar nuestra perspectiva y escudriñar, como no había sido posible hasta ahora, la misma médula de revoluciones anteriores. Pero, por la misma razón, es imposible agavillar emociones históricas con esa serenidad que un gran autor inglés atribuía, con excesiva parcialidad, a la poesía.

La serenidad hoy en día o bien es innata (la ignorancia) o bien se adquiere narcotizando deliberadamente la personalidad. Era en la serenidad de un suburbio al lado del mar donde más clara e insistentemente podía oírse el eco de la artillería pesada de Franco, el tableteo de los pelotones de fusilamiento de Stalin, el estridente e indómito tumulto del movimiento revolucionario en busca de concreción e influencia. Así es nuestra época y es éste un libro de nuestra época, imbuido de su fiebre y crispación. Y no es algo de lo que se lamente su autor. El libro es la historia de una revolución y escrito bajo otras circunstancias hubiese sido un libro diferente, pero no necesariamente un libro mejor.

 

  1. L. R. James

Para Leer LOS JACOBINOS NEGROS ir a:

Haz clic para acceder a los-jacobinos-negros.pdf




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